Viaje solidario a El Durazno, Provincia de Jujuy

13 de abril de 2024 al 21 de abril de 2024

Contexto

Siete Vueltas sigue creciendo dentro de un contexto complicado por la situación económica actual. Pese a estas adversidades, cada vez más personas acompañan y confían en este equipo de trabajo con espíritu solidario en la difícil tarea de modificar, al menos un poco, la realidad de las comunidades de los valles.

Al acercarse la fecha del viaje una profunda desazón invade al grupo. Los niños crecen y terminan sus estudios primarios. Las familias se ven en la obligación de acompañar responsablemente su ciclo escolar en otros puntos geográficos y esto provoca la posibilidad de encontrar el patio de la escuela diezmado a causa del obligado éxodo.

Las mujeres, aunque fértiles, no ven en el horizonte cercano la posibilidad de dar las buenas nuevas, por lo que podría resultar en un envejecimiento de la comunidad con pocas posibilidades de dar vuelta la pirámide. Culturalmente ninguna familia tiene más hijos de los que puede alimentar y abrigar, y si bien esto augura que las necesidades básicas de los menores estarán satisfechas, hace que la población disminuya de manera considerable.

Pese a lo susodicho, la ansiedad de viajar y cumplir nuevos objetivos se mantenía intacta. En travesías anteriores había surgido la posibilidad de incorporar al grupo de viajeros a aquellas personas que, desde las sombras, contribuyen asiduamente en lo económico, en lo administrativo y en lo práctico con el fin de que puedan vivir una experiencia gratificante y así visualizar, in situ, donde es que va el empeño puesto por ellos desde tan lejos.

El grupo, que nunca había estado tan nutrido, lo componen caras conocidas como la de Juani, Ale, Maru y Serhiy, y otras nuevas como la del presidente actual de la asociación, Grubi; Yanina quien habitualmente se encarga de suministrar productos de higiene personal; el “Uru”, que apoya con recursos económicos propios las acciones filantrópicas de esta asociación y Vanina, la “Doc.”, quien participa en los estatutos, pero que además manifiesta un particular interés en contribuir en el mejoramiento del puesto sanitario de El Durazno movilizada por su vocación. Desafortunadamente, y debido a un imprevisto de índole personal, Izzy debió suspender su viaje, y otros como Marcela, Rosana y Barbi apuntalan incansablemente desde el nivel del mar a los que pondrán el cuerpo una vez más, para poder cumplir un nuevo proyecto que tiene como premisa las siguientes metas: instalar una antena satelital que provea de internet a la escuela de El Durazno, hacer lo mismo en el puesto sanitario y abastecer de alimentos, productos de higiene, limpieza y vestimenta a toda la comunidad.

Una vez más, ocho viajeros se ponen al hombro cumplir todo aquello que soñaron durante las vísperas. La incertidumbre sobre las aptitudes físicas de los novatos, que en la montaña se manifiestan impredecibles, agregan un condimento extra a lo ya complejo del viaje. También, será una gran incógnita como se desarrollará la convivencia entre extraños dentro de un espacio reducido, pero de todos modos, confían en que estas incorporaciones serán nutritivas para el equipo.

Con un desborde de expectativas comienza el viaje. A continuación, los sucesos.

Sábado 13 de abril

              Para algunos es casi una rutina, para otros la primera vez. Los nervios y el horario del vuelo no dejan descansar profundamente a nadie. El horario de encuentro en el aeroparque se había fijado a las 3:00 am. Como los lugares de residencia son variados, acordaron previamente quienes se acercarían hasta allí de manera individual y quienes juntos. Este último, es el caso de los cuatro que los une el Acceso Norte que llegaron bajo la conducción de Nancy. Por supuesto, el “ruso” es quien los tiene acostumbrados a tener horarios propios y fue el último en arribar al aeropuerto.

