Viaje solidario a la provincia de Jujuy
21 de julio de 2026 al 4 de julio de 2026
Aclaración
Si quien lee estas líneas ha tenido la posibilidad de repasar las bitácoras anteriores, notará un llamativo cambio literario. Por ser esta una entrega muy especial para quien suscribe, me tomaré la licencia de escribir en primera persona.
Contexto
Por algún motivo que desconozco, los padres solemos ser egoístas. No es raro criar a nuestros hijos bajo el concepto de “imagen y semejanza”. No podemos negar que nos hace felices ver que nuestros vástagos copien nuestros gestos, tengan características físicas similares, elijan nuestra misma profesión o compartan nuestros gustos en lo cotidiano. Que padre e hijo elijan el mismo punto de cocción de la carne pareciera ser motivo suficiente para sentirse orgulloso de nuestra decendencia. Yo no soy la excepción. Por lo pronto me confieso: no tengo un club de fútbol de mis amores, los autos no me llaman la atención, la música que escucho no es la más fácil de contagiar, no me interesa la moda y siempre fui medio a contramano de las pasiones populares, o sea, siempre fui un “distinto”. Habida cuenta de esto, solo me quedan dos cosas por contagiar: la vocación de ayudar y mi lugar en el mundo. La primera, descubrí que es innata, o quizás no, pero tanto mi hijo Bauti, como el hijo de mi mujer Maco, escucharon y vieron de mí, incluso hasta el hartazgo, que la filantropía es la demostración más pura de amor que define a un ser humano y, por ende, no cabía otra posibilidad que ponerla en práctica en algún momento de su vida. En relación con mi lugar en el mundo, no existía cosa que me tuviera más ansioso que llegara el día en que pudiera mostrarles el escenario en el que se desarrollaron las anécdotas más valiosas de mi vida y que forjaron lo que hoy siento que soy.
Llegó el momento. Esperé que fueran adultos, que estuvieran preparados para recibir la información que la naturaleza en su máxima expresión tenía para ofrecerles. Ese lugar escondido, inhóspito, peligroso, los estaba esperando. La promesa de un tiempo lejano en el que mi hijo me había dicho: “Pá!, te prometo que voy a ir, no sé cuándo, pero voy a ir” se estaba volviendo realidad. Se acercaba la fecha de partida, la ansiedad y el temor ante posibles imprevistos no me dejaba dormir. De repente sentí que era una locura. ¿Por qué exponerlos a tales riesgos? ¿Es necesario?. Sí, y les pido disculpas de antemano por ello, pero mi intención no es más que intentar dejarles la imagen de un padre colmado de felicidad por compartir algo inmaterial, una experiencia que espero sea tan valorable como lo fue para mí la primera vez que conocí ese mágico lugar. No tengo expectativas. Aún no sé qué sienten ellos en las horas previas. ¿Lo harán solo para verme feliz?. ¿Lo harán por un desafío personal?. No lo sé, pero todos los motivos se transmutan dando origen a excelentes excusas para prenderse a la magia de los caminos.
Martes, 21 de julio de 2026 – Día 1
No pude dormir. Me sentía exactamente como un niño de doce años a punto de conocer Disney.
Eran las cinco de la madrugada cuando, con puntualidad exacta, Toto —amigo de Maco— nos esperaba con la camioneta en marcha para llevarnos al aeropuerto de Ezeiza. La noche anterior los había ayudado con el caótico armado de los bolsos. La experiencia me ha enseñado cómo organizarlos de forma correcta, pero también exige saber negociar. Maco habría viajado solo con lo puesto, sin importar si el destino deparaba frío o calor. Bauti, en cambio, prefiere conservar el estilo hasta para escalar un cerro, por lo que no quedó más remedio que persuadirlo para que dejara algunas prendas. Todo indicaba que el clima sería hostil y la ropa de abrigo ocupa un espacio desmedido en el equipaje, complicando aún más el desafío.
Partimos a la hora prevista. Maru me dio un beso de despedida, pero esta vez omitió el habitual «¡Cuídate!» y pronunció una frase distinta: «¡Cuidalos!». Esas palabras quedaron resonando en mi mente como una consigna.
Mientras Maco conversaba con nuestro amigo al volante y Bauti intentaba conciliar el sueño, yo contemplaba el camino preguntándome qué locura estábamos a punto de concretar. Me invadió el miedo: miedo a que la pasaran mal, a que sufrieran algún percance, a que estuvieran viajando solo por compromiso. Miedo puro y llano. Por suerte, no fui lo suficientemente valiente —ni tan cobarde— como para dar la vuelta y regresar a casa.
Llegamos con margen prudencial al caótico aeropuerto. Una fila interminable nos consumió más de una hora. Tras atravesar con rapidez los controles de equipaje, ganamos algo de tiempo para tomar un café antes de abordar. La empleada del mostrador asignado nos indicó que aún no llamarían para el embarque, lo que nos permitió relajarnos un momento. Sin embargo, el paso de los minutos y una leve sospecha nos llevaron a consultar en otra ventanilla: el panorama había cambiado y tuvimos que movernos con máxima agilidad para abordar el avión en el último instante.
Arribamos sin contratiempos al aeropuerto Guzmán, en la localidad de Perico, en las afueras de San Salvador de Jujuy. Allí nos aguardaba Beto para trasladarnos hacia Tilcara, con una escala previa en Maimará.
En Maimará realizamos una visita de cortesía al hospital local. Al tomar contacto con el personal médico del área de laboratorio, fuimos testigos directos de la alarmante escasez de materiales, elementos e insumos con los que deben dar batalla a diario. Nos retiramos de allí con una lista de necesidades urgentes que la Asociación Civil Siete Vueltas asumirá el compromiso de suministrar.
Diez minutos después arribamos al hostal La Colorada, acomodándonos en un departamento del primer piso de notable comodidad. Tanto Sandra como Diego nos recibieron con la hidalguía de verdaderos reyes; ellos ya forman parte fundamental de esta noble causa.
Como era mediodía, los llevé de inmediato a conocer el mercado tradicional de Tilcara antes de que cerrara sus puertas para convertirse en un centro polideportivo. Es un universo singular donde convive de todo: lo nuevo, lo usado, lo original y lo de dudosa procedencia. Ropa, víveres, carnicerías sin refrigeración y remedios ancestrales para todos los males. Un espectáculo fascinante. Tras recorrerlo sin comprar nada, nos dirigimos a almorzar a la parrilla Los Puestos.
El ají locoto puso a prueba la templanza de Bauti y Maco, dejándoles la lengua y los ojos rojos en un desafío de valentía culinaria. Evidentemente, el hambre inicial nos engañó y pedimos comida en exceso; o quizás el apunamiento y la altura ya comenzaban a cerrar nuestros estómagos. Lo cierto es que dejamos casi todo.
Durante la tarde nos adentramos en el Hospital de Tilcara. Allí sostuvimos una ríspida reunión con su directora. El motivo fue manifestarle de forma directa el profundo descontento de la Asociación Civil Siete Vueltas ante el lamentable estado de abandono del puesto sanitario del Durazno. Como era de esperarse, la funcionaria desconoció las acusaciones aduciendo falta de personal y recursos. La ironía resulta abrumadora: somos nosotros quienes solventamos dicho puesto, por lo que no requiere fondos públicos, sino tan solo la voluntad de preservarlo.
