Viaje solidario a la provincia de Jujuy
26 de octubre de 2024 al 4 de noviembre de 2024
Contexto
La memoria del año anterior aún resuena con la certeza de un viaje que, una vez más, se grabó en el alma. Si bien cada expedición de Siete Vueltas es única y deja una huella distinta, el denominador común es la profunda satisfacción. Aquel grupo heterogéneo, con sus diversas edades y experiencias, demostró una convivencia ejemplar, donde la responsabilidad, el ingenio y la sensibilidad se entrelazaron para superar desafíos y alcanzar metas filantrópicas.
Los obstáculos, como aquella noche fatídica o las complicaciones con la instalación de antenas, se transformaron en lecciones valiosas, recordatorios de que el fracaso es una posibilidad y una oportunidad para crecer.
Para los veteranos, la pasión por la quebrada y los valles sigue intacta, un fuego que ninguna dificultad puede apagar. Con el recuerdo de cóndores planeando y coplas desafinadas, el equipo se prepara para una nueva travesía, sabiendo que la transformación es parte inherente de cada paso en esta tierra.
Este nuevo capítulo, sin embargo, se presenta con un anhelo particular: el de reunificar al grupo original. Es la oportunidad perfecta para volver a las raíces que dieron origen a las primeras aventuras, recuperar la esencia de esos primeros viajes y fortalecer el espíritu de este grupo de amigos. Esta vuelta a lo original no es solo un reencuentro, sino un recordatorio de que la fuerza de Siete Vueltas reside en la unidad y el propósito compartido.
Entre la Tierra y el Cielo
Sábado 26 de octubre: El inicio de la misión
La madrugada los encontró a las 3 AM marcando el inicio de una nueva odisea solidaria, y el Aeroparque de Buenos Aires fue el punto de encuentro.
El equipo, con la energía silenciosa de quienes saben que el propósito los guía, abordó el vuelo hacia San Salvador de Jujuy.
A las 6:50 AM, el avión besó la pista, y las puertas se abrieron a un aire diferente, mucho más puro y cargado de la promesa de un viaje distinto.
La espera por Timoteo les dio los primeros respiros de aire jujeño. Oriundo de Yuto, su sola presencia los anclaba a la realidad que venían a abrazar. La ruta hacia El Bananal se desplegó ante ellos, un tapiz de verdor exuberante que los valles de altura, a los que estaban acostumbrados, no podían ofrecer. La biodiversidad explotaba en cada curva, en contraste con la sobriedad de los paisajes que acostumbraban a ver.
El clima tropical, en un abrazo húmedo y cálido de las Yungas, los envolvió al llegar. La Escuela de El Bananal los recibió con la calidez de sus directivos. Recorrieron sus instalaciones, impecables y cargadas de un espíritu que los sorprendió: el guaraní, el segundo idioma del lugar.
Apenas media hora después, la antena Starlink se alzaba victoriosa. El aire vibró con un cálido festejo por un primer objetivo conquistado y, a través de esa recién nacida conexión, los primeros mensajes volaron a Buenos Aires.
Un desayuno de fiambres y gaseosa los recargó, mientras las risas y las anécdotas tejían la mañana. La ausencia de los niños, por ser sábado, dejaba una expectativa latente. El tiempo voló, y pronto Aldo, un rostro familiar que los esperaba en la terminal de micros de San Salvador, puso rumbo al hostal La Colorada. Pero antes, una parada esencial: el Hospital de Maimará, donde Siete Vueltas tenía un compromiso vital, el segundo latido de su cruzada solidaria.
Ya instalados en la calidez de Tilcara, sus angostas calles los invitaron a explorar, a almorzar y a aprovisionarse. El cansancio de la jornada les reclamó una siesta reparadora de dos horas, un lujo necesario. La tensión se apoderó de ellos cuando Jésica Pérez, su encargada de suministros, se hizo humo. Pero la noche la trajo de vuelta, la tarea cumplida, y con ella, el alivio que les permitió deleitarse con las sabrosas pastas en el entrañable restorán «Bien Me Sabe».
Domingo 27 de octubre: El camino y la conexión con la Pacha
A las 4:20 AM, el Hostal La Colorada se iluminó con la calidez de Sandra y Diego, sus anfitriones y pilares incondicionales de cada cruzada solidaria de Siete Vueltas. Contra todo horario, los esperaban con un desayuno potente, un ritual de energía para el camino que los aguardaba.
Las camionetas del Hospital de Maimará irrumpieron puntuales, cargadas no solo de donaciones; Rosana Gregorio y Natalia Robles se sumaban a su transporte.