                Una vez despachadas las mochilas y liberados de tanto equipaje restaba matar el tiempo que fijaba la hora de embarque en una mesa larga, donde circularon cafés y medialunas. Entre ellos existían conexiones individuales, pero no había un grupo amalgamado, siendo que hasta el momento nunca habían podido coincidir los ocho en un mismo encuentro.

                El vuelo transcurrió de manera tranquila, sin contratiempos y a horario. A las ocho de la mañana se encontraban negociando la tarifa de los taxis que los trasladarían hasta Tilcara. Grubi, como era de esperar, es quien se abalanzó al primer auto para ocupar el puesto de copiloto. Con argumentos que parecían creíbles manifestaba la incapacidad de poder ubicar su osamenta en las plazas traseras.

                Una hora y media después desensillaron en el Hostal La Colorada. Repartidos en cuatro habitaciones se acomodaban de la siguiente manera: Juani con Maru, Yanina con Vanina, el Uru con Ale y Grubi y Serhiy.

Apurados para investigar que rarezas encontrarían en el mercado, se pusieron en marcha nuevamente.

El mercado que caracteriza a esta pequeña ciudad tiene un sinfín de puestos en el que se puede encontrar casi de todo.

                Algunos aprovecharon para terminar de completar su equipo técnico de senderismo. Hay prendas nuevas y usadas a excelentes precios y es difícil soportar la tentación de no comprar algo. Otros apuntaron a las coloridas y sabrosísimas frutas de estación, mientras que Jésica Pérez, sobrina de Primitivo, ultimaba compras de víveres que garanticen la subsistencia de este grupo durante una semana. Diseminados en ese hormiguero estuvieron allí por más de una hora hasta que el hambre hizo notar su presencia. Habiendo dejado las bolsas de las compras en el hostal y luego de saludar casualmente a la señora intendenta de Tilcara, Sonia Pérez, tomaron una mesa en el clásico “A la Payla”. El menú: papines andinos con cheddar y panceta, y un popurrí de platos típicos del norte como son las empanadas, la cazuela de llama y el dulce de cayote.

Los perros callejeros que siempre terminan por ser parte del staff de todos los restoranes de la zona no podían faltar.

El día continuó con una visita al hospital para mantener una reunión con la directora del establecimiento, la doctora Laura Sánchez. El objetivo de esta era ultimar detalles logísticos como la hora, lugar de encuentro y datos de los choferes que llevarían al grupo hasta el final del camino vehicular. Allí se encontrarían alrededor de las ocho de la mañana con la comunidad y sus cargueros.

Una compra masiva de ruanas marcó la tarde en la plaza grande. Luego pasaron por el almacén de “Tommy” para comprar víveres que servirían de vianda de marcha durante la jornada de caminata hacia el Durazno. Todos compran de más y sus manos no dan abasto para agarrar bien todos los productos. Ellos saben que arriba, y cuando los antojos se manifiestan, no hay un quiosco cercano para vencerlos.

Tarde noche circuló el mate en el hostal. Luego del relax se ocuparon del armado de las mochilas. A las claras, estaba que todos llevaban vestimenta en exceso y que los cargueros lo padecerían en sus lomos. Es por ello, que se ordenó hacer aduana separando todo aquello que estuviera de más. La idea es ir con lo justo, ni de más, ni de menos. Esta tarea demandó bastante tiempo y se hizo la hora de la cena. Parte del grupo Salió en busca de unas pizzas de “El Cactus” para comerlas en compañía de Sandra, su esposo Reinaldo y su empleada Sonia en el comedor del Hostal. Los nervios y las pocas horas dormidas hasta el momento quitaban las ganas de salir a cenar por las calles de Tilcara.

Más tarde que temprano, fueron a sus cuartos para intentar dormir, o al menos, descansar las pocas horas que quedaban por delante hasta el momento del inicio de la travesía.