Una escena similar se repitió al visitar la iglesia de la cual depende la capilla de los valles, también sumida en el semiabandono. El sacerdote, no obstante, demostró una disposición muy diferente: se mostró abierto a coordinar mejoras en el recinto y a impulsar una festividad que, con el tiempo, se transforme en una fecha sagrada e hito fundamental para los vallistas. Posteriormente recorrimos el museo del templo, el mismo lugar donde la Selección Argentina de Fútbol realizó una promesa que terminaría cumpliendo cuatro décadas después de coronarse en México 1986.
Nos retiramos a descansar brevemente para, más tarde, emprender la logística de abastecimiento con los víveres necesarios para la travesía.
Entre idas y venidas recorrimos múltiples almacenes. El cansancio físico ya empezaba a pasar factura y, cuando creíamos haber concluido la misión, advertimos que habíamos olvidado parte de la compra en un pequeño supermercado. La omisión nos obligó a salir nuevamente a las calles para completar el pertrecho. Exhaustos, en el camino nos cruzamos con Carlitos Mamani, exsanitarista de El Durazno.
Más tarde nos reunimos con Rosi Gregorio y su hijo Axel para cenar en C Tilcara, sin duda uno de los establecimientos más destacados de la zona. A Rulo, esposo de Rosi, recién lo veríamos al día siguiente.
Disfrutamos de una cena excelente donde las conversaciones amenas ayudaron a romper el hielo. El mozo —y a la vez dueño del lugar— resultó ser un personaje singular por su particular forma de expresarse y por alcanzarnos el trapo rejilla para que nosotros mismos limpiáramos la mesa; acto que repetiría más tarde al entregarnos la vajilla.
Durante la sobremesa intercambiamos palabras con los comensales de la mesa contigua, quienes, al enterarse de nuestro propósito, nos felicitaron por las tareas filantrópicas y el compromiso social que desempeñamos en la provincia de Jujuy.
Nos despedimos de nuestros amigos y regresamos para poner manos a la obra en la preparación crítica: el armado de las mochilas de marcha y la selección de la ropa de caminata. Al cerrar la jornada, nos dispusimos a dormir las horas que el tiempo nos permitiera, acumulando fuerzas para los desafíos que nos aguardan al amanecer.
Miércoles, 22 de julio de 2026 – Día 2
Nos despertamos a las seis de la mañana. Ultimamos los detalles finales de las mochilas y bajamos a desayunar fuera del horario habitual. Sin embargo, para Sandra y Diego aquello no fue obstáculo para agasajarnos con un desayuno infinitamente superior al de casa.
A las siete en punto hicieron su entrada Rosi y su primo René. Saúl sería el encargado de pilotar la camioneta que nos trasladaría hasta Sobre la Puerta, el punto extremo donde concluye el camino vehicular y la tierra exige continuar a pie.
Nosotros viajamos en la cabina; René, en la caja al descubierto. El frío y el viento calaban los huesos con ferocidad. El trayecto se prolongó más de lo previsto. Durante las primeras dos horas y media todo fluyó sin contratiempos, siendo nuestra única preocupación el estado de René, resistiendo el frío polar allí atrás. Desde el interior de la cabina apenas se alcanzaba a divisar el blanco de sus ojos entre el abrigo.
Los caminos de cornisa bordean el abismo: te despojan del sueño y te infunden un temor indescriptible. La altitud y la escasez de oxígeno impiden todo descanso. Con ojo cerrado y el otro abierto mirando lo angosto del camino y sumergidos en un ambiente hermético por el frío, impregnado de un denso aroma a coca, avanzamos hasta toparnos con una máquina vial que obstruía el paso. Aún no comenzaba a operar, pero con el motor encendido y la pala en alto parecía dispuesta a iniciar labores cuando le solicitamos amablemente que nos permitiera avanzar. Rulo nos aguardaba a las 9:30 en las alturas del cerro.
El ingeniero a cargo —de dudosa idoneidad— desestimó nuestro pedido con indiferencia y dio la orden de romper el terreno, dejándonos sin posibilidad de continuar. La relación entre Vialidad y los pueblos originarios es un complejo lazo de amor y odio: muchos de los obreros son nacidos en la región, pero se resisten a reparar las vías que conducen a los valles, aun cuando se les paga por ello. Una contradicción indignante e incomprensible.
Tres horas después —y gracias a que Rosi, René y Saúl se unieron codo a codo con pico y pala a las labores de apertura— logramos superar el obstáculo. Imaginábamos a Rulo sumido en la incertidumbre ante nuestra demora, en una geografía donde la comunicación es imposible. Ante nuestra ausencia, Rulo había decidido emprender la marcha a pie en sentido contrario para buscarnos, observándonos desde la cumbre varados tras una maquinaria que desentonaba con la majestuosidad del paisaje. Con la paciencia al límite, arribamos finalmente a Sobre la Puerta con tres horas de retraso.
Nuestras familias se alarmarían al no recibir noticias a la hora pactada. Pero como bien se cree: que Dios aprieta, pero no ahorca, tras nosotros apareció una camioneta equipada con conectividad satelital. Gracias a ese milagro técnico, logramos enviar un mensaje de tranquilidad a casa, confirmando que todo marchaba en orden y que nos disponíamos a iniciar la caminata, con tres horas de atraso.
Por fortuna, el Ibuprofeno y el Dramamine que los chicos se habían autoadministrado surtieron efecto: no manifestaban síntoma alguno de apunamiento, lo que me devolvió la calma.
Cinco horas y media atravesando valles y cumbres, escoltados por paisajes de una belleza sobrecogedora, bastaron para alcanzar la finca. Toda la travesía se hizo a pie, renunciando a cualquier montura. Debo confesar que a falta de dos horas los vi rozar el límite de sus fuerzas; por un momento creí que sería necesario sacrificar un animal de carga para trasladarlos, aunque decidí aguardar hasta que no pudiesen dar un paso más. Agradezco a Dios que hayan superado semejante desafío de manera ejemplar, considerando que ninguno de los dos había realizado una proeza semejante en su vida. La fuerza de voluntad que demostraron es digna de la más profunda admiración.
Al arribar a la tapera, lo primero que hicieron fue desplomarse en el exterior mientras se conectaban vía Starlink para avisar a sus familias que habíamos llegado a salvo. La felicidad y el agotamiento se traslucían sin filtro en sus rostros. Les tomó cuarenta y cinco minutos reunir las fuerzas para ponerse de pie y recorrer la casa, ubicada a escasos cinco metros. Estaban sencillamente exhaustos.
Rosi se ocupó de armar las camas mientras yo les preparaba algo caliente para beber. El clima era gélido; una nube espesa nos envolvió en una niebla tan cerrada que apenas nos permitía distinguirnos los rostros.
Encendimos rápidamente una fogata para templar el cuerpo, que luego aprovechamos para asar unas hamburguesas. Rulo, entretanto, se dedicó a poner en condiciones diversos detalles de la tapera para asegurar la estancia.
