Viaje solidario a la provincia de Jujuy
25 de junio de 2025 al 3 de julio de 2025
Contexto
Si el equipo de Siete Vueltas hubiera sabido con anterioridad que este viaje iba a padecer la deserción involuntaria de la mitad de su equipo semanas antes de viajar, probablemente, hubieran desestimado esta travesía, pero por suerte, el destino, que se ocupa de poner cada eslabón de esta historia en el orden correcto, les anunciaba esta mala noticia en las horas previas al abordaje del avión.
Distintos desordenes en la actividad laboral impiden que Grubi e Izzy formen parte, esta vez, del equipo que pone cuerpo, alma y espíritu para llegar a destino con las donaciones que con tanto amor materializan los donantes de Siete Vueltas.
Al mismo tiempo, es importante reconocer que las energías deben renovarse dentro de cualquier grupo de trabajo para que se siga traccionando con la fuerza y el empuje que marcaron los inicios de estas acciones filantrópicas años atrás y, es por ello por lo que, los más antiguos son apuntalados desde lo administrativo y logístico por los que se sumaron en el último tiempo. Esto fue sano y necesario para continuar con las actividades de la asociación civil durante el transcurso del último año.
A la intranquilidad de haber perdido soldados en el camino, se sumaban algunas cuestiones que generaban intranquilidad. Hasta un día antes del viaje, las donaciones que habían partido muy sobre la hora desde Buenos Aires gracias a la empresa Urbano no llegaban al Hostal donde se las acopia. La posibilidad de reorganizar fechas en ese momento ya no era opción. Pero, como pareciera ser costumbre, los planetas se alinearon y tanto las donaciones como los padrinos llegaron casi de manera simultánea a destino. El mismo caso fue para la falta la energía. Los paneles solares de la tapera no se encontraban operativos desde hacía meses por falta de mantenimiento de la empresa que suministra este tipo de energía renovable. Por suerte, o por causalidad el problema fue resuelto 24hs antes del viaje y esto les aseguraría la posibilidad de tener luz y conexión que dejarían tranquilos a ellos y a sus familiares.
Los viajeros, en definitiva, fueron dos: Juan y Ale, pero los objetivos un montón. Con la voluntad intacta, la vocación de servir de siempre y el apoyo logístico desde Buenos Aires se irán alcanzando, todos ellos, a lo largo del viaje que está por comenzar. A continuación, los sucesos.
Miércoles, 25 de junio: “El día cero y un maldito adaptador”
Luego de una cena repleta de particularidades, y de la que participaron todos los hombres de Siete Vueltas entre otras extrañas personas, Juani, no hacía tiempo a volver a su hogar antes de tomar el vuelo. Es así, que quedaban dos o tres horas de tiempo muerto para presentarse en el aeropuerto. El avión despegaría a las 6:40 de la mañana y un confortable sillón en la casa de Ale lo acobijó para intentar, al menos, cerrar los ojos por un rato.
A las 4 en punto, el conductor del Uber oriundo de tierras bolivarianas como todos los que los han llevado hasta el momento y llamado, literalmente, Luis Miguel los condujo a destino acompañados de una charla amena. Los viajeros no estuvieron muy conversadores dado que solo contaban con dos o tres horas de descanso.
En Aeroparque todo fluyó de la manera pretendida. El tiempo hasta el abordaje lo mataron en Havanna, tomando un cafecito y unas galletitas de limón, luego de haber recorrido el Free Shop con la intención de conseguir un adaptador que necesitarían más adelante para la reconexión de una antena que, a diferencia de las utilizadas actualmente, ya podría decorar la estantería de algún museo tecnológico. En esta misión no tuvieron éxito y de a poco se acrecentaban las preocupaciones al respecto, ya que el aparato en cuestión debían haberlo conseguido el día anterior al viaje. El encargado de esta tarea inconclusa quedará a resguardo de los lectores de esta bitácora.
A las 6:40 el avión decolaba y llegaba al aeropuerto de Jujuy dos horas después, sin sobresaltos. Allí, una vez retirados los bolsos, se dirigieron al salón principal donde se encontrarían con Aldo, encargado de logística y ambulancias del hospital de Maimará, y quien gratuitamente los trasladaría a Tilcara, siendo esta la base operativa de todas las actividades por realizar.
El encuentro con él fue a puro sentimiento. Lo esperaron a que, con la parsimonia que lo caracteriza, termine su café con leche, coma medio tostado y guarde la otra mitad en su bolsillo para ponerse en marcha y sortear algunos problemas a la hora del pago del estacionamiento medido. Él aseguraba que no había estado más de quince minutos y que, por ende, debería ser no tener cargo. La barrera lo contradecía y se negaba a levantar. Lógicamente, si la conversación con los padrinos duró más de media hora en el bar y ya iba por la mitad de su café, probablemente, quien estaba en la suposición correcta era la barrera. Así, pues, vueltas atrás y a pagar el estacionamiento del cual se hicieron cargo los visitantes.
Pensando en la necesidad de conseguir el bendito y necesario adaptador partieron del aeropuerto con la premisa de tomar un desvío y adentrarse en la ciudad de San Salvador. Allí, la ciudad los recibía con gran cantidad de gente en las calles. Realmente parecía un metrópoli. A uno de ellos, se le ocurrió preguntar el motivo de tanto alboroto y Aldo contestó: “es porque hoy el estado paga el aguinaldo”. Ahí entendieron todo. Filas en los bancos, filas en los negocios, filas en todos lados.
Recorrieron varios negocios sin éxito hasta dar con uno que, desde el principio, parecía ser el indicado para conseguir el dichoso aparato. Y así fue, es allí donde lo consiguieron y comenzaron a relajarse. Este periplo les consumió dos horas extras en el traslado, pero había valido la pena.
Llegaron a Tilcara cerca del mediodía, pero previamente, realizaron una parada técnica en la reconstruida localidad de Volcán en la que Aldo debía entregar unos papeles. Tilcara los recibió con la pereza que los caracteriza porque allí el tiempo transcurre de otro modo.
