Viaje solidario a la provincia de Jujuy

11 de marzo de 2026 al 19 de marzo de 2026

Contexto

Contexto: “El Ave Fénix”

La primera ley de la termodinámica establece que la energía no se crea ni se destruye, solo se transforma. Siete Vueltas no es la excepción a la regla y, por consiguiente, sigue esta premisa. Nuestra energía está intacta, pero algunos golpes duros de realidad nos invitan a transformarnos, a buscar otras maneras de seguir haciendo lo que amamos, pero con otro formato.

En el camino hemos perdido soldados; estamos diezmados y es por ello por lo que este viaje será tomado como el último de la asociación civil que hubiéramos conformado años atrás y como el primero de una nueva etapa.

Siete Vueltas Asociación Civil dejará de existir en el corto plazo. La rutina de cada uno de sus integrantes, el arduo trabajo que conlleva sostener este tipo de organizaciones, más el cansancio acumulado de tantos años de esfuerzos -no siempre fructíferos- nos obligan a tomar drásticas y penosas decisiones. Pero como siempre hay una luz al final del túnel, la Respetable Logia Operativa Siete Vueltas Nro. 844, perteneciente a la Gran Logia de Libres y Aceptados Masones, levantó columnas oficialmente horas antes de la partida dándoles fuerzas, aires de renovación y larga vida a este proyecto nacido del corazón.

Este renacer nos invita a redoblar esfuerzos y acciones filantrópicas. Ahora, una logia masónica compuesta por catorce hermanos, todos ellos maestros, se aunaron en post de un objetivo común: el amor al prójimo.

El viaje lo haremos los cuatro de siempre, el plantel oficial: Juani, Ale, Grubi y Serhiy. Las mujeres del grupo, una vez más, nos apoyan logísticamente desde Buenos Aires. Las expectativas son enormes al igual que las dudas en las horas previas. El clima pareciera ser un detractor de nuestra intención y se empeña en complicar las cosas.

La comunidad nos repite incansablemente que no es buen momento para emprender esta travesía. La época del año coincide con el final de las lluvias estivales, pero parece que esta vez decidió prolongarse y llover como si no hubiera un mañana. Desde Buenos Aires barajamos la posibilidad de la postergación, pero nadie quiso ponerse el traje de inquisidor.

Contra todo pronóstico, hicimos oídos sordos y nos encomendamos al piadoso Gran Arquitecto del Universo que, jamás pondría en jaque esta noble causa.

Miércoles 11 de marzo: “Guanuqueando”

Cuando Ale y Juani arribaron al aeropuerto, sus dos compañeros ya habían despachado sus mochilas. Los vuelos que salen muy temprano por la mañana invitan al silencio. Nadie está del todo despierto aún, por lo que en la fila del check-in no se oye ni un murmullo.

Los cuatro se encontraron más tarde para tomar un café antes de embarcar. Grubi encendió motores temprano y ya hizo las primeras bromas que los terminaron de despabilar. El vuelo salió a horario y las películas descargadas son en vano cuando se está mal dormido y, si no hubiese sido por las cuatro veces que Grubi fue al baño, todos hubieran dormido de corrido.

En el aeropuerto de Jujuy los esperaba Aldo, un amigo a esta altura de la historia y actual jefe de choferes del hospital de Maimará. Él siempre está listo para trasladarlos donde quiera que vayan por expresa orden de su director, Sergio Salva. Durante el trayecto se pusieron al día con todo aquello referido a las actividades del hospital, temas de personal y chismes en general.

Llegados a la localidad de Volcán hicieron una primera parada, dado que Aldo debía entregar material en un puesto de salud. Luego continuaron hasta el hospital de Maimará, donde el plantel les convidaría café con galletitas de agua. Durante el viaje recordaron los sucesos provocados por el alud que destruyó gran parte de ese pueblo. Aún hoy sus pobladores tienen la certeza de que esto volverá a ocurrir de manera imprevista y no hay obras a la vista que les lleven tranquilidad para contener este tipo de desastre natural.

Durante el té, el director les comentó que uno de los equipos donados anteriormente presentaba fallas y que debían enviarlo a Córdoba para su reparación. Esa donación había quintuplicado la cantidad de exámenes de sangre anuales que el centro de salud hacía hasta el momento. Saber esto llenó de orgullo a los viajeros y se despidieron poniendo fecha para un fraternal encuentro al día siguiente.

Llegaron al hostal pocos minutos después, desensillaron y saludaron cariñosamente a Sandra y a Diego. Ellos son una pieza clave en el entramado de la organización de un viaje con estas características: reciben y acopian las donaciones hasta su llegada, se despiertan y se acuestan con ellos, se preocupan por su bienestar y valoran muchísimo su trabajo.

La visita al mercado es innegociable; es un paso obligado en cada viaje. Conocen los puestos de memoria y saben de sus oportunidades. Luego se cruzaron a la plaza grande donde se encontraron con el primer vallisto, don Primitivo Pérez. Esta situación bien podría ser una cábala, porque este encuentro casual se da curiosamente en cada viaje.

Llegado el mediodía decidieron darle una oportunidad a la parrilla “Los Puestos”. Anteriormente su calidad y atención habían menguado y esta vez no fue la excepción. El lugar estaba casi vacío pese a haber sido un sitio de referencia en Tilcara. Un bonito cartel decora su entrada y no hay gringo que allí no tenga una foto. Es la puerta de bienvenida a Tilcara, como si se tratara de los lobos marinos de Mar del Plata.

Pese a no comer del todo bien, dos músicos generaron buena vibra. Solo con cuatro mesas ocupadas no estimaban cosechar mucho dinero ni aplausos. Juani les pidió un tema, sacándolos del modo autómata. Los músicos se alegraron por ello y, luego de afinar durante un largo rato, la melodía de “Guanuqueando” brotó de sus instrumentos. Esta melodía inmediatamente los transporta a sus valles amados.

La siesta de la tarde pidió a gritos no ser salteada y, con energía renovada, fueron a comprar los alimentos e insumos que necesitarían en los próximos días. Hasta allí todo iba según lo planeado.