Ellos optaron por reconfortarse con una sopa, mientras que nosotros comimos como si no hubiera un mañana. Las hamburguesas sobrantes terminaron en manos de los locales: era la primera vez en la vida que René probaba una, y su veredicto fue memorable: “Es la comida más rica que probé en mi vida”. Aun así, sobró una última hamburguesa, de la cual se apoderó sin permiso el perro Tisoc, aprovechando nuestro momento de descanso.
Rulo, Rosi y René emprendieron el regreso a su hogar, no sin antes cerciorarse de que quedáramos instalados con total comodidad. Prometieron enviarnos una señal con luces al llegar para confirmar que habían atravesado sanos y salvos la noche cerrada, el frío y los peligrosos senderos de cornisa.
El tiempo transcurría y las luces no aparecían en la oscuridad. La zozobra comenzaba a apoderarse de mí, por lo que decidí invitar a los chicos a contemplar el cielo estrellado. Capturamos fotografías dignas de un profesional y ambos quedaron deslumbrados ante semejante espectáculo nocturno. Al cabo de un rato, un destello en la lejanía me devolvió el alma al cuerpo: habían llegado bien.
Agotados, habiendo entregado hasta el último aliento en el día más exigente de sus vidas, Bauti y Maco se entregaron al sueño. Yo intenté dormir, pero fue en vano. Una sola pregunta daba vueltas en mi cabeza en medio del silencio de la noche: ¿Acaso lo estarán disfrutando, o solo estarán pensando qué hago acá?
Jueves, 23 de julio de 2026 – Día 3
¡Cómo les cuesta levantarse a los pibes! Imaginé que el exigente trekking del día anterior los dejaría fuera de combate. Yo, por el contrario, no logré descansar del todo bien. Preferí madrugar a pesar de la comodidad de la cama.
Afuera, firme y erguido, aguardaba Santi: un hombre no tan mayor, curtido por el sol inclemente de las alturas. Resultaba un enigma indescifrable adivinar desde qué hora permanecía allí de pie. Rosi y Rulo aún no arribaban, pero él esperaba inmóvil, tras descender del monte arreando sus animales y, seguramente, creyendo que ya era hora de levantarse.
Le convidé el desayuno e inmediatamente después desperté a Maco para que contemplara un espectáculo majestuoso: el cielo estaba cubierto de cóndores que planeaban a escasa altura. Al cabo de un rato llegaron nuestros amigos e improvisamos el desayuno entre todos. Maco se encargó, con esmero, de untar galletitas con queso crema y dulce de leche para la tropa, mientras yo preparaba el café con leche.
Temprano, o “trempano” como dicen ellos, había encendido el fuego para asar un vacío y unos chorizos que traíamos congelados desde Tilcara. Aparentemente habían alcanzado la temperatura ambiente, pero afortunadamente sin signos de descomposición. Mientras la carne se doraba, encendimos el detector de metales; a los quince minutos de rastreo, el dispositivo chilló y desenterramos una moneda de un peso argentino de 1957 y un hacha antigua, ocultas en lo que hoy es el patio de la casa. Nos entretuvimos abriendo pozos un buen rato hasta que el vacío estuvo listo. Lo servimos en su punto justo, acompañado de cebollas asadas y papines andinos.
Maco, a puro pico y pala, se entregó a la tarea de reparar la tranquerita de la casa, sabiendo de antemano que no sería una labor sencilla. Bauti, en cambio, contemplaba la majestuosidad del paisaje en un profundo silencio. Más tarde, comprenderíamos que una idea atormentaba su mente.
Los llevé a conocer el antiguo molino de piedra y descendimos hasta la playa del río, donde pasamos casi una hora arrojando piedras contra piedras. Me pregunté si no será este el juego más primitivo y fascinante que ofrecen la humanidad. El cauce nos transmitió una profunda sensación de paz, a pesar de sonar de manera estrepitosa a su paso.
Por la tarde marchamos a inspeccionar el puesto sanitario. La desidia que se respira en ese lugar es sencillamente dolorosa. Tanto esfuerzo ha invertido Siete Vueltas para que no falte un solo insumo, para terminar, hallando ese panorama. El Hospital de Tilcara mantiene en el olvido a los puestos de salud de las comunidades vallistas, una realidad que me produce una indignación profunda, en especial tras la ríspida reunión sostenida días atrás con su directora.
Luego echamos un vistazo a la capilla y nos topamos con la misma postal de abandono, profundamente triste. Espiamos entre las tablas desvencijadas de la puerta de la pieza donde duerme Primitivo, y nos impactó la precariedad en la que transcurre sus días quien, en su momento, fuera el legítimo dueño de la finca.
Continuamos la travesía hasta alcanzar «La Era», la tierra donde Rulo y Rosi pusieron los primeros adobes de su futuro hogar para establecerse más cerca de nosotros. Si bien el proyecto apenas comienza a vislumbrarse, lo que ya impresiona es la acequia que Rulo zanjeó para abastecer de agua el predio: una obra faraónica que se despliega a lo largo de miles de metros, trayendo agua desde río arriba
Al arribar a los vestigios de una antigua casa derruida, nos encomendaron una misión especial: buscar con el detector de metales un viejo frasco con monedas de plata que Rulo aseguraba que su abuelo había enterrado en la zona. Él recordaba claramente jugar con aquellas monedas de niño, cuando su abuelo se ausentaba a trabajar la tierra. Antes de partir de este mundo, el anciano le confesó el sitio exacto del tesoro; pero, a pesar de remover una cantidad considerable de suelo, el secreto permanece oculto.
La tarde comenzó a tornarse fría y emprendimos el regreso a la tapera. Allí, Rosi improvisó un plato reconfortante y gourmet: fideos con tuco y salchichas.
En medio de la penumbra, dos figuras masculinas emergieron de la maleza e intentaron aproximarse, pero fueron interceptadas hábilmente por Rulo antes de que pudiéramos advertirlo. Él siempre marcha un paso adelante. Me explicó en voz baja que se trataba de dos baqueanos que rastreaban un novillo extraviado y sospechaban que rondaba la zona. Le pedí que los invitara a pasar para no incurrir en descortesías, aunque noté cierta reticencia en su rostro. Al preguntarle si ocurría algo, me confesó que estaban «machados» —o borrachos, como decimos nosotros— y que les impedía el paso respetando la única regla infranqueable que he fijado para transitar por la finca: no admitir personas bajo los efectos del alcohol, una costumbre tristemente recurrente ante la soledad y el frío de los valles.
A pesar de su estado, decidí darles el paso con la certeza de que los chicos no corrían peligro alguno. Pasados de copas, pero sumamente respetuosos resultaron ser Don Quispe y su sobrino Ricardo. Merodeaban el lugar con el único afán de solicitarme permiso para transitar la propiedad y dar con su vacuno. Les otorgué la autorización de inmediato y los reconfortamos con un café caliente y un plato de comida. Nos solicitaron, además, unas gotas de alcohol puro para «bautizar» el café, pero nos mantuvimos firmes. Tras reiterar una y otra vez que eran hombres de bien, nobles y respetuosos, les permitimos pernoctar en un rancho aledaño perteneciente a María Pérez, para resguardarse del frío y reanudar la búsqueda al despuntar el alba.