En el Hostal los recibió Diego, socio de Sandra. Desensillaron y rápidamente salieron por las angostas calles del pueblo con la mira puesta en el mercado.
No transcurrieron más de cien metros antes de encontrarse a una dupla para hacer historietas. Machados hasta más no poder y demasiado cariñosos, los abrazaban y les daban buenos augurios. Aún eran las once y algo de la mañana y apenas podían mantenerse en pie. Luego de innumerables abrazos y demostraciones de cariño les preguntaron a los padrinos: “¿ustedes como se llaman?”. Se notaba que el aguinaldo no solo se cobraba en la capital jujeña porque estos dos ya se encontraban de festejo desde la noche anterior. De cualquier modo, terminaron siendo conocidos de conocidos.
En el mercado realizaron las primeras compras, luego almorzaron en “A la Payla” y, si bien, es un lugar que frecuentan en cada viaje y del que siempre gustan casi de un menú que repiten una y otra vez tuvieron que quedarse con las ganas de comer los tradicionales papines andinos con queso fundido y panceta.
Entre los comensales del lugar, también, hay clientes fijos que van recurrentemente. Estos son los perros callejeros que abundan en el pueblo y que casi, de tanto contacto con los turistas, son bilingües. Antes de terminar el almuerzo, un libro de una repisa llamó la atención de Juani. Este se titulaba “Chincanqui” y, casi por amor a primera vista, lo compró sin leer el dorso o saber de que se trataría. La portada mostraba la imagen de un hombre que podría ser oriundo de los valles y ese motivo ya era suficiente para hacerse del libro sin meditarlo demasiado.
Luego de una profunda siesta que duró hasta las 17hs, Aldo volvió por ellos para un nuevo traslado. Sin mediar muchas palabras le entregaron un obsequio en agradecimiento por estar siempre a disposición y llegaron al Hospital de Tilcara dos minutos después. Allí, el primer objetivo se concretaría.
Increíblemente y para su sorpresa, la recepción fue nula. Nadie salió para darles recibimiento. Los directores del hospital, por diversas circunstancias, no se hallaban presentes y esto les empezaba a incomodar. Tal es el caso, que descargaron las donaciones en la vereda del hospital adjuntando una simple firma en un cuaderno y, sin más, partieron. Nadie abrió las cajas, pero allí, dejaron un bisturí eléctrico, insumos médicos y un ozonificador. Partieron desmoralizados y cabizbajos porque, si bien este hospital siempre colabora poniendo vehículos a su disposición, en este caso, parecía no reconocer el valor de las donaciones en cuestión.
Bajando la quebrada llegaron a otro hospital, esta vez, el de Maimará. Allí, todo fue distinto. Los esperaban, incluso, los que tenían franco con un té reparador y galletitas de agua. Dentro de la austeridad del recibimiento fue, sin dudas, de lo más cálido. Profundamente agradecidos, recibían insumos médicos, un desfibrilador, un microondas y otras cosas. Los padrinos les compartieron la experiencia recientemente vivida en el pueblo vecino y no podían creerlo. Eso sí, se lamentaban de no haber recibido ellos todo aquello que tanta falta les hacía. Entre charlas, recorrieron el impoluto hospital y asumieron un nuevo compromiso de ayuda relacionado con un aparato que permite medir hemoglobina, mas no sin antes dejar un donativo para la reparación de la bomba de combustible de una ambulancia que se encontraba inoperativa.
Terminada la vista, realizaron compras de ferretería y alimentos de último momento en el mercado de Tony y a solicitud de la escuela del Durazno. En la calles semivacías de Tilcara se encontraron con la familia de Rosana Gregorio en donde se manifestaron los primeros cálidos abrazos del viaje, reencontrándose con sus viejos amigos de los valles a quienes tanto aprecian y extrañan.
La cena fue corta en “Bien me Sabe”. Comieron pan de pizza, sorrentinos exquisitos y un vino local llamado Puna. Enseguida, volvieron al Hostal La Colorada para organizar sus mochilas, preparar viandas de marcha y ajustar cuestiones imprevistas.
Temprano, cada uno en su habitación, se propuso descansar sabiendo que no sería fácil conciliar el sueño, pensando en la caminata del día siguiente.
Jueves, 26 de junio: “Adelante el cerro, abajo la quebrada, arriba dios y más allá nada”
A las 4:45 se encontraron los dos, frente al voluptuoso desayuno que les preparó Sandra. La cena del día anterior y un café con leche, tostadas y jugo servirían para generar una imagen mental de las comodidades que pronto dejarían de gozar. A las 5, los dos choferes de las ambulancias se sentaban a la mesa para disfrutar también de esa frugal despedida. Terminado el asunto y, a través, de una cadena humana estuvieron cargadas las dos camionetas hasta el tope con las donaciones que posteriormente trasladarían las mulas en sus lomos hasta el Durazno. Rosana Gregorio y Axel aprovecharon la doble fila de asientos para trasladarse hasta “Sobre la Puerta”, último lugar donde llega el vehículo. Ellos, desacostumbrados, empiezan a padecer la traqueteo del vehículo y se sienten descomponer.
El camino hasta “Sobre la Puerta” es sinuoso, de ripio y está muy deteriorado. Desde la salida de Tilcara, y hasta llegar allí, la camioneta que viajaba por delante perdía tres de sus cargas, pero que, afortunadamente, levantaba la camioneta que circulaba por detrás.
Cuando llegaron arriba, alrededor de las 8:15, hubo un efusivo recibimiento como siempre que visitan a la comunidad de los valles. Increíblemente una persona imposible de reconocer llegaba también al lugar y los saludaba cálidamente. Ellos no la reconocerían hasta pasados un minutos. Se trataba de la directora Violeta Flores, quien por diferentes circunstancias que en este momento es preferible no nombrar, se ausentaba del establecimiento educativo utilizando la licencia como herramienta para no recibirlos, quedando la escuela a cargo de maestros y auxiliares que sí lo hacían y con mucho amor. Quizás la casualidad o probablemente un llamado de una autoridad importante la noche anterior para agradecerles la magna tarea que desarrollan por las escuelas de los valles dejó expuesta a esta directiva que, increíblemente, se hizo presente para recibirlos. Cosas del destino.