Domingo 14 de abril

A las cuatro de la madrugada ya estaban todos despiertos. El silencio se manifestaba dominante. En sus cabezas todos sabían bien que era el momento de la verdad. Las camionetas llegaron puntuales a las cinco. El grupo desayunó liviano junto con los choferes. Luego se cargaron las camionetas y partieron hacia Huacalera donde se sumaría el agente sanitario que actúa en reemplazo de Carlitos Mamani, Sergio Copa. Juani aprovechó para enviar un mensaje a su madre por su cumpleaños previendo que más adelante perdería la señal.

Dejaron Huacalera atrás y comenzaron a subir a través de un camino vehicular de ripio faldeando los cerros. El viaje es largo y el camino sinuoso. Las lluvias del mes anterior se encargaron de hacerlo casi intransitable y no cualquiera es capaz de manejar en esas condiciones.

Si bien estaba previsto hacer una parada de cordialidad en la escuela de Alonso, que se encuentra a mitad de camino, lamentablemente, y debido a estar divididos en tres vehículos, parte del grupo se desvió hacia ella y parte siguió viaje de manera involuntaria provocando un desafortunado desencuentro.

En la escuela los esperaba Juana Palomo y sus docentes. Ella es la directora actual del establecimiento y ex directora de la escuela del Durazno. Los niños estaban despiertos y ansiosos esperando a los padrinos y, luego de un amistoso intercambio, la cocinera hizo su rico aporte agasajándolos con un recientemente horneado bizcochuelo con dulce de leche que, a esa hora, asentaba de maravillas al estómago.

Preocupados por no estar juntos y sin conectividad decidieron seguir viaje al lugar que estaba estipulado para el encuentro con la comunidad. Una hora y media después, y con algunos copos de nieve pegando en el parabrisas, el grupo se reunificaba y reencontraba con la comunidad en un sitio denominado “Sobre la Puerta”.

Afectuosos y cálidos saludos, anécdotas, presentaciones y risas amenizaron el momento en que padrinos y comunidad se volvían a ver después de varios meses.

El equipo quería comenzar su caminata con rumbo al Durazno de inmediato mas no sin antes realizar una ofrenda a la pacha, como es debido. Este ritual lo hicieron con hojas de coca y pudieron transmitirle a la madre tierra las buenas intenciones de este viaje, donde cada uno expresó sentidas palabras que brotaron desde el corazón y que sensibilizaron hasta las lágrimas a muchos de ellos.

Posterior a la presentación de los primerizos padrinos a la comunidad salieron a pie a las 9:30. A los pocos metros ya se mostraba Grubi como el candidato a sufrir más caídas y resbalones. Para matar el tiempo, también fue él, quien contó al grupo que, si bien había viajado como copiloto en una de las camionetas durante tres horas y media y había mantenido nutridas charlas sobre mecánica automotriz con el chofer, no se percató que al mismo tiempo que se presentaba con cada integrante de la escuela de Alonso, también lo hacía nuevamente con el conductor, sin reparar qué era la misma persona con la que había estado viajando y conversando a su lado durante horas.

El día corría y el clima se volvía indescifrable. Abrigarse y desabrigarse es común a esas altitudes dependiendo de si se camina dentro o fuera de una nube. Esto hace que deba pararse en reiteradas ocasiones para quitarse o ponerse prendas.

Al borde del sendero y a unas horas de caminata se encuentra la casa de doña Elba. Esta es casi una parada obligada para todo trashumante y, obviamente, ante lo poco transitado que resulta el camino, ella, no desperdicia oportunidad de vender algún que otro quesito de cabra. No hace falta aclarar que se llevaron uno entre risas y chistes subidos de tono. Los durazneños son inocentes, pero disfrutan de la picantez del gringo y el más cómico del grupo aprovechó la situación para desplegar las alas de su espectáculo.