Su destino, «Sobre la Puerta», exigía un paso intermedio. La escuela de Juana Palomo, conocida como Alonso, es parte de la extensa red apadrinada por la Asociación Civil. La directora, con ojos expectantes y una sonrisa de bienvenida, los recibió con mate humeante, té y tortafritas recién hechas, un bálsamo perfecto para los futuros caminantes. Entre anécdotas compartidas y peticiones de ayuda, dejaron las donaciones y, con ello, el tercer objetivo cumplido.
En Sobre la Puerta, la comunidad los esperaba, un reencuentro que el alma anhelaba. Su compromiso y lealtad se manifestaban en cada rostro. Entre la niebla matutina, los cargueros se perdían y reaparecían. Más de treinta de ellos se dejaron contar, dispuestos a poner su lomo y hacer el trabajo duro.
Los abrazos efusivos y las manifestaciones de cariño se convirtieron en el latido sensible del viaje. Ver a los niños después de seis meses era constatar la velocidad implacable del tiempo.
Burros y mulas, silenciosos guerreros del sendero, sentían ya el peso de sus cargas. Pero antes de emprender la marcha, un rito ancestral los unía a la tierra: rendir tributo y pedir permiso a la Pacha Mama, la Madre Tierra, para que su camino fuera bendecido y seguro.
Cinco horas y media después, la tapera los recibió. Los locales se habían adelantado para calentar agua y recibirlos como verdaderos huéspedes. Aunque la travesura del termotanque los privó del agua caliente, la ducha postergada no menoscabó el espíritu de los muchachos.
La noche se tiñó de camaradería con un animado juego de truco. Luego, el momento cumbre: la distribución de los regalos del amigo invisible. Cada obsequio, sentido y pensado, los sumió en una profunda sensibilización, un eco del amor que los rodeaba. Una picada generosa, acompañada de salchichas, selló el final de un día, cuyas agotadoras conversaciones en la cama se convirtieron en el último capítulo de una jornada memorable.
Lunes 28 de octubre: El reencuentro
Esa mañana, el sol tardó en asomar, un regalo bienvenido para reponer las energías gastadas en la caminata del día anterior. Aunque el sendero hacia la amada escuela de El Durazno ha sido recorrido innumerables veces, el paso de los años exige su tributo. Cada vez, necesitan más tiempo entre actividad y actividad para recargar fuerzas para encarar los senderos que tejen el camino. Sin embargo, al mediodía, la campana del recreo los encontró arribando a su lugar en el mundo.
Los niños, con esa inocencia que desarma el alma, los recibieron con abrazos cálidos y coplas vibrantes, interpretadas con una pureza conmovedora. Un cartel de bienvenida, confeccionado con esmero, y el aroma humeante de un cordero cocinado en horno de barro, los hicieron sentir como en casa. Las mujeres de la comunidad, con manos sabias, prepararon los típicos papines y ensaladas, mientras ellos, con latas de duraznos en almíbar, endulzaron el almuerzo.
La tarde se volcó a la camaradería en la cancha de fútbol. Un ajustado 5 a 4 a favor de los padrinos selló un partido que los dejó, literalmente, exhaustos por el resto del día.
Durante esas horas, los cargueros fueron llegando, y con ellos, el cuarto objetivo del viaje tomó forma. Las donaciones se distribuyeron en un ambiente de hermandad, sin contratiempos, con la paz y la armonía como telón de fondo, mientras los niños seguían regalándoles coplas inocentes y un suave adiós.
De vuelta en la Tapera, la tarde-noche encontró a Grubi inquieto y jocoso, su humor contagiando a Don Chabelo, quien reía de bromas que, sin entender del todo, apreciaba con inocente alegría. La conexión con la familia se hizo necesaria y conectaron la antena. La llovizna, una compañía habitual, los obligó a encender el fuego bajo una chapa, un refugio improvisado. Pizzas, acompañadas por Rulo y Rosi, fueron la cena. Un partido de truco, y un whisky sin hielo, cerraron la noche, marcada, según algunos, por ronquidos que desafiaban el descanso.
Martes 29 de octubre: El rito de compartir y los desafíos de la conectividad
A las 9 de la mañana, el humo de la fogata cobraba fuerza y vigor, una promesa que avivaba la ansiedad: las tortafritas que acompañarían el desayuno. La espera se extendió hasta las once, cuando Rosi, finalmente, apareció. Horas más tarde, las primeras visitas se hicieron presentes, sumándose a la vida de la Tapera.
Entre todos, prepararon un cordero. Cada mano sumó su aporte, proponiendo un almuerzo increíble en compañía de la gente del Durazno. La alegría se desbordó al celebrar el cumpleaños de la pequeña Mica, hija de Carina Robles, un momento de pura ternura.