El frío era intenso y el wayra soplaba inclemente con todo su esplendor y encrudecía la sensación de estar helándose. Ellos, con solo un simple abrigo, e incluso algunos de ellos en ojotas, cargaban los burros y las mulas, que sumaban 35 aproximadamente.
Antes de poner los pies en marcha a un, evidentemente conocedor, se le ocurrió que un rancho cercano quizás tuviera empanadas para freír siendo las 9 de la mañana. No se equivocaba. Mientas tanto, a “Sobre la Puerta” llegaban dos camionetas de la policía provincial dispuestas a esperar y trasladar al hospital a tres heridos que se encontraban yendo a pie y montados con la asistencia de bomberos y enfermeros.
Tres docenas después, alrededor de las 10 y 20 de la mañana comenzaba la travesía a pie para llegar al Durazno. Sus guías fueron dos adolescentes: Axel y Zahira. Axel, con su malestar por la subida en vehículo, no paraba de devolver y sentir náuseas, aunque no claudicó en ningún momento a la idea de llevarlos a destino.
A los pocos minutos se encontraron con el primer herido. A ciencia cierta no estaba herido, sino enfermo. Viajaba a lomo de mula y bien atado, probablemente no supiera ni que día sería. Su abdomen se encontraba hinchado y padecía un indomable dolor abdominal. Algunas bromas con la dotación que lo acompañaba amenizaron el momento.
Luego, siguieron viaje y cruzaron al segundo caso extraño de “enfermedad”. El protagonista aseguraba estar con “puna” o como dicen los gringos “apunados”, pero, a decir verdad, mostraba claros indicios de estar machado o más bien borracho, como se dice en la capital. Dos o tres voluntariosos hombres hacían el intento de sostenerlo, pero se les hacía muy complicada la caminata con alguien que, evidentemente, no cooperaba en demasía. Además, se encontrarían con doña Elba que aprovechó a pedirles ayuda para sus hijos y con Wilfredo, quien fuera el encargado de arreglar el panel solar y reemplazar las baterías de la tapera
Más adelante apareció el tercer caso. Hermano del primero o del segundo, manifestaba un ataque de glucemia. Diabético él, y a causa de no haber tomado su medicación, necesitó ser rescatado. Los desmayos, recurrentes durante el trayecto, complicaban su extracción, pero los bomberos a fuerza de voluntad y coraje lo lograrían sin manifestar queja alguna.
La caminata de los padrinos fue tranquila, a lo lejos se veía la procesión de los cargueros. Hubo pocas pausas para el descanso y ningún momento para el almuerzo. Sin embargo, esto no lo padecieron, y es que cada vez consumen menos líquido y alimento al momento de afrontar los cerros, al igual que los lugareños.
En silencio, Juani guardaba para sí una intranquilidad mientras se encaminaban en los kilómetros finales del recorrido. Algo que siempre es condición previa a la partida había quedado sin efecto por causas involuntarias y, si bien, solo se trata de creer o reventar, lo traía preocupado e intranquilo actuando como una pesada sombra a cada paso. Se habían salteado el saludo, gratificación y pedido a la Pacha Mama que los habilitaba a adentrarse en sus fauces obteniendo su permiso. Esta preocupación lo acompaño a Juani durante todo el camino, quien lo mantuvo en silencio hasta llegar.
A las 15:20 abrieron la tapera que los acobijaría en modo hogar, habiendo disfrutado de hermosos paisajes en los que habían resaltado los picos nevados de la noche anterior.
Juani descansó al ver que todo funcionaba según lo esperado y que habían llegado sanos y salvos pese al olvido de algo tan fundamental. Para su suerte, festejaron porque había luz e internet. Avisaron a sus familias y, de esta manera, empezaba el disfrute de unos cuantos días en los cerros.
La tarde se pasó acomodando la tapera. Rulo y Rosi ayudando en los quehaceres domésticos y en la puesta en marcha de algunas cuestiones. Enseguida el fuego pasó a ser protagonista de la tarde-noche. Chabelo los visitó exponer sus disculpas de trabajos inconclusos, mientras Ale trabajaba un poco remota y virtualmente. Unas hamburguesas a las brasas, sin queso ni tomate, fueron la cena y, obviamente, fueron acompañadas por un vinito y folclore.
Más temprano que tarde, se iban a descansar luego de un día demoledor en compañía de un frío que iba tomando cada vez más coraje y del que nadie sospecharía hasta donde era capaz de hacerse notar con el correr de los días.
Viernes, 27 de junio: “La repartija y el sentimiento de frustración ”
Juani estuvo en pie a las 6:00am. Ale dio un par de vueltas más a la cama que estaba armada con innumerable cantidad de frazadas. Hasta ahí el frío era soportable. Alrededor, de las 9:30 llegó Micaela, nieta de Chabelo con su pareja oriunda de Tirayi. Venían en busca de señal de internet, ya que era imposible comunicarse desde otro lado. La escuela hacía meses había perdido la conexión con la anticuada antena de Arsat y el puesto sanitario no contaba con la energía suficiente para encender su antena dado que solo poseen 12 voltios y 220 son los necesarios. Por supuesto compartieron el desayuno y ni bien partieron aprovecharon a preparar cuestiones relacionadas con las donaciones y a reparar algunos desperfectos de la tapera. Sinceramente, esta, está cada vez más bonita y acogedora. Actualmente, una pirca rodea la casa haciéndola más segura para evitar el ingreso de animales que se acercan a ella en busca de pencas de sal que don Primitivo oportunamente les ofrecía. Además de ello, todo está más prolijo, limpio y ordenado. El desmonte ha dejado leña para meses y la entrada de luz solar, debido a la tala estratégica, calienta la casa haciéndola más confortable.
Más tarde jugaron con un dron. Lo pusieron a prueba, ya que era su primer contacto con este tipo de aparato novedoso. Las vacas y sus terneros, curiosos, no los dejaban de observar desde las cercanías. El miedo a perder dicho aparato los indujo a traerlo de regreso y guardarlo dado que sube tan alto que, al perderlo de vista, uno supone no volverlo a recuperar.