En la bajada al río se puso arduo el camino. Una llovizna molesta y piedras sueltas hacen que las rodillas acusen el impacto constante de las inútiles frenadas. Habiendo superado ese cansador momento el río se mostraba sin intención de dejarlos pasar. Chabelo, un viejo y querido amigo que ya se había adelantado, volvió al encuentro del grupo para poner sus animales a disposición para no tener que cruzar a pie por el rio helado y peligroso. Dos pobres mulas hicieron el trabajo de cruzar en tres oportunidades a uno por uno. Es digno de admiración el empeño que la comunidad pone en cuidar a los padrinos, ya que siempre están un paso adelante del peligro, sabiendo de antemano cuando deben ir al socorro.

La “puna” como la llaman ellos, o el apunamiento como dicen los gringos, comenzó a hacer mella en la cabeza de algunos viajeros, pero por suerte sus efectos no fueron tan graves como para evitar seguir adelante. Serhiy, con las rodillas muy doloridas, decidió montar para no atrasar al grupo tomando una decisión correcta. Todos llegaron simultánea y extremadamente agotados a las 16:30 a la casita que habitarían durante su estadía. La emoción de haber llegado produjo una vez más abrazos y lágrimas, dado que para la mayoría se trataba de un desafío personal inimaginable en el que el deseo era la única herramienta que los asistía.

El puesto sanitario que se encuentra a doscientos metros de allí les proveía la conexión necesaria para avisar a sus respectivas familias que habían arribado sanos y salvos a destino. Es menester aclarar que la antena satelital que aseguraba la conectividad dejaría de funcionar a los pocos días y es por ello por lo que debían ejecutar su reemplazo.

Don Primitivo, feliz por el reencuentro, los esperaba con agua caliente en el termotanque a leña. Suponía que alguna de las señoritas querría bañarse y no se equivocaba, tamién lo hizo con los varones.

La casa había estado desarmada varios meses. Pese al cansancio, no hubo más opción que poner manos a la obra y hacer que vuelva a parecer un hogar. El toque femenino fue fundamental y a las pocas horas, la tapera, ya merecía ser rebautizada.

Entre la caminata y acomodar el lugar ya no quedaban energías más que para cenar algo rápido y sencillo. Grubi, encargado de la cocina, deleitó al grupo con unos panchos mágicos. Era la segunda noche consecutiva que dormían poco, por lo que posteriormente a una sobremesa de café batido se dispusieron a dormir.

Lunes 15 de abril

Para algunos fue una noche reconfortante. Las mujeres durmieron cómodamente sobre camas con colchones y sábanas nuevas. Los hombres habían ocupado el salón grande. Pese a las mejoras realizadas respecto al reboque de las paredes, y contar con piso de cemento en vez de piso de tierra, este espacio no cuenta con mobiliario. Sin elección a la vista, no cabía otra posibilidad que la de acomodar colchones inflables sobre el húmedo y helado concreto. Lo peor fue que tres de los cinco amanecieron pinchados sin una gota de aire y, por ende, Juani, Serhiy y Ale pasaron una noche para el olvido.

A las siete y media de la mañana las mujeres ya estaban batiendo el café, cuyo aroma hizo despertar a los hombres. Una hora después se sumaban a la mesa compartiendo anécdotas de la demoledora noche. En vano y con poco remordimiento, fue que el ruso Tischenko, quien confesara haber realizado turbios movimientos de colchones con el fin de acapararse uno que, a simple vista, parecía mejor, pero que no lo fue.

La comunidad también amanece temprano. Desde lejos ya comenzaron a llegar las primeras visitas: Rulo, Rosi, Carina, Carlos y Primitivo. Su visita complace a los gringos y se los agasaja con un rico desayuno y sabrosas charlas. A tan solo un día de haber llegado ya se manifiestan caras de preocupación por la escasez de café, por lo que las mujeres comienzan a cranear un riguroso racionamiento, convirtiendo el suministro de este bien en tema de estado.

Los lugareños, siempre bien dispuestos a colaborar, parten hacia la escuela trasladando algunos bagajes técnicos, excepto Primi, que intentaba arreglar la ducha de la que no salía agua fría poniendo vaselina en sus comandos. Es en la escuela donde el grupo debía poner en marcha su primer objetivo: reemplazar la actual y obsoleta antena satelital por otra de mejor performance que asegurara la conectividad a través de internet, al menos, por un año.