Para nosotros, la intensa jornada llegó a su fin entre chocolates, golosinas, partidas de chinchón y buena música al abrigo del refugio.
Viernes 24 de julio de 2026 – Día 4
Amanecimos a distintas horas. Puse el agua para el café con la primera misión del día ya grabada en la mente. Viajaba conmigo una bandera argentina, obsequio de mi madre. Mi anhelo era verla flamear junto a la de Malvinas, esa que ya corona los valles honrando a nuestros héroes de una gesta inmortal. Días atrás, en las semifinales del Mundial, la Selección nos había alegrado el alma venciendo a los ingleses: si bien no era la guerra, tuvo todo el sabor de una batalla.
La ansiedad por ver el pabellón nacional en lo alto me llevó a insistirle una y otra vez a los chicos para improvisar un mástil de cañas. ¡Tardaron!, pero se dieron maña para cumplir el cometido. Hoy, la celeste y blanca marca la tapera, volviéndola reconocible a la distancia. Por mi parte, preparé la masa y encendí la parrilla para unas pizzas con muzzarella y una tormenta, más que una lluvia, de queso rallado.
Tras la digestión, nos dispusimos a emprender un trekking. Partimos a paso firme pero pausado para ganar el sendero de altura. Nuestro primer destino fue el singular cementerio de El Durazno, donde descansan en absoluta paz los antepasados de nuestros amigos. Las tumbas, todas orientadas a oriente, se iluminan con los primeros rayos del sol que asoma tras los cerros, creando un aura sagrada. Rosi aprovechó para acomodar el arreglo floral de papel que decora eternamente la tumba de su madre y le dedicó unas palabras en voz baja. Guardamos un silencio sagrado, observando sus gestos con el debido respeto.
Minutos después, reanudamos la marcha hasta alcanzar, por fin, la escuela. Fue allí donde les dije con firmeza que para ser padrinos debían llegar hasta ese lugar, ya que no es padrino quien ayuda desde la comodidad del hogar, se debe poner tiempo, cuerpo y espíritu para que duela un poco.
Recorrimos las instalaciones; les conté la historia del establecimiento y se asombraron de su tamaño, pues la imaginaban pequeña. Sin embargo, al hallarse deshabitada por el receso invernal, el silencio me provocó un vacío enorme. El albergue de los varones se encontraba desordenado; el de las niñas, en cambio, lucía impoluto y envuelto en un aroma fresco. La cocina aún conservaba el olor a humo de la última comida y, en un sobre amurado a la pared, permanecían los individuales personalizados de Ale, Maru y mío, confeccionados por Marce. El viento había levantado el césped sintético del patio y, sobre el estado de los baños, es mejor no emitir opinión.
Más tarde, atacamos la acequia seca, reconvertida en un estrecho sendero de treinta centímetros de ancho que bordea el abismo a cincuenta metros de altura. Un riesgo innecesario de correr, pero una postal digna de contemplar. Esa acequia, encargada de conducir el agua de vertiente, no debía estar seca: en algún tramo se había fracturado, perdiendo el recurso vital en lugar de abastecer a la escuela.
Al finalizar el sendero, empalmamos con el curso del río y lo vadeamos hasta dar con una imponente cascada. Allí, bajo un noble engaño, los hice parte de un ritual que sellaría su destino para siempre. Cuenta la antigua leyenda que a Jujuy siempre se vuelve, si en el cuenco de las manos agua del río se bebe. Por eso les pedí que tomaran agua entre sus manos mientras les recitaba estas palabras. Dice la sabiduría popular que este río posee virtudes místicas que te atan a esta provincia de manera ineludible. Por dentro, profundamente conmovido, me los imaginé adultos, bebiendo de estas mismas aguas y cumpliendo la profecía; tal vez recordándome cuando yo ya me encuentre decorando el Oriente Eterno.
De regreso, ayudamos a Rulo a reparar la acequia. Nos llenó el pecho de satisfacción ver cómo el agua recuperaba su cauce y bajaba hacia la escuela. Los niños tendrían agua —ni más, ni menos— y quizás nunca se enteren de que estuvieron a punto de perderla.
Regresamos a la tapera extenuados. Cenamos papas fritas a caballo y arroz con atún. En medio de la noche me enteré de que Bauti había aprobado un final de su carrera, una noticia que me alegro el corazón.
Durante la sobremesa, la risa cobró vida: Maco se divertía preguntándole a Rosi cómo hacía Santi —hombre de pocas palabras— para comunicarse con su amada, que es sordomuda y a quien solo ve una vez al año.
Sábado 25 de julio de 2026 – Día 5
Me despertó Rulo corriendo. No era tan temprano, quizá las nueve de la mañana. Los chicos, en cambio, aún dormían como lirones. Para hoy teníamos programado visitar la casa de Rulo y Rosi. El trayecto no es extenso —una hora aproximadamente—, pero resulta peligroso por la estrechez del sendero y la imponente altura que bordea la cornisa.
Me levanté y preparé el desayuno para Maco y para mí. Bauti duerme todo lo que puede y prefiere saltearse la primera comida del día. Preparé el capuchino mientras Maco untaba galletas de agua con un queso crema ya rancio por el calor. Es sabido que aquí no hay heladera y, por supuesto, hacía días que había perdido la cadena de frío. Lo cierto es que a ninguno de los dos nos preocupó el detalle.
El tiempo transcurría rápido y no había noticias de Rulo. Tampoco de Rosi ni de Santiago. Siendo las doce del mediodía, no puedo negar que evalué emprender la marcha por nuestros propios medios. Conozco bien el camino, pero prefería contar con más ojos para custodiar el paso de los chicos.
No mucho más tarde, Rulo hizo su aparición. Nos contó que había estado ayudando a Don Quispe a rastrear un vacuno perdido, aunque sin éxito. Inmediatamente después, se calzó a la espalda una mochila con dieciocho kilos de cordero y otros enseres, cargándola como si estuviera llena de aire. Nosotros llevábamos para compartir un vino en cartón y un dulce de batata.
Llegamos exhaustos. Bauti no daba más: los últimos metros del ascenso fueron letales para nuestros pulmones. La recompensa fue inmediata: la cocina humeaba mientras Rosi nos agasajaba con unas tortas fritas exquisitas y Santi nos ofrecía jugo de manzana para aplacar la sequía de nuestra boca.
Nos ofrecieron todo lo que poseen. No sé si es poco, muy poco o casi nada, pero nos entregaron su totalidad. No hay mesa, no hay sillas, la vajilla es escasa y los vasos piden el cambio; pero si algo les sobra es amor y generosidad para compartir. Nos atendieron de maravilla. Maco encontró una pelota que lo entretuvo un largo rato. Bauti rindiéndole honores al cordero, devoró hasta la última costilla. Santi comía más allá del hueso, allí donde ya no quedaba carne que roer. Yo, mientras tanto, contemplaba el paisaje más majestuoso del mundo.