Un llamado, dos y luego tres les anunciaban la imposibilidad de llegar al Durazno a causa de las lluvias. Tanto el camino vehicular como el sendero de montaña habían casi dejado de existir. Hacía años que no llovía con tal intensidad. Los cuatro recordaron las recomendaciones que habían recibido en Buenos Aires respecto de postergar el viaje y que habían desestimado, pero ya no había opción. La suerte estaba echada.

Una idea nació como si se tratara de un milagro: se le propuso a la comunidad completa reparar los caminos para facilitar el acceso a pico y pala e, increíblemente, dijeron: “¡Dale!” A los veinte minutos había dos cuadrillas dispuestas a hacer lo que a la intendencia le hubiese correspondido. Más de quince personas pusieron manos a la obra con una sola condición: “retrasen la subida al Durazno un día, para darnos más tiempo y arreglar más camino”, y eso fue lo que hicieron.

Con esta nueva planificación y esperando que el clima cambiara milagrosamente, fueron a cenar a “Bien Me Sabe”, otro clásico de sus viajes. Pizza y pasta, de las mejores de Tilcara, pusieron fin a la noche en la que, previo al llegar al hostal, se encontraron con María Ábalos y su hija, con presentes hechos en cerámica para los padrinos enviados por la escuela J. M. Fascio.

Jueves 12 de marzo: “Honor y gloria”

Se levantaron temprano para tomar un desayuno liviano. La modificación del fixture les dio un día libre antes de la subida y, como en los planes estaba agendado visitar otras dos escuelas además de la del Durazno, este fue el día indicado.

Moisés fue el encargado de pasarlos a buscar por el hostal y llevarlos al paraje San Miguel de los Colorados, situado en las cercanías de las Salinas Grandes, por todos conocidas como destino turístico internacional. Para acceder allí se debe cruzar la cuesta de Lipán que nace pasando el pueblo de Purmamarca. Es un camino de herradura, con una cantidad incontable de curvas y contracurvas que dejan a más de un turista preguntándose si el circuito valdrá la pena como para sufrir un mal de altura casi letal. Lo cierto es que, una vez embarcados, la vuelta atrás no es opción. Por ello tomaron un desayuno liviano acompañado de algún medicamento a modo preventivo.

El silencio fue protagonista los primeros minutos del viaje, pero luego fue inevitable conversar con Moisés que. también, resultó ser un alma caritativa. Su nombre no solo tiene un peso bíblico importante en las sagradas escrituras, sino que será importante para todo aquel que se declare monoteísta o profese una de las tres religiones más populares del mundo. Él cree que ha sido nombrado de esta manera por la misión que tiene sobre la tierra.

Habiendo cruzado los 4.300 m de la cuesta se toparon con un monumento a Malvinas que demarca la intersección del camino que lleva a San Miguel de los Colorados. Increíblemente, en este remoto paraje nació un hombre que deberá ser orgullo para toda la nación: Calixto Tolaba, un soldado argentino que partió al Oriente Eterno en 2024 y que defendió con honor y gloria nuestra soberanía, allí, donde el pirata plantó su bandera y donde muchos de los nuestros dejaron su sangre y convicciones.

El chofer erró el camino más de una vez, quizás para parecerse aún más al Moisés del Antiguo Testamento, quien estuvo perdido 40 años en el desierto, o quizás solo por desorientación. Lo cierto es que un pequeño rancho que se divisó a lo lejos fue el lugar de consulta para retomar la ruta correcta. El lugareño, casualmente, conocía a Moisés, quien lo abrazó como a un viejo amigo.

Media hora después llegaron a la escuela Malón de la Paz. Las autoridades y los niños los recibieron con amor y alegría. Las manos de las cocineras prepararon deliciosas empanadas que serían acompañadas con un sabroso plato de sopa. Terminada la comida, una mamá entregó a los padrinos gorros tejidos a mano y artesanías hechas con sal, muy propias del lugar.

Esa escuela es ejemplo. Todo está limpio y prolijo. Los niños son educados y se nota el trabajo y la vocación de los docentes. Es una escuela austera con muchas necesidades, pero no por ello se ha convertido en desidia.

En un pequeño cerro cercano se encuentra la escuela secundaria que este grupo también apadrina. Allí la realidad es completamente distinta. Al llegar de imprevisto notaron lo contrario que en la escuela primaria: los adolescentes estaban fuera del aula, no había ambiente escolar y no había directivos a cargo. Alguna docente se acercó a ellos con ánimo de ser cordial, pero ni siquiera supo reconocer a quienes les habían otorgado la posibilidad de estar conectados. Esto provocó un descontento generalizado que fue aumentando cuando supieron que el Estado provincial les había colocado una antena idéntica que les permitiría la conexión. Un recurso duplicado, es una escuela que se queda sin conectividad, por lo que en el momento decidieron desinstalar la antena donada por Siete Vueltas. Las docentes pidieron encarecidamente que no se resolviera la situación de esa manera, dado que la antena instalada por el gobierno no funcionaba. Luego de la comprobación pertinente y pese al mal rato, decidieron no retirarla y asegurarles la conectividad por un año más.

Terminadas las visitas decidieron recorrer las salinas. Para llegar allí tomaron un camino rural que une el paraje con el lugar donde los padres de los alumnos se ganan el pan de cada día. El recorrido es agradable a la vista y más aún cuando un gran número de guanacos cruzaron la ruta regalándoles un espectáculo maravilloso. Allí, un dron pudo captar estas inusuales imágenes que quedarán en la galería de los recuerdos.

Según narran los locales, algún tiempo atrás, un alud tiñó la sal de color tierra quitándole el blanco reflejo que las caracteriza y, aun con mucho menos encanto que otras veces, esta no deja de deslumbrar al visitante por su inmensidad y su planicie.

Agotados de tanto andar volvieron a Tilcara acompañados por la voz del chaqueño Palavecino y las risotadas causadas por las ocurrencias de Grubi. Luego descansaron un poco y recibieron a doña Felipa y familia, que traían las buenas nuevas: el camino y el sendero habían quedado en condiciones.