A las 12 partieron para la escuela. El sendero se hizo pesado, las piernas acusaban recibo de la jornada del día anterior y el aire demasiado liviano dificultaban el trayecto, pero filosofando acerca de los cuatro elementos que los rodean, más una quinta esencia que allí se hace innegable, llegaron a la escuela en unos 45 minutos aproximadamente, luego de haber avistado un águila a no más de 20 metros de ellos que parecía escoltarlos.
Era el día de la entrega de donaciones y, por supuesto, de disfrutar de un fraternal almuerzo con la comunidad en el comedor de la escuela junto a la inesperada y aún inexplicable compañía de la directora.
Al llegar, los niños fueron adorables y los nuevos maestros colgaron carteles de bienvenida hechos por sus manos. Lamentablemente, es habitual su recambio año tras año por lo agotador que resulta viajar, albergarse y separarse de sus familias en busca de la práctica del oficio y de un salario digno.
Ale, junto a la comunidad y con ritmo constante, se ocupó de la separación de alimentos y otros objetos que llegaban a modo de donación para cada familia de la comunidad.
El almuerzo fue preparado por doña Felipa. Un exquisito y humeante guiso les sentó de maravillas. De entrada, hubo empanadas con la salsa de tomate y cebolla que ya es un clásico y como plato final, la obligada sopa. De postre: “anchi”.
Durante la sobremesa los nuevos maestros se fueron presentando y ya se iba construyendo un vínculo. La directora, gracias a su “trasplante de corazón afectuoso” les hizo pasar una grata jornada. Más allá de su buena predisposición, todo aquello que fuera organizado para el recibimiento fue idea y producción de los maestros y no del personaje en cuestión que llegaba al mismo momento que los padrinos.
Luego del almuerzo, Juani, trató de dar conectividad con la vieja antena Arsat a la escuela, pero le resultó imposible. Cada vez que la visitan no tienen conectividad. La reparación de esta se vuelve recurrente y es por ello por lo que, en esta oportunidad, y gracias a la colaboración de muchos, desestimaron seguir con el intento y encendieron y donaron una nueva antena Starlink que, efectivamente, subsanaría todos estos inconvenientes. La señal no tardó en llegar. Diez minutos después todos estaban conectados al “sistema”. Sin más, Juani cambiaba de tarea quedándose con un sabor amargo por haber sido vencido por el obsoleto cacharro.
La repartija fue impecable, el frío comenzaba a apretar. Los padrinos recibían hermosos regalos artesanales que nunca habían recibido y donde se notaba el amor y la voluntad de esos niños por agasajarlos. Coplas inocentes, cartas escritas a mano e infinidad de agradecimientos fueron cerrando la tarde. Las familias comenzaron a retirarse de la escuela y la tenacidad de Juani lo obligó a seguir intentando con la vieja antena. Algunos se preguntaban para qué, si después de todo le habían dejado una nueva funcionando. No había respuesta para ello. Es, quizás, el no estar dispuesto a ser vencido. Una leve sospecha de un posible cable cortado acechaba la mente de Juani mientras mojaba en té el pan recién horneado de Rulo.
Dos horas después se retiraban sin éxito y con las manos congeladas. El clima seguía cambiando y no justamente para mejor. La tarde se apagaba. Con lo último de luz solar llegaron y descansaron. Luego, Ale trabajó en la computadora, armaron una picada, hirvieron salchichas y las acompañaron de espirituosas y folclore para no variar.
Las bolsas de agua caliente se iban convirtiendo, de a poco, en el bien más preciado que tenían en la altura de los cerros. El clima cambiaba, algo se avecinaba.
Sábado, 28 de junio: “Problemas con el agua y la noche de los visitantes”
¡Qué frío, ¿no?! Fue la primera frase de la mañana, ¡Tremendo!, contestó el otro.
Aunque hermoso día y con cielo despejado se desayunaban con el primer inconveniente de la jornada. No había agua. Ni para el baño, ni para cocinar. Allí, no hay más opción que intentar resolver, pero uno posee una ventaja. Lo positivo es que no existen llaves de paso, flotantes, ni bombas que puedan fallar, y es que agua siempre hay, porque proviene de una vertiente. Esto quiere decir, que el problema solo puede ser uno. Recorrieron, manguera arriba, el trayecto hasta encontrar su punto de fuga. Para su suerte , lo encontraron no muy lejos. Seguramente, a causa del movimiento de alguna roca o por la pisada de algún animal es posible que esta se haya desconectado del improvisado tanquecito de agua construido, humildemente, con un bidón plástico resquebrajado por el accionar del hostil clima.
Quince minutos después creían haber restituido el “servicio”. Lo cierto es que, si no fuera por la asistencia de Rulo, jamás lo hubiesen resuelto porque para ello, fue necesario dar con una canilla escondida detrás de un árbol a unos 300 metros de la casa que sirvió de purga para eliminar el aire de la cañería.
Con el golpe de realidad volvieron a la casa los tres. Desayunaron y se toparon con el segundo inconveniente. El inodoro, rebelde, no quería cumplir su función. Entre risas y acusaciones falsas, Ale fue el señalado como culpable. Con mucha valentía afrontó los cargos y se puso manos a la obra sin obtener buenos resultados. Rulo, su salvador, se hizo cargo y una vez más les solucionaba otro problema. En este caso, los culpables no resultaban ser los habitantes de la tapera y el consumo en exceso de hidratos de carbono sino una curiosa raíz de aproximadamente 2 metros que decidió crecer en el caño de desagüe.
Al mediodía almorzaron juntos a Carlos Cachagua, Rulo y su familia fideos con salsa. Carlos daba terminación a una parrilla hecha de hierro, piedra y adobe mientras les contaba que antes todos sabían trabajar la madera y que era casi obligación que a los fallecidos en el Durazno se les construyera durante la noche, en la que eran velados, un féretro artesanal.
Más tarde llegó Karina, esposa de Carlos, se calentó la comida que sobraba y también llegó doña Liduvina por una charlita y un café, pero lo cierto es que ellos prefirieron salir a caminar y explorar una vieja acequia que Rulo estaba reconstruyendo para llevar agua a la era, sitio que ellos así denominan a la parte más plana para sembrar y que sus ancestros solían explotar como cultivos en terrazas.