Grubi, con una mezcla de desgano y curiosidad, se aventuró a probar la Querosilla, una planta autóctona de tallo duro, consumida por la comunidad para asentar la comida o como postre, sumergida en azúcar para contrarrestar su acidez. Los resultados fueron, para Grubi, los esperados: la experiencia no fue de su agrado, y sus efectos se sintieron de inmediato, provocando risas entre el grupo.
Más tarde, una misión los llevó al puesto sanitario, un enclave vital para la comunidad. Allí, repararon el panel solar que, con la inclemencia del tiempo, se vuelve inoperativo una y otra vez. Las tormentas también habían silenciado la conexión a internet de la antena de Arsat que habían instalado previamente. Era, sin duda, un desafío a resolver, una conexión vital que la distancia y la naturaleza les arrebatan constantemente.
Para la cena, Serhiy fue el designado, su misión: deleitarlos con papas fritas a caballo para los cuatro. Una espirituosa acompañó la sobremesa, calentando el cuerpo mientras intentaban descifrar el sentido de las leyes del Kybalión. La luz de la tapera comenzó a flaquear, y a diferencia de otras noches, a las 22:00, la jornada los encontró listos para el descanso.
Miércoles 30 de octubre: La restauración de la antena y la vuelta a lo primitivo
El día amaneció con Grubi al mando del desayuno, un ritual diario que marcaba el inicio de las actividades. Luego, la necesidad los impulsó a intentar recomponer la antena satelital del puesto sanitario. La tarea recayó en Juani con éxito, aunque sabían que el próximo viento fuerte podría devolverla al silencio. Esta realidad los obligaba a meditar en alternativas más robustas para asegurar la conectividad que el puesto demandaba con justa causa.
Con la tarea cumplida, emprendieron una caminata por los restos de la antigua casa de Rulo, las ruinas que alguna vez cobijaron su niñez. El viento y la lluvia, incansables escultores del tiempo, habían dejado poco de ella, solo el eco de dos plantas y un antiguo molino movido por animales. Rulo la evocaba como una infancia feliz, un sentimiento difícil de evaluar fuera del contexto cultural en el que se crió.
Grubi, con su espíritu libre, invitó al grupo a capturar la esencia de la libertad y el despojo material a través de la fotografía, una consigna que los conectaba con lo esencial.
Más tarde, bajo un sol pleno, Ale lideró un trekking que los llevaría a los cuatro a las entrañas del Río El Durazno. Fue una experiencia hermosa, no exenta de cierta complejidad. Aunque el cauce es angosto, las piedras, erosionadas por el agua, se volvían traicioneras bajo sus pies. El cruce del cauce helado fue un rito de purificación, un baño revitalizante y una oportunidad para inmortalizar el momento. Almorzaron en la orilla, protegidos por la sombra de nogales y manzanos, descubriendo rincones que solo habían vislumbrado desde la orilla opuesta.
De regreso, una siesta reconfortante los aguardaba, y luego, la preparación de leña para la noche. La lluvia amenazaba de nuevo, pero afortunadamente, solo quedó en eso. Serhiy amasó con destreza, Juani cocinó con pasión, mientras Primi y Sergio, el agente sanitario, se unían a la velada.
Jueves 31 de octubre: La batalla de las piedras y la vida en el corazón de los valles
Desayunados, su primera misión del día fue buscar leña para asar otro cordero. Aprovecharon la mañana para realizar mantenimiento esencial alrededor de la tapera, desmalezando las cercanías de la casa y el antiguo molino de agua. Para el no habituado, esta labor es agotadora, un verdadero desafío físico. El uso del machete, una mezcla de arte y ciencia transforma la tarea en un ejercicio de destreza o en una prueba de resistencia, según la experiencia de cada uno.
Rosana, Rulo y Johny se encargaron de asar el cordero con maestría. Santiago, amigo y peón de la familia, enfrentaba una tarea colosal: en el patio de la casa, unas piedras gigantes, de cientos de kilos, afloraban del suelo como puntas de icebergs. Su dureza era descomunal, y no quedaba más remedio que recurrir a la antigua usanza. Él, con paciencia ancestral, calentó esas rocas con fuego durante horas. La combinación del calor abrasador y el agua fría provocaba quiebres en la roca, facilitando su extracción. Cumpliendo el dicho de que «más vale maña que fuerza», la tarea fue concluida con un desgaste físico mínimo para Santiago, quien, en justa compensación, recibió su jornal y el dulce placer de repetir varias veces frutillas con dulce de leche, una pequeña victoria en medio de la gran labor.