Afortunadamente el clima estaba cambiando y podrían llegar en vehículo más adelante de lo esperado. La otra cuadrilla que se encargaría del sendero también había hecho lo propio y esto le ahorraría al grupo dos horas de caminata; así, una vez más, la comunidad se unía para facilitar la llegada de los padrinos al Durazno cumpliendo su palabra.

Por la noche volvieron a salir al pueblo de Sumaj Pacha, donde el director del hospital de Maimará les abriría las puertas de su casa para agasajarlos con un asado del que participaron representantes de todos los sectores del hospital. La cena fue de lo más fraterna; uno a uno, todos se fueron presentando y volcando sus deseos. Los padrinos tomaron nota de las necesidades del hospital y cerraron la noche con un brindis en donde cada uno supo manifestar sus alegrías y tristezas, evocar a aquellos que padecen enfermedades o reconocer el valor de la amistad.

Satisfechos, volvieron a Tilcara. Prepararon sus mochilas de marcha y se permitieron descansar con el fin de recobrar energías luego de un día interminable y previo a un mañana tempranero y demoledor.

Viernes 13 de marzo: “La profecía”

“Vienes 13, trae mala suerte”, pensarán ustedes. Y sí, a esa altura los viajeros creyeron que el gran maestre templario Jacques de Molay sentó un precedente cuando maldijo a Clemente V, Felipe IV y De Nogaret mientras ardía en la hoguera frente a la catedral de Notre Dame. Pereciendo de la peor manera imaginable, los instó a morir en el corto plazo. De allí nació el dicho de que el viernes 13 es mala suerte porque los tres murieron tal cual la predicción. Por suerte, en este caso nadie murió, pero las cosas tampoco resultarían según lo previsto.

A las 5:30 a.m. desayunaron gracias a la vigilia de Diego y Sandra, acompañados por Aldo, chofer del hospital de Maimará, y por Alejandro, chofer del hospital de Tilcara. Luego cargaron las cajas y los asientos traseros de las camionetas que rebosaron de donaciones y partieron rumbo a “Sobre la Puerta”.

Huacalera es el último lugar civilizado antes de tomar el camino de herradura. Allí se pierde la conexión y todo se convierte en un camino de ida sin retorno. Cruzaron un puente que los interpeló: pintada en una de sus columnas, una frase llamó su atención: “¿Y hoy, por qué cruzas el puente?” Aquellos que la leyeron, seguramente, encontraron respuesta a ello.

El camino vehicular no es menos peligroso que andar a pie por estrechos senderos. Las camionetas tienen un desgaste notable, los choferes duermen poco y uno entrega su alma y se encomienda a Dios.

Tres horas más tarde se aproximaron a la parte del camino que la cuadrilla de Felipa y familia había reparado. Allí se dieron cuenta de que las celebraciones anteriores y el esfuerzo de mucha gente habían sido en vano: la tormenta había acechado durante la madrugada y destruido lo hecho. La desolación fue absoluta y generalizada. Ni las facturas, ni los bizcochos, pudieron recuperar las sonrisas perdidas.

Avanzaron hasta donde pudieron; allí la comunidad fue a su encuentro desde el Durazno con sus mulas y burros dispuestos a trasladar las donaciones. El camino a pie se iba a extender una hora y media más en una bajada que dejaría sus rodillas al borde del colapso.

Jonatan Axel Abraham fue quien marcó el ritmo y puso destino hacia el Durazno guiando a los padrinos como cada vez que lo visitan. Desde pequeño supo aprender el oficio de la buena orientación que su padre tiene como don.

Sin problemas avanzaron mientras las nubes redujeron la visibilidad y los relámpagos descargaban su ira sobre los cerros. Lo bueno es que toda esta tormenta solo fue un espectáculo que duró apenas horas y que nunca amedrentó a los caminantes. Ni una sola gota cayó durante el recorrido y el día se fue transformando con un sol radiante que bronceó los brazos sin protector.

Sin demoras bajaron hasta el río, lugar donde la comunidad había trabajado para asegurar el paso de humanos y animales. Este lugar está conformado por una peña abrupta, mucha altura y un río rocoso con rápidos que tornan casi imposible su cruce. Lamentablemente, el pequeño guía no encontró el paso hecho por la comunidad y decidió bordear un filo que causó pánico. Hasta llegar al filo, Grubi resbaló varias veces, quedando en una oportunidad al borde de caer varios metros, si no fuera por la mano de un amigo que lo sostuvo de su frágil mochila hasta que pudo reincorporarse haciendo pie en un yuyo milagroso. Si bien solo fue un susto se ha llevado unos cuantos rayones de recuerdo y una linda anécdota que contar.

De costado, y aferrados a la nada, pasaron uno a uno por un filo ineludible. Allí sintieron el miedo natural que causan los riesgos innecesarios. Penosamente, Ale colapsó en el intento. Un miedo de tal magnitud que jamás había sentido se apoderó de él inhibiéndolo de afrontar el desafío; aunque luego, con el apoyo y la confianza que le brindó uno de sus compañeros, logró sortear el obstáculo y avanzar, dejando atrás esta mala experiencia.

La angustia continuó y se decidió, de allí en más, poner los pies en el río cada vez que fuese necesario, en vez de evitarlo y correr el riesgo de caer al vacío. Esta buena decisión hizo que marcharan de lo más bien y con buen ritmo hasta llegar a la tapera que serviría de morada para el grupo de filántropos, luego de cuatro horas en vehículo y otras ocho de caminata.

La casa estaba impecable. Era lo más parecido a un hogar: limpieza y orden extremo y camas recién armadas decoradas con toallas a sus pies, nada que envidiar a un hotel dos estrellas.

Grubi se encargó de preparar la merienda; la gente llegó por detrás, dejaron los bártulos y se despidieron hasta el otro día. Luego de descansar un poco, el primer fuego de los valles se encendió para asegurar la cocción de unas hamburguesas y el abrigo de los cansados viajeros.