En la caminata, Ale, cosechó cardones y avistaron cóndores. Visitaron viejas construcciones en piedra abandonadas y proyectaron su recuperación. Sobre la playa del río descansaron y conectaron una vez más con la naturaleza. Conversaron, callaron y observaron el cielo en el que varias águilas dieron un espectáculo.
De vuelta en la tapera, la tarde pasó despacio. Los pájaros Viracoches daban color a los grises del paisaje rocoso. Ale tallaba un cartel con el nombre de la finca: “2 de abril” y ese se convertiría en su nuevo pasatiempo. El fuego, ineludiblemente, siempre encendido. El frío cambiaba de repente por un fuerte y cálido “viento norte” aseguró Juani. Este viento es usual en aquellas latitudes y, si bien, trae un veranito produce malestar en los cuerpos, ya sea dolor de cabeza o incluso náuseas, además de acercar todo tipos de arácnidos a la casa.
Antes de que la tarde se apague, Juani amasó pizzas, Ale se encargó de mantener un fuego vivo y alrededor de las 20:30 llegaban los maestros y el agente sanitario de visita a la tapera con el fin de compartir, vincularse y regalarles una noche distinta a lo que la escuela los tiene acostumbrados por estar albergados tres cuartas partes del mes. Para ellos es una salida, para los padrinos es una manera de devolver tanto afecto y trabajo manifestados en el recibimiento en la escuela.
Las pizzas corrían como el agua del río embravecido y el viento también. Se tornaba imposible manejar el fuego sin el temor a provocar un incendio. Rápidamente, se terminó con la cena sin que nadie quedase hambriento y pasaron al interior de la casa donde, a carcajadas y con interminables historias contadas por doña Felipa, fueron agotando las provisiones de dulces y fernet que los padrinos atesoraban.
Verlos felices y disfrutando fue motivo suficiente para poner a disposición hasta la última golosina con la que contaban. No es menos importante aclarar que las vistas a la tapera no solo fueron los humanas. Los roedores, sin temor alguno, también aprovecharon para tomar calor y, porque no, algún alimento dentro del salón grande. Pese a haber enviado un comando especial constituido para tal fin, compuesto por eximios conocedores del tema, la búsqueda de la negra y gigante rata que minutos antes le sonriera a Ale fue en vano. Nadie dio con el animal, por lo que decidieron permitirle pasar la noche albergada.
El fuego quedó aplacado con agua para evitar trágicos inconvenientes. Doña Felipa, cocinera de la escuela, no soltó en toda la noche su carterita blanca. La tuvo pegada al cuerpo sin siquiera apoyarla en la mesa por un instante. Esto fue motivo de risas e incrementando la incertidumbre de saber, que es lo que contenía en su interior, que exigiera tanta rigurosidad en su cuidado. Alguien, con coraje y valentía, se animó a preguntarle por su contenido esperando una negativa en la respuesta, pero no fue así. Sin exaltarse y con una carcajada de por medio manifestó: “Nada… cuatro billetes de 100 pesos”.
Sin tesoro por descubrir, sin más dulces en el inventario para aplacar las amarguras propias de la vida y con la sed aplacada, cerraron la noche a la 1:30 de la madrugada. Los maestros, algunos un tanto heridos y, tan solo alumbrados por las linternas de sus celulares se envolvieron en ruanas que los padrinos les prestasen para aplacar la severa helada que se avecinaba. Sin más, se marcharon con un “vuelvan pronto, por favor” y regresaron al sendero que los llevaría devuelta a la escuela con la noble misión de seguir educando, pero no sin antes agradecer y ya desde lo lejos, por la tan grata y fuera de lo habitual velada.
Domingo, 29 de junio: “La profecía”
Los viajeros se despertaron con la llegada de la familia de Rulo, sus perros y su fiel acompañante Santiago. Este último es, sin temor a cometer una equivocación, un pariente a quien ellos, solidariamente acogieron en el seno familiar debido a la soledad en la que él acostumbraba a vivir.
El frío era cada vez más intenso. Enseguida un fuego apaciguo la sensación de estar helándose y hasta los firulais, Beto y Blanquita, no se separaron del fuego. En ese momento, los padrinos, aprendieron a que si se busca hacer llama es mejor la chilca o el sauce, pero si lo que se busca es brasa, se debe elegir leña de durazno o manzana.
La música de fondo acompañó una picada y Juani se ponía manos a la obra para inaugurar una parrilla recién construida por don Carlos Cachagua. El menú sería un asado vacuno que el día anterior, Pedro, fue el encargado de ir a buscar a Tilcara para satisfacer el deseo de los padrinos de no comer repetidamente cordero.
Axel, hijo adolescente de Rulo, recibía la grata noticia de que Ale, con su gran corazón, le prometía enviarle una bicicleta de regalo. Él estallo de felicidad y sus padres también. Claro está que solo podría ser usada en Tilcara debido a la escarpada e irregular geografía del lugar.
Por la tarde durmieron una reparadora siesta. Los despertó el frio, por lo que decidieron encender un nuevo fuego e improvisar un brasero para templar la casa. Los augurios de Rosana no escaparían a la realidad. “Me parece que va a nevar” dijo al mediodía casi como si supiera lo que estaba por acontecer.
Inesperadamente, dos maestros se acercaron a avisarles que la conexión a través de la antena Starlink también fallaba y volvían a estar incomunicados. Esto alteró la tranquilidad de Juani, quien junto al apoyo logístico desde Buenos Aires de Serhiy, pusieron manos a la obra para detectar el problema de manera remota. No pasó mucho tiempo hasta que descubrieron el inconveniente. Por fortuna, no se trataba de complicaciones técnicas sino de consumo de datos. La comunidad viendo que la antena nueva había sido puesta en marcha consumieron todos los datos ofrecidos por el plan contratado en tan solo un día. Minutos después, y con una actualización a un plan ilimitado, la antena brindaba nuevamente conexión y el problema quedaba resuelto de manera definitiva.