Luego, la siesta fue un bálsamo para los padrinos, pero no para los incansables amigos del Durazno. Al despertar, se trasladaron a un corral cercano para observar y aprender de cerca cómo los lugareños labran la tierra y siembran papa, maíz y zapallo. Parecía que el cansancio jamás los rozaba, una lección de resiliencia.
La tarde transcurrió con una merienda compartida y la cena temprana fue con capeletinis reconfortantes. La noche se alargó entre el truco, la música y la camaradería, hasta que el día, por fin, llegó a su reposo.
Viernes 1 de noviembre: Expedición y despedida
Esa mañana, el ímpetu los hizo madrugar sin necesidad, impulsados por un impaciente deseo de explorar un nuevo paisaje en los alrededores de la tapera. Río arriba, caminaron cientos de metros, y allí, una revelación: alguien había construido un puente de troncos para cruzar el mismo río que el día anterior habían vadeado en otro punto. Lo cruzaron con una mezcla de desconfianza y asombro, pero el puente los soportó sin mostrar debilidad alguna. La orilla opuesta a la tapera se reveló como un mundo distinto en biodiversidad y con vegetación exuberante.
Grubi y Serhiy, eligiendo la serenidad, se quedaron en la playa, recostados entre las rocas, recibiendo la bendición de los rayos solares. Ale y Juani, quizás los más aventureros, ascendieron por un sendero en el cerro, teniendo un contacto cercano con cóndores que planeaban a escasa altura. La idea de que el grupo no se dispersara los hizo regresar a la playa aproximadamente una hora después.
De vuelta a la tapera, se detuvieron a visitar antiguas construcciones de piedra, vestigios de hogares que alguna vez cobijaron a las familias oriundas de aquel lugar. Aunque la maleza había ocupado su espacio, no fue difícil imaginar la vida que alguna vez fluyó entre esas paredes.
Por la noche, la parrilla les regaló pizzas una vez más. Luego, la vista se elevó para contemplar el firmamento a través del telescopio, en una noche abierta y de contrastes infinitos. Allí, detectar astros y presenciar la danza fugaz de las estrellas es algo habitual.
No muy tarde, con un brindis sincero y la melodía de la música, despidieron la última noche en El Durazno, un adiós cargado de gratitud y promesas silenciosas.
Sábado 2 de noviembre: El regreso apurado, la emergencia humana y el reencuentro con la civilización
A las siete y media, el desayuno se compartió con Chabelo, Rosana, Rulo y Santiago en un último momento de camaradería. Una hora después, las puertas de la tapera se cerraban, y el regreso se inició bajo la guía de Don Chabelo, conocido por ser el más rápido del condado. Viajar con él es sinónimo de batir récords en cada travesía. No se detiene por agua, ni por un almuerzo, ni para descansar, ni siquiera por una torcedura de tobillo; sencillamente, no se detiene. Así, tres horas y cincuenta minutos después, llegaban caminando a Sobre la Puerta. La velocidad del viaje había pasado factura a Rosi y los niños, quienes llegaron con el malestar del apunamiento, una presión en la cabeza que les recordó la exigencia del camino. Los cuatro hicieron una promesa: en el próximo viaje, el regreso sería más tranquilo, para disfrutar del paisaje y evitar la puna.
En Sobre la Puerta, la comunidad estaba reunida alrededor de un joven que, aparentemente, había sufrido un accidente. Estas situaciones son lamentablemente comunes en la zona, donde la falta de conocimientos en primeros auxilios se suma a la ausencia de energía y conectividad para solicitar ayuda de bomberos o defensa civil. El caso era grave: el joven parecía tener fracturas a causa de la caída de una mula, lo que lo inmovilizaba. Grubi lo asistió con sus limitados conocimientos médicos, le dejaron agua y emprendieron la bajada con la urgencia de pedir ayuda para su traslado. El pueblo más cercano, Huacalera, quedaba a unas tres horas en camioneta, una distancia que en esas circunstancias se sentía infinita.
La vuelta fue amena, aunque rápida en exceso. Grubi pilotaba la camioneta, y quienes viajaban en la caja padecieron las consecuencias de los rebotes del terreno, un recordatorio de la agreste geografía.
Llegaron a Tilcara al inicio de la tarde. Tras ubicar los bolsos, buscaron dónde almorzar. Encontraron un lugar cercano al hostal, donde la entraña con papas fritas y el helado de postre se convirtieron en un festín reparador.