Los monstruosos y gigantescos escarabajos le pusieron los pelos de punta a Grubi hasta que los alacranes opacaron a los anteriores, y esos sí dieron miedo a todos, además de una batalla sin cuartel que se libraría en los días subsiguientes.

Una tenue llovizna cerró la noche, acompañada de charlas, disputas entre adeptos al Toblerone y fanáticos del chocolate Dubái y, por supuesto, anécdotas de la subida, haciendo hincapié en que los lugareños no se habían equivocado cuando les dijeron que la fecha no resultaba la más conveniente.

Sábado 14 de marzo: “El gran bailarín”

En la agenda del viaje, este día resulta el más importante. El reencuentro con la comunidad es el momento donde se dejan de lado las disputas comunes a todo pueblo chico para dar lugar a la buena y fraterna convivencia. Por un día, los problemas dejan de existir.

Fue menester levantarse temprano para acomodar la casa y recibir las primeras visitas, mas no sin antes compartir el desayuno elaborado por Grubi. Algunos aprovecharon para ducharse y recordaron los tiempos en que el agua fría calaba los huesos. La tapera dejó de ser lo que era para convertirse en una vivienda de lujo en los valles. Nada le falta: agua caliente, luz por paneles, internet satelital, cocina a garrafa y camas con colchones. ¿Acaso se podría pretender algo más?

Rulo y Rosi llegaron primero; detrás de ellos vinieron todos los demás. Nadie trajo las manos vacías y todos se esmeraron en que se sepa con qué habían contribuido, no con ánimos de presumir, sino para que quede de manifiesto que resultaba imprescindible poner algo desde el corazón.

El fuego se encendió temprano y sobraron asadores para un chivo y un cordero, mientras las manos de las mujeres limpiaban sin descanso verdura para hacer una sopa monumental que debía satisfacer a una treintena de personas.

Las ollas hervían a borbotones, y los choclos y papines parecían cocinarse en la caldera del infierno. Las llamas pasaban por encima de las ollas, que, para evitar tiznarse, eran untadas con detergente y cenizas.

Mientras tanto, se acomodaron las donaciones y comenzó el reparto de una gran cantidad de alimentos y vestimenta que dejó más que satisfecha a toda la comunidad.

Los padrinos, fanáticos de los brindis, propusieron que cada uno de los allí presentes levantara su copa y esgrimiera unas palabras. Por supuesto, la timidez juega un rol maldito para quienes están acostumbrados a solo hablar con sus animales y las piedras, pero, luego de un gran esfuerzo, todos lograron expresar palabras profundas que emocionaron a más de uno.

Luego de tan emotivo momento, el baile se hizo presente para cambiar el espíritu de la jornada. Don Santiago Ayala, “el gran bailarín”, hubiese sentido envidia de quienes parecían haber dejado la vergüenza de lado y soltarse para regalar performances sin tapujos que hicieron descostillar de risa. Zambas, chacareras y hasta cumbia sonaron a todo volumen para que se animaran a bailar y a reírse los unos de los otros, cosa que no es habitual.

Ale aprovechó la tarde para jugar con el pequeño hijo de doña Zulema. Retraído y probablemente con falta de estímulo, encontró en el padrino algo de atención. Dos horas continuas de carcajadas repitiendo el mismo chiste no fueron suficientes para dejarlo exhausto.

Durante la tarde, los cóndores mostraron su magnificencia y regalaron un espectáculo nunca visto: decenas de ellos sobrevolaron sus cabezas durante horas. Para los lugareños, un animal muerto en las cercanías era el señuelo que los atraía; para los gringos resultó ser un espectáculo trascendental que mereció cientos de fotos y horas de contemplación.

La comunidad también sintió el buen momento vivido y celebró el poder compartir todos juntos y en paz una velada que se repite solo dos veces al año. Ya entrada la tarde-noche y habiéndose tomado hasta la última gota de sopa, se fueron retirando a sus hogares con los cargueros y los hombros desbordando donaciones.

La previa a la cena pasó en tranquilidad hasta que una pregunta filosófica desencadenó un debate acalorado sobre la existencia del hombre. Por supuesto no llegaron a ninguna conclusión y el whisky sirvió para abrirles el apetito más que para hallar respuestas. Una tenue llovizna fue el marco para un partido de truco y una picada.

La sed se hizo presente y, como imaginarán, la Coca‑Cola allí es un elixir propio de los reyes. Como no alcanzaban las que habían llevado para toda la semana debido a un fallo de cálculos, la situación obligó al grupo a buscar otras variantes para hidratarse; hurgando, encontraron una botella de Cola Manaos olvidada por alguien. “¡Eureka, estamos salvados!” se escuchó. Debatieron si abrirla o dejarla cerrada por si su dueño volvía, pero terminaron bebiendo la mitad mientras duró la discusión.

Cuando la lluvia amainó reavivaron un fuego hipnótico que los indujo a brindar por la amistad. Luego frieron papas que dieron fin a la vida de la Manaos y estuvieron hasta tarde desinsectando la tapera de alacranes y arañas que provocaban risas y espanto a la vez. Por fin, el cansancio se impuso y pudieron dormir.

Domingo 15 de marzo: “El brindis ritual”

Eran cerca de las ocho de la mañana cuando en el exterior de la casa se escuchaban conversaciones. El grupo hizo oídos sordos a la situación y se quedaron en silencio tratando de espantar a las visitas y descansar un poco más.

Luego de la jornada del día anterior en la que unas treinta personas visitaron la casa pretendieron tener un poco de silencio para disfrutar de otras cosas. Obviamente, el remordimiento hizo que saltasen de la cama y saluden a los presentes que traían solo ansias de un último abrazo previo al regreso a sus hogares.

Don Chabelo y Felipa los saludaron acaloradamente y emprendieron viaje hacia Molulo con machete, pico y pala en mano para mejorar el sendero y dar pasada a quienes por allí fueran a transitar. Además, como si fuera poco esfuerzo, sembrarían papines durante el trayecto.