El grupo recorre las cercanías de la finca porque la idea es mover y aflojar las entumecidas piernas cansadas de la caminata del día anterior. El viejo molino de agua es la primera parada. Todo se encuentra tal cual lo dejaron Juani y Ale en su último viaje. El lugar es hermoso y se encuentra en perfecto estado de conservación. Seis o siete vasijas, en las que se preparaba la Chicha, adornan el histórico lugar. A lo lejos se escucha la fuerza del río. Tan solo cien metros los separaban de él, pero habida cuenta de lo que restaba caminar hasta llegar a la escuela decidieron fijar rumbo a su objetivo.

Arribaron a la escuela nro. 351, José María Fascio a las 11:30 acompañados por Rosi. Luego de meses de organización llegaron agotados por la última trepada al establecimiento que educa y alberga a los niños de los valles cercanos.

El primer momento emotivo les sacudía las entrañas. Grubi, se ofrece como voluntario para izar el pabellón nacional. Es un majestuoso escenario, donde la bandera argentina flamea al viento coronada por imponente cerros y suenan simultáneamente las bellas estrofas del “Aurora”. Solo seis niños le dan alegría a esa escuela. No hay más. Su sonrisa y su inocencia calan profundo en los primeros y afectuosos saludos.

La primera sorpresa quedaba expuesta. La directora Violeta Flores no estaba entre las filas del cuerpo docente. Era la primera vez que un directivo no recibía a los padrinos. En el anterior viaje y durante los meses precedentes a este se habían tensado las relaciones con esta mujer. A decir verdad, no se tomaba a bien la llegada de los visitantes. Hizo cuanto pudo pudo para no colaborar en conseguir los permisos de ingreso a la escuela. No importa que donaciones trajesen, que mejoras consigan para la escuela, lo que ella no desea es ver alterada su rutina, o que alguien pueda objetar su trabajo. Es conocida por prohibir el ingreso incluso a exdirectores y exmaestros e incapaz de ofrecer un vaso de agua a algún sediento viajero que pase por allí. En fin, para ella lo importante es cumplir con el tiempo necesario para jubilarse en una escuela que, al ser rural y de difícil acceso, le asegura una jugosa recompensa. En ella no hay amor por los niños, su paso por la escuela, seguramente, será fugaz. Su misión solo se limita a cumplir el reglamento. Habiendo evitado el encuentro con los padrinos, a través del uso de una licencia, dejó a cargo al maestro Blas. Hombre de vocación y de gran corazón les ofreció una cálida bienvenida. Abrazos, risas y anécdotas con los niños acompañaron un básico desayuno de mate cocido y pan de ayer en donde los nuevos maestros se presentaron sin muchas palabras.

Llegado el mediodía la comunidad entera se hace presente. Es el día en que, también, se repartirán donaciones. El equipo se divide en dos tareas. Un grupo se encarga de desembalar y organizar la vestimenta, los alimentos y los elementos de higiene personal asegurándose de que todos los presentes puedan llevarse la misma cantidad y calidad de cosas, y el otro, pone manos a la obra en el reemplazo de la antena satelital.

Una gran cantidad de cosas quedan expuestas sobre el patio escolar. Allí se ve el esfuerzo de mucha gente que colabora con la asociación y que da hasta lo que carece. Pueden verse entusiasmadas a las mujeres mientras hurgan entre pilas de ropa buscando aquello que no podrán comprarse jamás. Un gran aplauso y agradecimiento pone fin a la jornada. Fotos delante de un cartel confeccionado por los docentes y abrazos dan cuenta de su felicidad.