Cuando el sol empezó a castigar con fuerza, Maco dejó de jugar con las piedras del suelo y Bauti ya se mostraba satisfecho. Luego de realizar un brindis con nuestros queridos amigos, nos recostamos sobre unos cueros de oveja para descansar a la sombra de las plantas que tanto ama Rosi. Santaolalla nos acunó con el sonido de sus zampoñas y charangos; el gato persiguió a cuanto bicho anduviera cerca y el gallo, despistado por un jet lag montañés, cantó fuera de hora. Fue una siesta memorable. Al despertar, Rosi le depilaba con pinza la incipiente barba a Rulo. Movilicé a los chicos, que tardaron en despabilarse, y nos dispusimos para el regreso. Saldríamos nosotros primero y ellos vendrían detrás.
En el camino nos cruzamos de nuevo con Don Quispe y su sobrino, quienes continuaban buscando al novillo. Utilizamos la radio para avisarle a Rulo que volvían a requerir su ayuda para la hazaña. Estaban machados —embriagados—, y en ese estado la proeza resultaría imposible.
Llegamos solos a la Tapera, merendamos y descansamos todo lo que el tiempo nos permitió. Santi cumplía años: según calcula, entre 48 y 52, pues no lo recuerda con exactitud. Abandonado por su madre desde pequeño, su padre hizo lo que pudo y vivió a los tumbos en distintos parajes. El único rincón donde conoció el calor de un hogar fue junto a Rulo y Rosi, quienes lo adoptaron como a un hijo. Para él, Rosi es sagrada como una madre, y más vale no atreverse a faltarle el respeto. Casi no conserva dentadura y jamás pisó un médico, ni pretende hacerlo. Refunfuña cada vez que Rosi lo obliga a bañarse —lo cual no sucede más de dos o tres veces al mes—. Tilcara le parece una ciudad abrumadora y por eso prefiere la quietud de los cerros. Con los chicos tardó en soltarse porque sentía vergüenza. Es el hombre más puro y primitivo del Durazno: dueño de una fuerza bruta, siempre hambriento y jamás cansado; siempre dispuesto al sí, daría la vida por cualquiera de nosotros. Amigos así son un tesoro que le deseo a cualquiera.
Mientras los chicos miraban una pelea de boxeo aprovechando la conectividad de Starlink, amasé unas pizzas en su honor. Rosi, entretanto, preparó un guiso para Don Quispe, que se había acercado a pedir un plato de comida. Más tarde, envueltos en una canción de fondo, sorprendimos a Santi con el Feliz cumpleaños y una tableta gigante de chocolate a modo de torta. La llama de una vela común iluminó su rostro para que pidiera sus tres deseos —tras obligarlo a hacerlo—. Ante nuestra insistencia, nos reveló el primero: su sueño era tener un armario donde guardar sus tres pilchas. Los chicos, impactados por la conmovedora sencillez de sus palabras y con un corazón enorme, tomaron nota y le prometieron cumplírselo.
Bauti preparó un Campari de proporciones letales al que supimos hacerle honor. Unas latitas de cerveza que teníamos guardadas sirvieron para brindar, y las golosinas coronaron la noche acompañando una partida de chinchón en la que Bauti arrasó.
Antes de ir a descansar, en la que sería nuestra última noche en los valles, los chicos dejaron notas escritas a mano donde profesaban su profunda gratitud hacia Rulo y Rosi. Tuve que disimular las lágrimas ante palabras tan bellas. El orgullo que sentí por ellos en ese instante me desbordó por completo.
Domingo 26 de julio de 2026 – Día 6
Otra dura jornada se alzaba ante nosotros. Desandar el camino de regreso a Tilcara por el mismo sendero es una prueba exigente. La ayuda de ir montados es inestimable, aunque no todo el trayecto se puede hacer a lomo de mula. Podría decirse que la proporción es un ochenta por ciento montado y un veinte a pie… ¡pero ¡qué veinte por ciento!
Teníamos todo coordinado para que Saúl nos aguardara a las dos de la tarde en Sobre la Puerta. Por ello, a las nueve y media de la mañana emprendimos la partida, dejando la tapera en pleno desorden; Rulo se encargaría más tarde de ordenar el caos. Antes de partir, pedimos con el debido respeto a la Pacha llegar sanos y salvos a destino. Rosi untó una mezcla de alcohol y ruda en la frente de caballos, mulas y burros para protegerlos del apunamiento, y nosotros tampoco quedamos fuera de su ritual.
Santi y Rulo harían todo el trayecto a pie. Nosotros y Rosi saldríamos montados hasta que el terreno lo impidiera. Cabalgar en una geografía tan peligrosa no es tarea sencilla, ni siquiera para las mulas. Apenas veinte minutos después de partir, Bauti cayó del caballo: el animal trastabilló y la escena transcurrió ante mis ojos en cámara lenta. Desde mi montura nada podía hacer, salvo contemplar con angustia de qué manera se las arreglaba para rodar hacia el lado del cerro y no hacia el barranco. Gracias a Dios, no fue más que un susto. El caballo se recuperó y a Bauti no le dio temor a seguir montando; de lo contrario, la caminata de regreso hubiera sido interminable.
El ascenso por el lecho del río, que obligatoriamente se realiza a pie, resulta letal. Luego de una semana de recorrer los cerros, pareciera que el cuerpo aún se resiste a acostumbrarse a la exigencia. Los chicos estaban exhaustos y la preocupación me invadió, pues los tramos a pie no admiten atajos ni alternativas. Los pedí levantar una apacheta y, en sagrado silencio, pedí fuerzas para ellos.
Avancé callado, intentando descifrar las miradas de los muchachos. Quizá no disfruté el paisaje de vuelta con las mismas ganas de otras veces por permanecer atento a su estado. El habitual «¿cuánto falta?» comenzó a repetirse con mayor frecuencia. Para colmo, el avío era escaso, casi inexistente: apenas nos quedaban unas pocas galletas de agua.
Un cóndor nos vigilaba desde las alturas. En vuelo rasante, trazaba círculos sobre nuestras cabezas hasta que se posó majestuoso en una roca. Probablemente custodiaba su presa, pues había decenas de ellos recortando el cielo —omitiré el número exacto, respetando el consejo ancestral que prohíbe contarlos para no tentar a la mala suerte—. Aquella ave no se inmutó ante nuestro paso cercano, regalándonos un espectáculo de despedida magnífico con el que la naturaleza nos distrajo del rigor de la marcha.
Continuamos a paso firme. Bordeamos la piedra saliente, esta vez sin el temor del viaje de ida; dejamos atrás el rancho de Doña Elba y, más adelante, Waira Huasi. Una hora después alcanzábamos por fin Sobre la Puerta… pero la camioneta de Saúl aún no estaba. Afortunadamente para Bauti, la gata que Rulo transportó en su mochila durante toda la travesía llegaba sana y salva.
Sin señal de celular, no quedaba más opción que aguardar. Nos entregamos a una merecida siesta y, a lo lejos, divisamos finalmente un vehículo. Gracias a Dios era él, y traía consigo papas fritas y gaseosas: un auténtico banquete en medio de la nada. La pequeña Sofi apareció detrás de nosotros junto a Nilda y abrazó a los chicos con un afecto tan cálido como si los conociera de toda la vida.