Por la noche Juani amasó pizzas y Ale fue el fogonero. Los Gregorio fueron estupendos comensales, y es que es con ellos la amistad fluye de una manera inexplicable. La charlas de fogón provocaron las primeras lágrimas recordando a quienes ya no estaban entre ellos. Los abuelos para algunos y las abuelas para otros fueron quien cobraron protagonismo en esa conversación. Santiago, un hombre de dura expresión, dejaba caer su mirada intentando disimular las lágrimas al recordar a quien lo criara de niño luego de la partida de sus padres a los siete años. Rulo, por su parte, recordaba a su íntimo amigo fallecido, Daniel Mamani, a quien años antes, despedía luego despeñarse metros antes de llegar a la escuela junto a su mula, y que dejara un profundo dolor en el corazón de su ahijado Axel.
Los ánimos, luego de esa profunda charla, fueron recuperándose. Rosi contaba la preocupación y el desvelo que le generaba una situación. Un puma, en carácter de asesino serial, mataba en tan solo una noche 13 ovejas de su rebaño. Mientras tanto, rulo anunciaba: “esta nevando” y la profecía se cumplía sin más. El blanco de la nieve comenzó a darle color a tan árido paisaje. Cada vista era una foto y todo se tornaba más bello.
Las vistas partieron, diciéndoles: “cuídense del frío” y algo de razón tendrían. Sin más fuego, sin la posibilidad de dormir junto a un brasero por cuestiones de seguridad, solo quedaba la opción de las bolsas de agua caliente, las rellenaron, sumaron frazadas y se dispusieron a descansar luego de una hermosa y emotiva jornada.
Lunes, 30 de junio: “Sin recursos”
Amanecieron congelados. La nieve cubría el paisaje y pese a generar un escenario de ensueño, este dejaba de tornarse amigable. Salir de entre las frazadas se convirtió en una odisea como si se tratase de encarar la subsistencia en un paisaje luego de haber sufrido un cataclismo .
Con coraje se levantaron y tomaron el desayuno. Minutos después recibían la visita de David, hijo de María Ábalos, y su novia a quienes le compartieron alimentos para el desayuno y conexión que, en definitiva, era lo que venían a buscar.
Alrededor de las 10 partieron por senderos de ensueño para la escuela. El paisaje les regalaba una escenografía de película. Allí los recibirían los maestros de manera amable y con gratitud. El motivo de la visita era claro: si bien la antena Starlink estaba funcionando, la más antigua les había ganado la batalla y quedaba en desuso. Para ellos esto no podía quedar así, y con la tenacidad que los caracteriza, intentaron dejarla reparada. A dios gracias, descubrieron que el problema se encontraba en la continuidad de un cable que en la intemperie fue atacado por las inclemencias del tiempo y se encontraba cortado. Entre los bártulos y el desorden de una sala de la escuela Juani encontró un cable que serviría de reemplazo. Poco tiempo después, la vieja antena cobraba vida y brindaba una doble vía de conexión.
La felicidad, vale aclarar, fue absoluta, aunque duró poco, ya que hubo que despedirse de los niños y maestros de la escuela a lo que ya no verían por unos meses. Abrazos, besos y algunas lágrimas fueron lo último que percibieron. El frio que hubieran sentido en la tapera no se compara al que sienten los niños mientras toman sus clases en esas aulas heladas de adobe desprovistas de cualquier tipo de calefacción.
Con una pastafrola de regalo y luego de un cafecito caliente y reconfortante volvieron a la casa. Don Chavelo y doña Felipa se acercaron a conversar y se quedaron hasta la hora del almuerzo. Comieron papas fritas a caballo sintiendo un frio que calaba los huesos.
Por la tarde caminaron hasta el río. Acomodaron su osamenta en la playa y disfrutaron de la conexión con la naturaleza. Avistaron aves y charlaron de cosas profundas y cuando ya el frio se volvía intolerante volvieron a la tapera donde recibieron más visitas. Zulema, Martín, Ludmila, Zhaira, el pequeño Joaquín, Carlos Cachagua, Carina Robles y los perros de todos rodeaban el fuego que, en todo su esplendor, no lograba hacer que los dientes dejen de chirriar.
Los padrinos aprovecharon a donar los últimos alimentos que les quedaban, separando concienzudamente las raciones que necesitarían en las próximas horas para mantener la panza llena. Los visitantes cocinaron sabrosas tortillas en grasa y merendaron todos juntos en un escenario que podría encuadrarse en la era del hombre primitivo. Posteriormente, partieron y la casa volvió al silencio del que tanto gozan los padrinos.
Un último parpadeo del panel solar anunciaba la primera y segunda mala noticia de la tarde noche. Se quedaban sin luz y por ende sin conexión. “Será parte de la aventura, no nos preocupemos”, pensaron. Y claro que esto hubiese sido divertido si el tercer problema no se hubiera avecinado. La ola polar provocaba el congelamiento de las mangueras que proveen agua de vertiente a la casa y en consecuencia quedaban sin un baño operativo y con apenas una olla de agua “casi” limpia para cocinar la cena.
El agua helada de las bolsas de goma que la noche anterior calentaron sus camas sirvió para completar ollas y racionalizar el recurso. Mientras esperaban la hora de comer ordenaron, empacaron todo para el regreso del día posterior y se tomaron un tiempo para observar la infinitud del cielo nocturno.
La cena fue temprano. El menú constó de arroz y vino. Unas radios de media calidad fueron de suma importancia para transmitir mensajes a la escuela con el fin de que estos sean retransmitidos a sus familiares en Buenos Aires.
Intentaron dormir temprano, pero sin éxito. El frío se encargó de dejarles un firme recuerdo en su última noche en los valles. La ola polar cobraba fuerza y vigor dejándolos imposibilitados de tomar un buen descanso. La radio que, prontamente, se quedaría sin batería hacía un alarmante anuncio durante la madrugada. Esto hizo que Ale se sobresaltara pensando que alguien les gritaba en medio de la oscuridad.