Carina y Carlos Cachagua hicieron lo propio y pusieron rumbo las Ánimas de donde son oriundos.

Ya en soledad, idearon un plan para cocinar al asador un vacío que había viajado congelado desde Buenos Aires y que pedía a gritos ser cocinado si lo que se quería evitar era la descomposición. Para tal cometido los cuatro aportaron ideas. Finalmente, el artilugio empleado a modo de reemplazo de un asador se cayó una y mil veces, pero estas no fueron suficientes para ser doblegados a abortar la misión.

Juani, evocando a su abuela paterna, fritó papa rosti, y Serhiy braseó unas cebollas que en conjunto le dieron el toque gourmet al almuerzo. Ale improvisó un tablón a modo de mesa, y un vino del bueno, pero en cartón, coronó la velada.

Por la tarde, Ale se ocupó de minimizar la cantidad de residuos generados el día anterior y para ello encendió una fogata que lo tuvo a mal traer. Pese a lo dificultoso, logró no dejar rastro alguno del día festivo. Terminada magna tarea bajó junto a los demás a la playa del río.

Un único divertimento, además de disfrutar de un ensordecedor río y una vista maravillosa, es infaltable en estas expediciones: tirar piedras. Pareciera que este primitivo juego tiene algo de mágico, algo que le recuerda al ser humano que solo basta con algo tan simple como una piedra y un objetivo para pasar un rato entretenido, exento de la tecnología.

Los minutos se hicieron horas y el frío se apodero de la tarde haciendo que los pies en el agua comiencen a entumecerse. Volvieron a la tapera pasando por el puesto sanitario y la capilla. La desidia que allí se ve duele en el alma luego de tanta ayuda recibida. La iglesia de Tilcara, como el Hospital parecen haber olvidado sus obligaciones de mantener, al menos con la ayuda de Siete Vueltas, estos imprescindibles para la comunidad.

En la casa los visitó Fredy, un extraño conocido. Este lugareño jamás ha compartido momento alguno con los padrinos. Nunca se arrimó, ni pidió asistencia alguna. Su nombre real, no es Fredy, pero es llamado así por la cicatriz que recorre su cara de punta a punta.

Vencida la vergüenza, es convidado con una merienda improvisada y unas galletas desabridas. La soledad es el tópico que repite una y otra vez. Se siente solo, pero al mismo tiempo no sociabiliza, haciendo que el alcohol sea su único refugio. También lo acechan otros problemas de salud que requieren medicación que habitualmente no toma. Escuchado este sentido relato, los padrinos armaron una caja con parte de sus acotadas provisiones y se la donaron a su nuevo amigo Fredy quien, con muchísimo gusto, las aceptó partiendo con sus perros y un caballo decorado con riendas y bozal que el mismo había trenzado.

Estando un poco abrumados por la charla, a Juani, se le ocurrió la idea de salir por la noche al río y cenar allí. Algunos más optimistas que otros pusieron manos a la obra para dejar preparado el lugar. Lo cierto es que el entusiasmo se fue contagiando y minutos después estaba todo armado para encender un fuego que quedaría grabado en sus memorias.

Ya de noche la pira iluminaba los alrededores, el río no se veía, pero se dejaba sentir. Su fuerza fue capaz de llevarse el puente que alguna vez fue orgullo de toda la comunidad y de ellos mismos.

Cocinar a las llamas no resultó ser tarea sencilla, pero tampoco imposible. Serhiy calentó vacío del mediodía y los otros tres cenaron sándwiches de provoleta de queso de cabra y atún, dignos de un chef con estrellas Michelin. La Coca Cola y el Whisky fueron puestos en valor cuando el agua fría del río les bajó la temperatura de una manera considerable, recordándoles que a veces, ni siquiera una heladera, se torna imprescindible.

La noche se fue convirtiendo y eso fue culpa del fuego. Las risas y los insultos por las quemaduras durante la cocción se minimizaron para dar lugar a una noche especial.

Juani, preguntó a sus amigos cual había sido el peor momento de sus vidas. Tardaron en contestar, y es por eso por lo que él rompió el silencio comentando que su separación había marcado su época más triste. Un poco por el fracaso y otro poco por lo que le costó salir adelante emocionalmente. Luego, fue Ale quien se abrió, y contó que padeció la imposibilidad de ver a su hijo varado en Inglaterra a causa del cierre de los aeropuertos en época del COVID, cuestión que lo había angustiado mucho por temor a no volver a verlo. Grubi, por su parte, manifestó que la muerte de su padre era lo peor que le había pasado en la vida, que no dejaba de recordarlo y que aún hoy, mucho tiempo después, le resultaba doloroso. Por último, fue Serhiy quien habló y comentó distintas situaciones vividas mientras estuvo pupilo.

Las lágrimas invadieron las caras de todos, la sensibilidad estuvo a flor de piel y se volvió necesario dar vuelta la página; para ello Grubi propuso un brindis distinto, un brindis ritual.

Todos bebieron y dijeron palabras hermosas brotadas del corazón que quedarán plasmadas y haciendo eco en los cerros jujeños para la posteridad. Estos cerros, colosos, son los guardianes junto al fuego de una conversación que jamás se repetirá y es por ello por lo que luego de un último brindis estallaron sus copas lanzándolas contra el cerro de la margen opuesta del río para que nunca más nadie se atreva a beber de ellas, dejando de este modo sellada una amistad que ni el mismísimo gran arquitecto del universo podrá disolver.

Se abrazaron una vez más e intentaron apagar el fuego que se resistía. No había llamas, pero las brasas recrearon un ambiente especial. Esparcidas por la playa parecían esquirlas de un volcán que encandecían en una noche cerrada.

En el cielo observar satélites y estrellas fugaces es algo habitual. Sin la contaminación lumínica que hay en las grandes urbes esto se torna tarea sencilla. A lo lejos, una luz de linterna parece encontrarlos. Ellos les devuelven la señal, pero se dan cuenta que no es a ellos a quien busca. Pusieron a prueba todos los artilugios que llevaban consigo para hacerse ver, pero nada paso y es por ello por lo que desistieron de la misión y retornaron a la tapera cansados y movilizados por una noche que quedará plasmada en el recuerdo.