Nos despedimos emotivamente de Rulo, de Santi y de los canes: Cabecita, Chiquito y Tisoc. Ellos debían emprender el retorno al Durazno para continuar con su vida cotidiana: arriar la hacienda, trabajar la tierra y ordenar la tapera. Maco se preguntaba con asombro de dónde sacaban las fuerzas para desandar lo caminado una vez más.
Alrededor de las cinco de la tarde arribamos al Hostal La Colorada. Solo entonces comprendimos que la ducha no era un mero placer, sino una necesidad imperiosa para el bien propio y ajeno, habiendo olvidado lo que era el aseo hasta el reencuentro con la civilización. La urgencia por el agua caliente fue tal que ni esperamos a que el termotanque tomara temperatura, e incluso falseamos la cerradura por el apuro de forzar la llave del departamento.
Ya vestidos de gringos, acicalados y perfumados, fuimos a comer hamburguesas al lado de la Parrilla Los Puestos. Maco vio un partido en la computadora sufriendo la derrota de su equipo. Para terminar, disfrutamos unos helados de Guapaletas, sintiéndonos casi como en casa.
Lunes 27 de julio de 2026 – Día 7
Me desperté temprano, como de costumbre, y le pegué el grito a Bauti para que se conectara a su clase de Culturas Latinoamericanas —o algo similar—, en la que logró meter un oportuno bocadillo haciendo alusión a que se encontraba en un territorio que encarnaba a la perfección los contenidos de la cátedra. Me duché y bajé a desayunar. Conversé un poco en cada mesa: los chicos me cargan porque dicen que no puedo evitar contarle a quien se cruce por qué estamos allí y cómo apadrinamos escuelas rurales a través de Siete Vueltas.
Una pareja que conocí esa mañana se disponía a viajar de Tilcara a Calilegua y, de pronto, reviví mi primer viaje evocando viejas anécdotas. De reojo, vi que Diego intentaba entablar comunicación con dos personas y noté en él cierta dificultad para entenderse, por lo que me acerqué a ofrecerle mi ayuda para traducir del inglés. Sin tapujo alguno, me respondió: «Gracias, pero son sordos, no gringos». No pude contener la risa y ellos, al captar la situación, nos acompañaron con carcajadas mudas y cálidas palmadas.
Llegado el mediodía, abordamos un taxi rumbo a Humahuaca. El conductor apenas cabía en su asiento y, por si fuera poco, llevaba de acompañante a su perro caniche. La mayoría de los taxistas tilcareños, como tantos otros en la región, coquean, y uno viaja indefectiblemente encapsulado porque jamás abren las ventanillas. Su acuyico tenía el tamaño de una pelota de tenis y sus dientes verdes quedaban al descubierto ante el abultado cachete que le impedía cerrar la boca; razón por la cual Bauti perdía la batalla contra aquel aroma tan particular y se lo notaba visiblemente incómodo.
Lo primero que hicimos al arribar fue buscar el restaurante Pachamanka, recomendado por Diego, pero se encontraba curiosamente cerrado. Enfilando por las calles empedradas, dimos con El Cabildo y allí decidimos almorzar. Pedimos asado y entraña: Bauti disfrutó de una ensalada rusa con mayonesa de apio que lo fascinó, mientras que a Maco y a mí nos conquistaron las empanadas.
El almuerzo estuvo acompañado por músicos que recorrieron un repertorio típico norteño repleto de coplas, zambas, taquiraris y carnavalitos. A pedido mío, tuvieron la generosidad de interpretar Guanuqueando, y fue en ese preciso instante cuando no pude contener la emoción. Esa canción me transporta de inmediato a mis valles queridos, el rincón que hoy considero mi lugar en el mundo: no donde pretendo vivir, pero sí donde anhelo refugiarme y reencontrarme conmigo mismo; ese sitio donde me vuelvo más primitivo y donde siento que mi esencia queda expuesta a flor de piel. Los chicos no compartieron la misma emoción por la zamba, pero sí se conmovieron al ver caer mis lágrimas… aunque hoy me atrevo a decir que aquel sentir ya les empieza a calar por pura transmisión.
Recorrimos las callecitas de Humahuaca, su plaza, la iglesia, el Monumento a la Independencia con sus escalinatas infinitas y sus alrededores. El pueblo posee, sin dudas, un misticismo especial. Un niño —de quien no recuerdo el nombre, pero sí sus cuatro años— nos regaló una copla. Su tía lo observaba sentada a la distancia, aguardando una moneda a cambio. La indignación no pudo más que el peso de ser parte del sistema y colaboramos con la causa: el pequeño corrió a entregarle el dinero a su tía, quien apenas despegó la vista de su teléfono para devolvernos un «gracias» lejano.
Elegí regalarle a Maco la camiseta de Gimnasia de Jujuy, dado que es fanático del fútbol y colecciona casacas. Por mi parte, compré un libro de Toco Zuleta, de quien me estoy volviendo devoto, pues posee una pluma sublime para retratar esos caminos que me atrapan entre fábulas y leyendas.
Acaso no nos creería quien no lo vivió, pero en cada esquina la melodía de Guanuqueando nos persiguió por el resto de la jornada. ¿Qué magnetismo mágico encierra esa canción para escoltarnos a donde quiera que vayamos? Desde las entrañas de cada restaurante salía a cortarnos el paso, obligándonos a mirarnos entre nosotros diciendo: «No puede ser, parece hecho a propósito».
Retornamos a Tilcara al caer la tarde. Descansamos un momento para luego ir a cenar a El Nuevo Progreso, un rincón gourmet de excelentes referencias del que ya nos consideramos habitués. Su dueño es todo un personaje: un bohemio, un hippie, o tal vez solo un gringo lo suficientemente astuto para enamorar con su estilo descontracturado y su alta cocina.
Los chicos se animaron a la propuesta sofisticada, no sin antes arremeter contra la panera y batirse en un desafío de picantes. El ají locoto encendió el rostro de Maco, quien subestimó el fuego escondido en su interior. Los platos, verdaderamente, resultaron manjares memorables.
El dueño nos obsequió una copa de vino al descubrir quiénes éramos —aquellos padrinos de los cerros— y tuvo palabras sumamente cálidas para conmigo. La cena transcurrió entre charlas profundas sobre la travesía y un balance honesto entre las expectativas previas y la dura realidad del territorio.
Nos desearon un pronto regreso con un efusivo abrazo de despedida. Como recuerdo, nos llevamos el dibujo en crayón confeccionado por el propio dueño, quien apela a sus dotes artísticas y evasoras para crear una obra a modo de comprobante fiscal: en él se distinguían con claridad el bife que comimos Maco y yo, el cordero de Bauti, el panqueque de postre y la limonada.
Volvimos al hostal extenuados; las piernas aún acusaban el rigor del descenso de los cerros. Al pasar, Bauti divisó grafiteada en una pared la frase: «Prendido a la magia de los caminos», estrofa de Atahualpa que llevo grabada con orgullo en mi brazo. Una coincidencia formidable que nos dejó, a todos, en absoluto asombro por la casualidad.