El baño y una siesta prolongada fueron más que necesarios para recuperar un aspecto más «citadino». Se sentaron en el patio trasero, donde las primeras palabras de esta bitácora comenzaron a fluir bajo el sol que declinaba.
Por la noche, fueron agasajados en el Hospital de Maimará por el personal médico, directivo y auxiliar, con otro cordero al horno. Era el cuarto en pocos días, un símbolo de la generosidad local. Entre anécdotas del Durazno y charlas de hospital, cerraron un nuevo compromiso de asistencia para el próximo viaje, consolidando lazos de ayuda mutua. Entrada la noche, la relajación los encontró en una peña, acompañados por un buen vino, hasta que el cansancio los condujo al descanso.
Domingo 3 de noviembre: La feria humahuaqueña y la filosofía bajo el cielo tilcareño
El desayuno en el hostal, compartido con Sandra y Diego, marcó el inicio de un nuevo día. En colectivo, se dirigieron a Humahuaca, con la expectativa de visitar una feria que, en teoría, superaría a la tradicional y mil veces visitada feria de Tilcara. La experiencia, sin embargo, no fue la esperada. Puestos vacíos, desorden y una evidente falta de limpieza la describen a la perfección. Emplazada sobre antiguas vías de ferrocarril, les dejó un sabor agridulce. La plaza, sin embargo, era hermosa, y la gente se volvía expectante ante la inminente aparición del santo que regularmente emerge del campanario. Juani participó en un reportaje para un medio local, interesado en conocer las actividades de Siete Vueltas, un momento de difusión para su labor. El almuerzo transcurrió sin mayores incidentes, y regresaron en micro con la intención de comenzar a organizar los bolsos para el inminente regreso.
La cena los encontró de nuevo en «Bien Me Sabe». Posteriormente compartieron una copa de vino y una profunda charla filosófica con Diego, sentados bajo el impoluto cielo tilcareño en el patio del hostal con un cierre reflexivo.
Lunes 4 de noviembre: Imprevistos y la turbulencia del retorno
Después del desayuno, pusieron rumbo al mercado, donde realizaron compras de último momento, buscando presentes para el equipo que, desde Buenos Aires, les brindó su invaluable apoyo. La mañana se tornó tensa con la inexplicable desaparición de la billetera de Serhiy, una situación que los obligó a denunciar el extravío de sus documentos a pocas horas del vuelo. El trato en la comisaría de Tilcara fue deplorable, dejando un sabor amargo en la recta final del viaje.
Afortunadamente, horas después, la billetera reapareció entre la desorganización de su mochila, devolviéndole la sonrisa a todos, excepto a Grubi, quien no se sentía del todo bien y prefirió quedarse en la cama del hostal. La hora señalada los llevó en remis a Purmamarca, donde almorzaron, compraron regalos y disfrutaron de licuados bajo la sombra del añoso algarrobo que distingue al lugar.
Mientras tanto, los medios anunciaban decenas de vuelos suspendidos y retrasados. El que los trasladaría a Buenos Aires no sería la excepción, saliendo demorado dos horas. En el aeropuerto de Salta, entablaron una amena conversación con un grupo de amigos que los reunía la celebración de un cumpleaños, compartiendo anécdotas y recuerdos de sus respectivos viajes.
El vuelo llegó a destino sin más complicaciones, pero no sin una intensa turbulencia, un último recordatorio de que cada aventura, incluso la más solidaria, te sacude y te transforma antes de devolverte a la rutina del hogar.
Conclusión: El eco de los cerros en el alma
Al cerrar esta bitácora, las palabras apenas arañan la superficie de lo vivido. Cada paso en aquellas sendas, cada mirada compartida con los rostros de la comunidad, cada desafío superado, se graba en la memoria y en el alma de los viajeros que no intentan más que un viaje de autoconocimiento mientras pulen su piedra bruta practicando la filantropía.
Aquellos días, cargados del contacto con la Pacha Mama y la generosidad de sus habitantes, tejen una red invisible de afecto, sincera amistad y propósito. La misión fue cumplida, pero atrás se esconde una lección más profunda que no fue la de dar, sino la de recibir la sabiduría silenciosa de quienes habitan en armonía con lo esencial, despojados en lo absoluto de cosas materiales.
Regresaron con la piel curtida por el sol y el viento, y con el corazón ensanchado por la certeza de que, en cada pequeño gesto de conexión humana, reside la verdadera fuerza capaz de mover montañas.
El eco de la quebrada, los abrazos sinceros y la promesa de un retorno quedaron resonando, un recordatorio perpetuo de que la aventura más gratificante es aquella que se emprende con el alma despojada, dispuesta a ser transformada por la luz de la solidaridad.