El sueño se apoderó de sus cuerpos de manera instantánea y no hubo tiempo que para más de cinco minutos de charla. Esa noche nadie se acordó de revisar si había alacranes o arañas; las circunstancias los volvieron más primitivos.

Lunes 16 de marzo: “La amenaza”

A esta altura no hace falta aclarar que Grubi preparó el desayuno para todos. Tostadas, café batido, mate, mermelada, nada faltó sobre la mesa.

Rulo y Rosi llegaron al rato para compartir un día entre amigos. Ellos siempre les abren las puertas de su hogar, pero debido a las intensas lluvias estivales se había vuelto imposible visitarlos. Ellos, por supuesto, más avezados e intrépidos no tienen problema en exponerse a los riesgos que conlleva atravesar el camino desde su casa a la tapera.

Mientras tanto, los gringos y los Gregorio aprovecharon para tomar una ducha caliente que se volvía ineludible.

Rosana amasó y fritó en grasa de cerdo unas tortafritas que son clásicas de todos los viajes. Algunos las comieron con azúcar y otros sin nada. Grubi, al ser el encargado de la cocina, decidió agasajarlos con un estofado de fideos, verdura y vacío sobrado y sin refrigerar de noches anteriores.

Serhiy, tuvo un día complicado. Su trabajo le demandó más tiempo de lo habitual y gracias a la conectividad con la antena Starlink pudo resolver cosas que le impedían relajarse del todo. Él es, sin dudas, quien más sufre la necesidad de estar conectado, aunque vale aclarar que gracias a que tiene el teléfono en mano las 24hs, hay registro en foto y video de todo lo que allí sucede.

Rosi cocinó, obviamente, sopa. Es un obligado. Juani y Grubi resolvieron temas de la finca, ya que algunos arrenderos remolones se apoyan en excusas de lo más creativas para evitar cumplir con sus obligaciones. Ale, por su lado, también aprovechó el momento para sacar trabajo atrasado y hablar con su familia.

Axel pasó la tarde tallando un cartel que dirá “Finca 2 de abril” y que marcará la bajada del sendero a la tapera. Ale fue el precursor de este trabajo, pero visto el arduo trabajo que requería decidió pasar la posta. Rulo observó detenidamente la dedicación con la que Ale lo hacía, pero viendo que el problema de la falta de avance radicaba en las herramientas utilizadas se apartó del grupo para volver al rato con un cincel recién fabricado a partir de un fierro que decoraba el suelo. La creatividad que tienen es incentivada por falta de recursos es digna de admiración.

A las 20hs todo un set de filmación estaba en pie. El grupo haría una videoconferencia para comentar el trabajo filantrópico que allí se estaba realizando. 200 personas observaban desde el otro lado de la pantalla a cuatro caras y un fuego. No había más luz que esa. Rulo avivaba las llamas que servían no solo para iluminar, sino también para dar calor. La salida fue un éxito y elogios con promesas de ayuda por decenas fueron cosechadas esa noche.

Ya más relajados y un poco hambrientos por la hora, convirtieron las llamas en brasas, y la harina en pizzas a la parrilla. Serhiy amasó y Juani cocinó. A la familia Gregorio le encantan las pizzas y suelen cocinarse de más para el avío o el almuerzo del día siguiente.

Satisfechos pasaron al brindis y otra vez las emociones fueron las protagonistas de la noche. Levantaron la copa de uno en uno. Todos expresaron con el alma palabras que generaron congoja, siendo los últimos dos, letales para la intención de quien quisiera contener las lágrimas.

Santiago, hombre grande y sin edad confirmada, de muy pocas palabras y adoptado por los Gregorio es su amigo fiel. Este solitario no hace más que ser un soldado siempre listo para cualquier batalla a la que lo envíen, pero esta vez además de palabras de agradecimiento contó que estaba enamorado por primera vez, que la extrañaba y que deseaba verla. Ella tiene la particularidad de ser sordomuda y él no es que hable mucho más que ella. Lo divertido fue cuando contó como hacían para ponerse de acuerdo al momento de brindarse amor. Las risas fueron incontrolables hasta que fue el turno de Axel para brindar, allí todo cambió.

Axel es un buen chico, criado con mucho amor y cariño, cosa que no es habitual ver en la crianza de los niños del valle. Cuando levantó su copa brindó por tener la posibilidad de poder cumplir el sueño de que sus padres conozcan el mar. Las risas desaparecieron de inmediato y el egregor cambió radicalmente para transformarse en algo solemne y sentido. De más está aclarar que los padrinos prometieron ayudarlo en esta nueva misión.

Se marcharon, no sin antes, comentar que la noche anterior un puma merodeaba por los cerros cercanos a su casa y la tapera y que en horas de la noche salieron en su búsqueda sin buenos resultados. De esta manera, se resolvía el enigma de la noche anterior y las luces en el río.

Los alacranes y las arañas otra vez coparon la tapera. En una batalla sin cuartel no dejaron uno vivo utilizando las chancletas como arma de destrucción masiva. La risa mezclada con el miedo enmascarado fueron los causantes de retrasar la idea de ir a la cama, por lo que decidieron entregarse los regalos que habían llevado para jugar al amigo invisible.

Martes 17 de marzo: “El antigal”

Es temprano y, con un día libre por delante, es el momento perfecto para conocer lugares nuevos. Luego del desayuno, llegó Axel en busca de los padrinos para llevarlos a conocer un ancestral antigal que en teoría no se hallaba a más de una hora de distancia.

El clima se presentaba ideal, partieron alrededor de las 10:15 evitando los senderos habituales y tratando de cortar camino con rumbo sur.