Martes 28 de julio de 2026 – Día 8
Bajé a desayunar temprano. Una señora que aparentemente había oído hablar de la labor filantrópica que desarrollamos en la zona me propuso compartir la mesa; acepté sin dudarlo. Le relaté con detalle cada inquietud que manifestó y, poco después, Maco se sumó a la conversación. Tanto él como el hijo de la mujer compartían la pasión por el fútbol: nos contó que su hijo es arquero y que ha atajado en varios países de América. La charla pasó de amena a intensa, por lo que decidimos darle fin apelando a una piadosa excusa.
Casi al mediodía, abordamos un taxi para visitar Purmamarca. Media hora de viaje nos trasladó a un poblado distinto a Tilcara. Quizá sea este el pueblo más pintoresco y prolijo, el que ostenta la plaza más hermosa según algunos y el que tiene de fondo el imponente Cerro de los Siete Colores; pero no es el más autóctono. Es bello, sí, aunque se percibe más como una escenografía que como un espacio donde viva el común de la gente. El quebradeño autóctono habita en Tilcara, en Humahuaca, en Maimará, en Volcán… no tanto en Purma.
Recorrimos los puestos de artesanías, las callejuelas y la plaza, donde incluso nos cruzamos con Nilda Gregorio vendiendo sus tejidos. Almorzamos en una parrilla ubicada en un pequeño paseo a cielo abierto. Pedimos carne, como de costumbre, y tuvimos la dicha de escuchar una vez más Guanuqueando. Podría jurar que solo nosotros tres conocíamos la letra: a la gente le agrada al escucharla, pero pocos la sienten, a esta altura, como nosotros.
El camarero, de suma amabilidad, nos ayudó a concretar la excursión hacia las Salinas Grandes. Los chicos no las conocían y me parecía una valiosa oportunidad para que contemplaran la Puna y comprendieran sus contrastes con la Quebrada, los Valles y las Yungas.
Atravesamos la Cuesta de Lipán en una hora y media a bordo de un vehículo que, para mi gusto, marchaba demasiado rápido. Lo cierto es que, al tratarse de un camino de herradura que supera los 4.300 metros sobre el nivel del mar, cuanto menos se demore en cruzarlo, mejor se esquiva el apunamiento.
Un guía de pocas palabras nos brindó escasas explicaciones sobre la formación de semejante desierto de sal. El viento helado impedía oírlo y nos hacía zumbar los oídos. Nos tomamos cuantas fotografías pudimos, incluidas todas aquellas postales trilladas que solemos juzgar cuando las contemplamos en ajenos.
El azote del viento nos dejó extenuados. Emprendimos el regreso a Tilcara. Esta vez nos detuvimos en la plaza chica, al pie de la iglesia, no para rezar sino para regalarnos un café literario. Yo elegí un submarino y los chicos tostadas con palta: poco a poco retornábamos a nuestras costumbres urbanas. Adquirí mi segundo libro del viaje y nos entregamos al descanso hasta la hora de la cena.
La intención inicial era conocer Bien Me Sabe, pero no tuvimos suerte: la demora era tanta como nuestro apetito. Nos cruzamos entonces a La Picadita, arremetimos contra la panera como de costumbre y compramos gaseosas en un kiosco cercano para ir contra el sistema que desean imponer, ingresándolas al restaurante con previa autorización. Allí la conversación giró hacia el valor de la amistad y el amor en general. La brecha generacional y las distintas personalidades nos dejaron al desnudo: resulta increíble todo lo que se puede aprender de los más jóvenes.
Bauti nos confesó entonces un sentimiento que había pasado inadvertido para nosotros. Reveló que, tras la dura caminata hacia El Durazno, estuvo a punto de claudicar y pedir el regreso, si no hubiese sido por la cordialidad y el afecto entrañable que le brindaron Rosi y Rulo en ese primer almuerzo. Luego de aquel momento compartido, comprendió que no debía dar marcha atrás, sino intentar abrazar una experiencia nueva y desafiante. Valoré profundamente su templanza para no manifestarlo en aquel momento; de lo contrario, esta bitácora habría concluido de forma prematura y mi penar por haber querido mostrarle esos rumbos habría sido eterno. Gracias a Dios no fue así, y él mismo sentenció: «Por suerte no dije nada». Y aquí estamos.
El cansancio acumulado nos devolvió al hostal. El caótico desorden de la habitación me abrumaba la vista: no lograba comprender cómo Maco había utilizado cuatro camas distintas para dormir. Al interrogarlo, adujo que no tenía intención alguna de rehacer las sábanas y por eso «bautizaba» una nueva cada noche. Tampoco logré descifrar por qué Bauti prefirió dormir siempre en el sillón.
Miércoles 29 de julio de 2026 – Día 9
El regreso a casa se avecinaba. Los chicos sentían la típica ansiedad por llegar y reencontrarse con las comodidades de las que gozan en su día a día. Nos había quedado pendiente hacer algunas compras de último momento por lo que, ni bien Bauti concluyó su clase virtual, salimos a cumplir el cometido, no sin antes armar los bolsos. Esta caótica tarea me demandó media mañana y toda mi paciencia.
Los puestos de la plaza y del mercado tienen algo en común: el colorido resalta sobre un paisaje dominado por los tonos tierra. Son matices vivos que configuran un ambiente muy especial. Los vendedores, por su parte, no se desviven por vender: si usted quiere compra, y si no, sigue su camino. Saben que la mayoría pasea y no gasta un centavo; de allí que suelan atender desde la comodidad de su silla o, incluso, ni siquiera estén en el puesto, acercándose solo cuando ven «cogotear» al cliente a punto de marcharse al puesto de al lado.
Rosi nos facilitó la tarea indicándonos dónde comprar. Lo más práctico resultó separarnos para que cada uno se encargara de los suyos. También adquirimos presentes para nuestros queridos amigos lugareños. Rosi prefirió un buzo abrigado en lugar del perfume que le habíamos prometido. En cambio, su hermana Zulema, que andaba por allí, sí lo aceptó con mucho gusto, aclarando que no lo usaría para que no se le gastara. Bauti acompañó a Axel a elegir unas zapatillas y, de ese modo, dimos por resueltas las compras.
Se hizo el mediodía y el hambre dijo presente. Elegimos el parador El Chiringuito para cumplir nuestro último propósito en Tilcara. La familia Gregorio ama las milanesas napolitanas que comen cada vez que viajamos: esto se ha transformado en un clásico o, más bien, en un verdadero ritual. No solo se trata de satisfacer el apetito del momento, sino que llevan otra para el resto de la familia y para el «avío» —o la vianda, como la llamaríamos los gringos—.
En la sobremesa, los más jóvenes recurrieron al teléfono; esta vez no para chequear redes sociales, sino para algo mucho más afín al entorno: un juego llamado Alquimia que permite combinar elementos primigenios del universo para crear estrellas, la tierra, al hombre… Me animo a pensar que el contacto profundo con la naturaleza había hecho su trabajo, por lo que no fue pura coincidencia que aquel juego los atrapase. Rosi, por su parte, prefirió hacer su propia alquimia combinando la cerveza que pidió con cuanta gaseosa hubiera sobre la mesa.