Una bolsa que pertenecía a Siete Vueltas ha desaparecido entre el tumulto. Allí se encontraba un frasco de café que fue separado de entre las donaciones para ser llevado a la casa. Ese elixir debió ser custodiado en todo momento, pero no fue así. La distracción hizo que una mano equivocada se llevara esa bolsa por error o no error. Estas cosas suelen pasar, no es novedad. Vanina y Yanina ponen mano dura al respecto y agudizan la vista poniendo orden sobre caos. Juani da aviso en voz alta que la bolsa debe aparecer antes de que todos se marchen. Satisfactoriamente, la bolsa apareció y los adictos al café batido volvieron a sonreír. Pese a este, y otros pequeños incidentes como ver que algunos levantaron donaciones hasta para los familiares muertos, el grupo está satisfecho de ver como cada familia se retira con un bolsón que rebalsa de alimentos y otro de ropa y fue este, el justo momento, donde expresaban con algarabía que el primer objetivo había sido concretado.

Chabelo deleitó a todos con cordero cocinado al horno de barro. Felipa preparó ensaladas y papines. Sobre la mesa abunda la comida, pero falta el agua. No es costumbre beber mientras se come, porque para eso está la sopa que, ineludiblemente, todos deben tomar para finalizar el almuerzo.

La instalación de la antena se complicaba a cada minuto. Habiendo desconectado la actual y ya sin internet en la escuela esta quedaba aislada impidiendo realizar consultas técnicas con la empresa proveedora del servicio. El grupo repasó una y otra vez todos los parámetros de configuración y no hallaron el error que les impedía la conexión. El mal tiempo y la caída del sol obligaban a dejar el trabajo para el otro día. No había nada que hacer más que llegar al puesto sanitario, donde si había conexión, y comunicarse con la empresa de antenas para que los ayude a resolver este problema.

 Marcharon solos a la casa bajo la molestia constante de una llovizna que no daba respiro. A las 17:30 las mujeres preparaban la merienda. Juani y el ruso entablaban la intrincada comunicación desde el puesto sanitario con el soporte técnico.

La tarde noche llegó y todos se acercaron al puesto para conectarse con sus familias. Sergio, el agente sanitario, vivirá solo, sin agua y casi sin luz mientras esté destinado allí. Las baterías del panel solar tienen pocas horas de vida y con la primera sombra mueren hasta el día siguiente. Juani recibe un dato alentador. Una variable del módem esta mal cargada de fábrica y eso le renueva las esperanzas de poder dar conexión a la desconectada escuela.

Habiendo reparado uno de los módems vuelven hasta la casa con tres colchones prestados por el agente para reemplazar a aquellos inflables pinchados. El Uru en los doscientos metros que separan un lugar del otro manifiesta haber tenido un encuentro paranormal que lo hizo recitar un rosario de improperios. En la oscuridad todo asusta un poco más. A la luz de las linternas el caso quedó cerrado al ver que solo era un cariñoso perro que no buscaba más que calor humano.

La cena estuvo a cargo de Grubi y su ayudante Yanina. Fideos con salsa y queso fue el menú. Juani sigue metiendo manos en el módem que instalaría más adelante en el puesto sanitario. La idea es tenerlo arreglado y evitar así el mismo inconveniente que en la escuela.

Acordándose de la soledad en la que viven Sergio y Primi se les despacharon de manera urgente dos platos de “Mac and Cheese” a modo de delivery que fueron muy bien recibidos. La sobremesa fue muy divertida. Se repartieron chocolates y jugaron al “Uno”. Nadie entendió muy bien las reglas y eso lo hizo aún mejor. Algunos condimentos extras para el brindis hicieron una noche maravillosa.

Las chicas no pueden evitar sentirse limpias y recurren al baño fácil. Los hombres miran de reojo y esquivan cualquier posibilidad de higienizarse. La noche se termina a las 12:30 luego de un día que pareció interminable.