Las constantes lluvias y las altas temperaturas mostraron un escenario distinto a los viajes anteriores. Las hierbas están por demás crecidas y reflejan un verde intenso. Las raíces entorpecen el paso y los que eligieron usar bermudas se arrepienten de su elección. A su favor, contaron con la ayuda de Rulo y Rosi que se sumaron posteriormente a la travesía. Ellos, grandes conocedores de la zona y viendo la imposibilidad de avanzar sin obstáculos liberaron el camino a puro machetazo y no dejaron de advertirles que los pastos crecidos servían de refugio para indescriptibles insectos, roedores, zorros y serpientes.

Pasaron 40 minutos sin dar con el antigal y la desesperación de los vaqueanos por no fallarle al grupo se hizo notar. Tal es el caso, que una y otra vez juraban que el lugar realmente existía, solo que su entrada estaba oculta en algún lugar de la maleza.

Cuando estuvieron a punto de desistir, Rosi gritó que lo había encontrado y 5 minutos más tarde Rulo ya había despejado la entrada a este antigal en el que de niños solían jugar y esconderse de las pesadas tareas habituales.

Antes de entrar, Rosi explicó que significaba un antigal. Este es un lugar sagrado y ancestral donde alguna vez sus antepasados vivieron, murieron o donde simplemente se encuentran restos de su cultura primitiva. También, explicó que existen antigales buenos y malos. Hay algunos que al entrar provocan malestar en el cuerpo, o simplemente mala suerte y es por ello que corresponde solicitar el debido permiso a la Pacha Mama previo a su ingreso y en el caso de que se sintiese cosas indeseadas es recomendable no entrar.

En la actitud se los notó dubitativos. Habían pasado muchos desde la última vez que Rosana había penetrado allí ignorando las recomendaciones de sus mayores y Rulo no lo había hecho jamás.

Los padrinos, bajo un estricto ajuste a ritual, hicieron todo en cuanto le dijeron para ser respetuosos de las antiguas tradiciones de esta comunidad. Cumplidas todas las premisas se adentraron en una boca al ras del suelo y descendieron por una escalera empedrada. Por allí se descendía a un espacio circular de un metro y medio de diámetro con un techo plano de rocas alargadas que funcionaban como vigas. Al momento, el lugar tenía poca altura, pero les aseguraron que hubo un tiempo que allí se entraba parado pero que, con el paso del tiempo, fue acumulando tierra y acortándose este espacio. Debajo del cúmulo de tierra y lodo podían encontrarse vasijas y utensilios que nadie se había animado a mover por temor a padecer cosas inimaginables.

En el interior se divisaba una falsa pared que no permitía ver del otro lado, pero la curiosidad fue vencida por el respeto y la promesa de no tocar nada, por lo que, así como entraron salieron, para emprender el regreso. De camino conversaron y elucubraron mil teorías sobre quien hubiera habitado ese lugar y por qué habían elegido vivir de manera subterránea. Por supuesto, no llegaron a ninguna conclusión convincente.

Arribaron a la tapera pasado el mediodía y almorzaron un rejunte de sobrantes de los días anteriores. Luego, algunos se conectaron a internet y cumplieron con obligaciones laborales, mientras otros ordenaron la casa y comenzaron el armado de bolsos.

La tarde se presentó hermosa, aunque algunas nubes lejanas decoraban el cielo y algunos curiosos burros se arrimaban a la tapera como queriendo saber qué novedades había.

Cuando sobrevino la oscuridad ya todos habían armado su bolso. Concluida esta tarea se sentaron junto al fuego para disfrutar de la buena música y picar un quesito de cabra caliente mientras la masa de pizza levaba en condiciones controladas.

Ale estuvo encargado de sostener las llamas en alto. Gustavo Santaolalla sonó de fondo creando un ambiente especial. Allá lejos, en lo alto de los cerros, los relámpagos salidos de la nada comenzaron a iluminar una noche cerrada. El espectáculo paso de bello a temible. Durante varios minutos el cielo nunca llegaba a quedarse a oscuras, pero increíblemente, el firmamento brillaba sobre sus cabezas y se veía de manera clara, como si nada, provocando un gran contraste.

Si en las cumbres estaba lloviendo como se podía presentir, el regreso sería más complicado y la camioneta que debía buscarlos en Sobre la Puerta vería amenazada su llegada. Esto preocupó al grupo, porque una vez embarcados en la caminata, no se podrían enterar si Aldo llegara a su encuentro.

Alrededor de un fuego en el que Ale siempre encuentra figuras de dragones, Juani volvió con la costumbre de preguntas que interpelan. Filosofaron y brindaron una vez más por la amistad, por el lugar que los unió como amigos y por nuevos proyectos.

Nuevamente, la visita de escorpiones no los amedrentó para acostarse y conversar sobre la planificación de su próximo viaje.

Miércoles 18 de marzo: “La odisea”

7:30 se levantaron con ayuda del despertador. El amenazante cielo gris cubría todo lo observable. Las nubes estaban bajas y no había gran visibilidad.

Chabelo llegó primero y se sumó al desayuno. Rosi y Axel se acercaron también para regalarles un “hasta pronto” y un último abrazo.

Rulo, Santiago y Chabelo serían los encargados de preparar las monturas y movilizar los bolsos en mula. Poco tiempo después, los padrinos salieron montados dando una última mirada a la tapera, al puesto sanitario y al río tratando de grabar en la retina imágenes que resultan llenadoras cuando se vuelve a la rutina. Los lugareños, en cambio, marcharon a pie en estado de alerta.

Si algo bueno tiene la vuelta es que se monta la mayor parte del trayecto, y no tardaron más de cuatro horas en llegar a Sobre la Puerta. Obviamente, la llovizna se hizo presente, pero no era suficiente como para sospechar que la camioneta de Aldo no iba a estar en el punto de encuentro.

Luego de llegar a sobre la puerta montaron una hora más y en el camino se cruzaron con Celeste, la hija de Chabelo, que iba camino a Molulo. Luego de un cálido abrazo ella comentó que había aprovechado el viaje de la camioneta de Aldo para acortar las horas de caminata. En teoría, esto demostraba que Aldo sí había podido llegar. Pero, de repente, todo cambió cuando agregó que la camioneta se encontraba atascada y al borde de caer al precipicio.