Martes, 1 de julio: “El retorno a la civilización”
A las 8 estaban de pie. Rulo y Santiago se hicieron presentes y avivaron las cenizas del día anterior dándole vida a una gran fogata. El frio había amainado y el cielo se encontraba despejado. Las aves se volvieron nuevamente visibles: carpinteros, viracochas, monteritas, mirlos y chingolos eran atraídos por el calor del fuego y se acercaban más de lo habitual.
Aún sin luz, sin conexión y sin agua no todo es tan grave cuando el astro sol se muestra soberbio sobre sus cabezas.
A las 10:30 Delfor y David, los guiaban por el camino de regreso, luego de un fraternal y sentido saludo a Rulo y su familia. El camino estuvo decorado con una gran cantidad de nieve que lo cubría todo. El sendero no fue exigente, quizás porque estaban ya acostumbrados a transitarlos, pero cuatro horas después llegaban a “Sobre la Puerta” donde Aldo, nuevamente, los estaba esperando con puntualidad extrema. Allí, estaban también la familia completa de Zulema, más Yoli, la mujer de Delfor.
El vehículo que los trasladaría a Tilcara sería una ambulancia tal cual podrían dibujar. En el asiento del conductor viajaba Aldo, en el del copiloto, Ale y Juani por demás apretados. En la caja cerrada y sin ventanas, unos cuantos más que aprovecharon para moverse a la ciudad sin tener que pedir ni pagar otro transporte. La parte trasera resultó una licuadora y, descompuestos por el ajetreado camino, llegaron no sin antes hacer unas cuantas paradas técnicas tratando de subsistir al mareo que les provocase viajar de ese modo.
Pasando por la terminal de ómnibus se despidieron y los padrinos hicieron dos cuadras más hasta el hostal la Colorada donde debían retirar algunas pertenencias. Cumplido, siguieron viaje hasta las cabañas de la calle “ De la Sorpresa”.
Ansiosos por tomar un merecido baño no dudaron en abrir la ducha ni bien hubieran desensillado, pero el agua caliente se hizo rogar y esta necesaria tarea se extendió por unas cuantas horas. Tal fue el retraso que les provocara que decidieron pedir un descuento del 50% a la administradora del lugar quien, sin mucho protestar, aceptó. Ya acicalados, decidieron suspender una cena a la que habían sido invitados por el hospital de Maimará en búsqueda un poco de privacidad. A la hora de la cena, cruzaron la plaza chica y se sentaron en el Nuevo Progreso. Si bien la comida que se sirve allí es excepcional y de calidad internacional, fue el vino quien se llevó los galardones. “Copleras” era su nombre y es producido en la localidad de Purmamarca. Durante la tranquilidad de la cena recibieron un llamado de parte del hospital de Maimará. Acongojados por verse frustrada la invitación, habían decidido enviar dos docenas de empanadas recién horneadas para su deleite. Ya cenados, no quedaba más opción que ofrecerles ese manjar a sus amigos Sandra y Diego, quienes fueron los que realmente lo disfrutaron del agasajo.
Más tarde pasaron por un quiosco por cosas dulces y aprovecharon para acostarse temprano, ya que aún quedaban objetivos por cumplir.
Miércoles, 2 de julio: “Sin recursos”
Un cielo despejado y un sol incandescente se observaba desde el patio de la cabaña. No hubo tiempo para mates, pero si para un té rápido. Caminaron hasta el Hostal La Colorada porque a las 9 pasarían por ellos. El comisionado Bartolomé, máximo referente de las seis comunidades de pueblos originarios puneños, fue el encargado de llevarlos a la localidad de San Miguel de los Colorados atravesando el pueblo de Purmamarca, y luego la cuesta de Lipán, para llegar a la Escuela Nro. 350 “Malón de la Paz” situada a minutos de las salinas grandes.
En Purmamarca levantaron pasajeros, algunos se situaron en el asiento trasero y otros en la caja de la camioneta. La ruta escenográfica es digna de admiración. Aunque sinuosa, esta bien demarcada y asfaltada y se llega a transitar a unos 4.300 metros de altura. No es extraño ver automóviles aparcados en las banquinas esperando que algún turista se recobre de la indisposición generada por el apunamiento. Este suele ser un camino que se recorre en alrededor de dos horas, pero el conductor avezado que los trasladaba lo hizo en una hora y cuarto permitiéndoles ver guanacos, cóndores y capillas perdidas en el medio de la nada. Bajando la cuesta se observaba un mar infinito de sal y más allá la laguna de Guayatayoc donde suele haber flamencos. Bartolomé, quien no nos pone en situación de reconocerlos gringos, les comenta que le gustaría que la gente supiera que “Cerros de los Siete Colores” hay miles e incluso de más colores. Luego de 15km de tierra llegaron a la escuela.
La escuela Malón de la Paz, es de educación primaria y posee 23 alumnos todos ellos hijos de trabajadores de la sal. La escuela está prolija, limpia y ordenada. En un viaje anterior habían visitado la Escuela Nro. 51 de educación secundaria para darle conectividad y estos, al enterarse de dicho donativo, se habían puesto en comunicación con la asociación civil para intentar obtener el mismo beneficio.
Los docentes los recibieron de una manera extraordinaria. Uno a uno, se fueron presentando y mostrando el trabajo que desempeñan en su salones de grado. Tanto Ale como Juani quedaron impactados de la manera en que los niños se expresaban y colaboraban en la dinámica de la clase. Desde pequeños les inculcan la lectura y el ejercicio del razonamiento, además de la música.
Siendo el mediodía comieron un locro que quedará en el recuerdo y gozaron de dos espectáculos protagonizados por los estudiantes. El primero, dos canciones interpretadas con sikuris y el segundo unas coplas que salían de las bocas de los más pequeños. Curiosamente, todos los integrantes de la comunidad de pueblos originarios que los visitaban ese día lucían anteojos de sol. Fue extraño, sin dudas. ver collas con gafas negras hasta que cayeron en la cuenta qué solo tenía que ver con el oficio que desempeñan.