Luego, llegó el momento de la despedida. Los lazos forjados en esta semana eran profundos y, si bien la vuelta a casa era necesaria, ciertas emociones invadieron el instante, dejándonos un vacío inevitable tras tanto tiempo compartido.
—¿Cuándo vuelven? —preguntó Rosi.
—Yo, en dos meses —contesté.
—¿Y ustedes? —inquirió mirando a los chicos con rostro ansioso.
Al unísono respondieron: «No sabemos, pero vamos a volver. Además, hicimos una promesa», acotó Bauti. Debo confesar que la esperanza se adueñó de mi mente y pensé: al menos no fue un nunca.
Beto nos pasó a buscar a la hora estipulada y nos llevó dormitando hasta el aeropuerto. En el trayecto observaba a los turistas tomar fotografías a los cerros, maravillados ante tanta grandeza; lo que me hizo reflexionar sobre cómo, tan solo unos días atrás, nosotros los atravesábamos a pie, llegando allí donde el turista no llega. Después de todo, hay quienes se conforman con contemplar hasta donde les alcanza la vista, sin imaginar que, detrás de esas enormes montañas, hay gente, cultura, tradiciones, peligros… y más cerros.
Pasamos la inspección de equipaje sin poder evitar que Maco dejara parte de su cargamento de piedras de El Durazno, prohibidas por la policía aeroportuaria al considerarlas elementos contundentes. Tras el mal trago, aprovechamos para picar algo mientras aguardábamos el llamado a embarcar; momento que aproveché para volcar algunas líneas en esta bitácora.
Nunca deja de causarme curiosidad observar cómo se aglutina la gente para abordar el avión. Cada uno tiene su asiento asignado, hay lugar para todos y, aun así, volar despierta esa sensación de que todo puede fallar y de que hay que estar primero para anticiparse a cualquier contratiempo. Nosotros fuimos la excepción: jugaba River, Maco no quería desconectarse hasta el último segundo y la señal de Wi-Fi llegaba milagrosamente hasta la manga, por lo que hubiéramos subido últimos de no ser por una pareja mayor que desaceleraba el paso a cada avance nuestro. Parecía un juego de niños: los tres nos percatamos de la situación y aminoramos también la marcha. Aquella absurda competencia me llevó a preguntarles si deseaban abordar al final, a lo que respondieron que sí; y les cumplimos el deseo. ¿Cábala o manía? Quién sabe, pero por si las dudas decidimos dejarlos pasar y dar por terminado el juego.
Viajamos separados. El avión iba completo, por lo que no sé bien qué hizo cada uno durante el trayecto. A Maco lo tenía a la vista e intentó dormir; a Bauti, aun sin verlo, podría jurar que hizo lo mismo. Yo me dediqué a repasar las fotografías del viaje y a tomar anotaciones.
El vuelo resultó placentero, salvo por el mal humor de Maco al aterrizar al enterarse de la segunda derrota consecutiva de su equipo en el lapso de una semana.
Juani Grubi y su hija Luli nos aguardaban en Aeroparque para trasladarnos hasta Kansas de Pilar, donde nos reencontraríamos con la familia para cenar juntos y compartir las anécdotas que crearon esta bitácora.
-FIN-
Conclusiones
En la comodidad de mi hogar, tras haber transcurrido varios días desde nuestro regreso, recopilé mentalmente las respuestas que los chicos fueron dando a quienes les preguntaban sobre la experiencia vivida. Un patrón claro se repite en sus palabras: ambos coinciden en haber atravesado una vivencia increíble, aunque aclaran que pasará un tiempo antes de volver a emprender semejante travesía… y ahí reside la verdadera clave. En su interior, a ambos se les ha encendido la chispa sagrada de un proceso iniciático; ese despertar que solo provoca el viajar, descubriendo otras culturas, celebrando otras costumbres y entreverándose con el andar de otra gente tan argentina como ustedes.
No todas las vivencias nos permiten cosechar sus frutos en la inmediatez del regreso: hay ocasiones en las que se vuelve necesario madurar lo vivido. Con el paso del tiempo, sentirán que haber transitado esta odisea marcó un verdadero punto de inflexión en sus vidas.
Me atrevería a decir que cambiaron de héroe —al menos por lo que duró este viaje—. Sus referentes, los mismos que fascinan a cualquier joven, ya no son únicamente los hombres exitosos de las redes, de la música o del deporte. Estando allí, ese héroe cambió de traje: fue un nacido en los valles que los cuidó, que les hizo la vida más fácil, que les cocinó y les regaló el calor entrañable de un fuego; alguien que nunca se cansa, que parece no dormir y que siempre está bien dispuesto. Sé que, de aquí en adelante, jamás permitirán que alguien juzgue, desmerezca o se burle de un coya.
Me siento profundamente realizado. Cumplí un sueño. Les mostré otra realidad de un mismo país; les enseñé que allí la lucha es de igual a igual y contra uno mismo, como dice la canción. Comprobaron que, aun en estos tiempos, se puede vivir sin dinero si se sabe cómo autoabastecerse. También conocieron la amargura del desarraigo: hoy saben que, estando a tan solo dos mil kilómetros de casa, uno puede sentirse más lejos que en otro continente cubierto de comodidades.
Escucharon palabras en una lengua que alguna vez fue nuestra; comprendieron el respeto sagrado que le debemos a nuestra Pacha Mama y contemplaron cómo, para esos hombres y mujeres, esa devoción es inquebrantable. La belleza de lo simple está allí, aguardando a quien desee contemplarla. Habita en la naturaleza y en la inmensidad del cielo; la pueden ver en el vuelo majestuoso de un cóndor, en la geometría imponente de un cerro o en la silueta solitaria de un cardón. Y me gusta pensar que comprendieron la conexión mística que une a la música con el lugar.
Por último, solo me queda decir que las expectativas renacen en mí. Deseo de corazón que el embrujo de los cerros los haya hechizado para que sean ustedes quienes escriban, algún día, una próxima bitácora.
Por lo indomable del destino —y lamentablemente para mí—, quedará como un pendiente eterno que mis padres conozcan este rincón mágico. A ellos solo les quedará la imaginación como puente, y es justamente por eso por lo que me esfuerzo en volcar con tanto detalle cada una de mis sensaciones en esta bitácora.
Este viaje selló algo… no sé con precisión qué, pero lo hizo. Dentro de mucho tiempo, esta travesía se convertirá en un tesoro invaluable. De eso estoy seguro. Ya no recordarán el cansancio que impuso el sendero, las narices sangrantes, las caídas ni los labios agrietados por el clima hostil; pero les brotarán anécdotas y memorias que les servirán para convencerse de que una vez me hicieron inmensamente feliz acompañándome a mi lugar en el mundo: allí donde me gustaría que mis cenizas se confundan para siempre con el paisaje, donde el vuelo del cóndor no deja de embelesarme, donde el aroma a humo se transforma de manera alquímica en mi perfume favorito, donde me vuelvo primitivo… y en el único lugar donde podrán conocerme tal cual soy.
Si algún día no saben dónde encontrarme, búsquenme aisito nomás, davueltando.
Los amo.
Juan I. Varutti