Aceleraron el paso y pocos minutos después se encontraron con un Aldo desahuciado y sin buenos augurios.

La situación fue la siguiente: la rueda delantera del lado del copiloto se encajó en el barro de un camino en el que de ancho solo entra un vehículo. Al quererlo desencajar acelerando la caja trasera de la camioneta se desplazó hacia el lado del precipicio dejando una rueda fuera del camino y Aldo debió bajar del lado del acompañante para no correr riesgo.

El panorama era desolador. No había palas, ni picos, ni comunicación para solicitar ayuda, y si no se comunicaban a la hora estipulada con sus familias la desesperación iba a ser generalizada.

Por suerte, una hora y media después, un plan se puso en marcha resultando exitoso. La camioneta quedó nuevamente sobre el camino y volvió marcha atrás hasta que pudo poner su frente apuntando a Huacalera.

Se despidieron de Chabelo, Rulo y Santiago con un nudo en la garganta. A ellos aún les quedaba desandar el sendero que los llevaría de vuelta al Durazno.

Aldo puso en marcha la camioneta y a las cinco de la tarde estuvieron tomando una ducha caliente y reconfortante en el hostal la Colorada.

Por la nochecita recorrieron los puestos de la plaza grande para hacer compras de último momento, picaron unas empanadas con una cervecita fría y, posterior a ello, cenaron en el Nuevo Progreso. Este restorán se caracteriza por sus platos gourmet y no justamente por ser el más económico de Tilcara sino, más bien, por todo lo contrario, pero luego de varios días de incomodidades y de comer lo que se pudo sintieron tenerlo bien merecido.

Al ruso Serhiy lo venció el cansancio y ni bien finalizó el postre retornó al hostal. Los otros tres consideraron necesario pedir un vinito más para cerrar la última noche mientras compartieron anécdotas y anhelos. Primero fue un “Copleras” y el segundo un “Yanai” y, si bien el primero no gusto tanto, el segundo les dejo contento el paladar.

Ya en la puerta del local, su excéntrico dueño les hizo dos preguntas. La primera fue: ¿cómo comieron?, a lo que los tres contestaron: “de maravilla” y la segunda fue: ¿es la primera vez que visitan Tilcara? Esto hizo que tomen asiento nuevamente y expliquen de punta a punta quienes eran y que hacían allí. Luego, se sumó su esposa a la conversación, emocionándose por la tarea desarrollada por los padrinos. Diez minutos después, todo el personal dejaba sus puestos de cocina para escuchar las aventuras del viaje. Una ronda inmensa los dejaba perplejos. El dueño sin mucho vacilar dijo en voz alta: “ustedes no lo saben, pero hoy es mi cumpleaños y me gustaría que sean parte de la celebración”, cuestión que hizo que la noche se extendiera con más brindis y deseos hermosos. Uno a uno fue brindando. Este ritual lo contagian donde quiera que vayan, y entrada la medianoche se despidieron de sus nuevos amigos oyendo la frase: “cada vez que vengan a Tilcara pasen a comer por acá, a partir de ahora serán nuestros invitados”.

Luego de una jornada que parecía interminable llegaron al hostal, no sin antes encontrarse a Diego Bermolen, socio de Sandra en el Hostal. Retornaron en su compañía. Diego posee un gran conocimiento geográfico e histórico de su provincia, pero no solo sabe de eso, también sabe de los chismes de pueblo que hacen la noticia del día a día y les contó sobre locuras del personaje que acababan de conocer.

En el hostal los recibió Reinaldo, marido de Sandra, quien intentó entretenerlos con una amena conversación, pero claramente no tuvo éxito. El cansancio los obligó a irse a acostar de inmediato.

Jueves 19 de marzo: “De vuelta a casa”

Reinaldo los esperó de madrugada con el desayuno listo. Viéndolos más despiertos que la noche anterior les contó sobre las procesiones de la Virgen de Copacabana del Abra de Punta Corral y todo lo referido a las bandas de sikuris que le dan un toque típico a la Quebrada de Humahuaca. Todo el año se preparan para estos eventos, juntan dinero, duermen a la intemperie y lo viven como algo trascendental en sus vidas. Allí no importa del cuadro que seas, si no a que banda perteneces. Hay rivalidades y trastadas, envidias y peleas, pero también fraternidad y devoción.

Aldo pasó por los muchachos a las 6:30am y, cual meteoro, los condujo al aeropuerto de San Salvador donde tomaron el vuelo del mediodía con un leve retraso luego de un frugal desayuno.

El avión llegó a Buenos Aires sin complicación alguna. Despacharon las mochilas y en la vereda del aeropuerto se dieron un último abrazo sin grandes demostraciones de cariño, y no por falta de querer, sino porque sabían que al día siguiente ya estarían programando un reencuentro.

Conclusiones

Si ustedes, al igual que quien escribe estas líneas, interpretan “la filantropía” como la manifestación más clara y pura de amor que puede desarrollar el ser humano como virtud, seguramente habrán comprendido porque nunca fue opción claudicar.

Cada demostración de amor, cada fuego, cada brindis y cada anécdota se vuelve necesario para nuestras vidas desde que el destino quiso que conozcamos ese bendito e inhóspito lugar.

Nuestra amistad se forja y se amalgama con cada viaje. Cada vez somos más parte de la comunidad y penetran más en nuestros corazones con enseñanzas, con inocencia, carencias y muchas otras cosas.

Cada uno de nosotros busca en esta aventura encontrar su propia piedra filosofal. Aquí no existen las riquezas materiales, pero sí innumerables e infinitos pequeños tesoros que vamos cosechando día tras día.

Para algunos de nosotros alcanza con desconectarse de la rutina, para otros, es conectar con la naturaleza o con la gente que siente y piensa distinto. Todo es válido, y es por ello que hay un tesoro esperando para cada uno de nosotros.

Hay algo que fue y es común a todos, haber conocido este recóndito lugar fue un punto de inflexión en nuestras vidas. Allí lloramos, peleamos, nos abrazamos y filosofamos, pero por sobre todo volvemos, porque allí arriba esta la verdad.