Más tarde llegó el momento de recibir los obsequios que tanto la escuela como la comunidad había preparado para ellos. Tejidos de llama, mates tallados, piezas de barro, tallados en madera, alfajores y habas en escabeche desbordaban de las manos de los padrinos. El afecto recibido no es posible describirlo en estas líneas. A cambio Siete Vueltas encendía una nueva antena dándole conectividad a la escuela, donaba dinero para recomponer el piso del comedor que llevaba colocado más de 120 años y entregaba una mochila con sus respectivos útiles nuevos a cada alumno de la institución.
Abundaron las palabras de agradecimiento por parte de la directora y sus colaboradoras con palabras sentidas y llenas de amor. Por otro lado, algún padre se acercaba en busca de ayuda para afrontar algún padecimiento de salud, pero lo hacía desde la más profunda humildad.
Se retiraron de la escuela con ilusiones de un próximo encuentro. El camino de vuelta fue el mismo que el de ida y una hora y media después llegaban a la cabaña con el fin de recuperar energías y disfrutar de la última noche.
Cenaron en “Bien me sabe”, probaron un vino local llamado “Coquena” y cenaron pizza. Entre charlas y revisiones del viaje, a la joven mujer encargada de atender la mesa le pareció ver cara conocida a uno de ellos y preguntó sin miedo a equivocarse “¿Puede ser que los haya visto antes?” Allí, comenzó la narrativa de que hacían ellos de visita en su tierra y descubrieron que era oriunda de los valles y, obviamente, conocía a todos a cuanto se los nombrase. Emocionada, agradeció lo que hacían por la comunidad de El Durazno y Molulo y continuó con su labor. Aún perplejos por lo pequeño del mundo, se sumaba desde otra mesa otro participante a la conversación. “Yo soy guía y llevo grupos que atraviesan los valles hasta Calilegua y si recuerdan ya nos cruzamos en el camino alguna vez”, dijo esperando el reconocimiento. Haciendo un esfuerzo casi forzado, Juani, admitió recordarlo. Conversaron mucho tiempo sin importarle que su comida estaba servida y enfriándose. Luego, hubo promesas de colaboración conjunta para el futuro y se despidieron.
Volvieron no muy tarde a la cabaña y se acostaron mientras, el uso del celular iba dando forma a su regreso.
Jueves, 3 de julio: “El hombre de Vitrubio”
Una hermosa mañana los desveló. Era el último día y querían aprovecharlo. Salieron a caminar por las angostas calles tilcareñas reconociendo los molles que abundan en cada patio, pasearon por la feria y visitaron cada puesto de la plaza grande.
Con la intención de conocer siempre algo nuevo se perdieron por lugares donde nunca habían caminado y, es así, que se toparon con otra Tilcara, desconocida, lujosa y ordenada. Los hoteles, glamorosos, daban un aspecto distinto a lo que suele observarse en los alrededores de la plaza. Los hostales o albergues para mochileros suelen ser los hospedajes más buscados y, por supuesto, abundan.
Sandra anunciaba que tanto la directora María Canevire, como Miguel Peñaloza retiraban de su hostal 40 mochilas para que sean repartidas a distintas escuelas bajo su mismísima supervisión. Con esta última novedad, tachaban de la lista todos los objetivos que supieron asignarse. Con un cien por ciento de efectividad festejaron con un golpe de puño y diciendo: “Misión Cumplida”.
Con otra imagen grabada en la retina, volvieron a la cabaña. Allí lucharon y le ganaron la batalla a los bolsos para que les brinden un centímetro más de capacidad y les dejen llevar todo aquello que recibieron y compraron. Terminada esta casi imposible tarea y bajo un sol radiante, conectaron por última vez con la Pacha Mama. Una música tranquila generó el ambiente propicio para acostarse sobre el suelo del patio, expandir las extremidades y, cual hombre de Vitrubio, dejarse alcanzar por los rayos del sol con la intención de que esto sea el último recuerdo.
La nostalgia se hacia presente al momento en que un remis los buscaba a las doce para poner rumbo hacia el aeropuerto. El chofer, casualmente oriundo de los valles, repasó vida y obra de cada lugareño para que los padrinos se aseguraran de que él sabía perfectamente a quien se referían con cada comentario. Juani hizo un silencio contagioso buscando algo de tranquilidad y se entretuvo reconociendo formas en los cerros de la quebrada. Ale, también, se llamó a silencio y se adentró en su propio mundo haciendo que el remisero no tenga más opción que concentrarse en el manejo.
Almorzaron hamburguesas y mataron el tiempo para el embarque sacando conclusiones y recordando anécdotas. Luego, nada falló. Llegaron a Buenos Aires a las 17:40 y Serhiy los recogió por Aeroparque. Minutos después se despedían con un fuerte y cálido abrazo luego de una fructuosa semana.
Conclusión
“Los caminos son pa´ irse, las penas son pa´ volver” canta José Larralde, y en cada una de sus palabras resuena la verdad.
Más allá de la felicidad que nos provoca visitar el Durazno es imposible irse sin pena, y eso es, justamente, lo que nos hace retornar.
Nunca es suficiente. En cada viaje se forjan amistades, descubrimos lugares y personas nuevas que nos generan la ansiedad de regresar. Creemos que no importa si uno viaja hacia adelante, hacia atrás, o hacia arriba como en nuestro caso, porque más allá de la dirección y el sentido que se tome, uno siempre termina viajando hacia adentro. Eso es exactamente lo que nos provoca y nos conmueve.
Fue este un viaje alquímico en el que no abundaron las aventuras como otras veces, donde no padecimos riesgos innecesarios, pero sí donde las relaciones humanas, los fuegos y la introspección fueron los protagonistas.
Viajar implica volver a lugar desde donde uno partió, pero distinto. Y lo bueno es que volvemos felices y más sabios a casa, luego de transitar los tiempos de Kairós. Te extrañaremos Durazno. Serás nuestra “Taleñita” que nos provoca amor y nostalgia a la distancia generando un deseo de reencuentro incontrolable.
Ya en la comodidad de mi hogar, elijo creer que fue el solsticio quien metió la cola e hizo de las suyas para que este viaje se convierta en uno de los mejores de la historia.
Volvimos como el renacido.
Volveremos Jujuy engualichados.