Martes 16 de abril

Bien temprano las mujeres ya tenían preparado el desayuno debido a la irrupción de Juani a las siete y media. El dulce de leche comienza a cobrar protagonismo y el pote ya acusa recibo. Los varones se arriman a la cocina felices y descansados, pese a los ronquidos de algunos, luego de haber dormido sobre colchones de goma espuma. Pareciera que todos durmieron bien. Con renovadas energías las mujeres encaran una jornada de limpieza profunda y los hombres se dirigen a la escuela nuevamente para terminar el trabajo de instalación.

Primitivo apoya con mano de obra al grupo. En su afán de colaborar comete el gravísimo error de dejar a la escuela sin luz luego de generar un gran corto circuito. La situación se agravaba aún más. Sin internet y ahora sin luz. El pañol donde se encontraban las baterías de los paneles estaba cerrado con llave y, obviamente, esa llave nunca aparecería. Horas después de un trabajo forzoso la puerta fue desarmada y pudieron acceder a su interior para poner en alto los interruptores que darían energía a la escuela nuevamente.

Siendo el mediodía, y con la antena sin instalar debido al corte, volvieron para la casa. Carlos y Carina Robles ponían al calor de las brasas otro cordero recién faenado. Esa es la forma que tienen de agasajar a los visitantes. Lo hacen con profundo amor y esperan ese momento de compartir.

Alrededor de las cuatro de la tarde estuvieron todos sentados a la mesa para almorzar. Las achuras y las papas también tuvieron presencia sobre la tabla de cortar. Natalia Robles, su hija, comentó sobre el bullying que reciben los niños de los valles en las escuelas de Tilcara y manifiesta, sin mucha pena en su decir, que no tiene ni tampoco necesita tener amigos.

La merienda fue compartida. Juani le hizo probar a Carlos el té con un chorrito de vino tinto y le encantó. Esta antigua tradición fue heredada de sus abuelos paternos venidos de Italia y parece que colonizará los valles de las Ánimas de donde es oriundo don Cachagua y su familia.

El hedor masculino fue in crescendo y bañarse fue tarea inevitable. Las brasas del fogón alimentaron el termotanque a leña y uno a uno fueron pasando los ocho por la bendición del agua. El aroma de la casa felizmente cambió y se parecieron un poco más a personas de ciudad.

Vanina y Grubi mantuvieron una charla personal con Carina y la aconsejaron en distintos aspectos médicos y legales. El ruso amasó pizzas, la casa se fue colmando de visitas y, de repente, media comunidad estaba en la tapera a la hora de la cena. Donde se vea un fuego prendido los podrán encontrar listos para compartir la velada. No importa el clima, ni la oscuridad de la noche, ni el peligro del camino.

Juani y Ale estuvieron al mando de la parrilla. Entre los comensales se encontraban Blas, que nunca para de hablar, Felipa, Chabelo, Carina, Carlos, Natalia y la tropa propia. Fue una larga y hermosa cena, donde todos pudieron conocerse un poco más. Las mujeres se encargaron de lavar los platos y, atinadamente, Maru se encargó de poner fin a la visita para recobrar un poco de paz e initmidad.

A esta altura los chocolates ya se convirtieron en un clásico nocturno y hay quienes no pueden evitar obtener una doble ración. Todo esto es acompañado por alguna bebida espirituosa y por las delirantes ocurrencias de Grubi.

Miércoles 17 de abril

A las 7:30 estuvieron levantados. A las 8 todo estaban tomando el habitual desayuno y los hombres se dirigieron al puesto con el objetivo de realizar una instalación provisoria de la segunda antena que reemplazaría la actual. La idea era evitar que suceda lo mismo que en la escuela. Tenían que asegurarse que captara señal antes de desconectar la que les permitía, al menos hasta el momento, la conexión con el soporte técnico emplazado en Buenos Aires. Las mujeres llegaron a la brevedad e hicieron entrega al agente sanitario de un chaleco de extricación en concepto de donación. La doctora se encargó de acompañar a los niños que llegaron desde la escuela a su consulta médica. Luego de una gran labor, suministró medicamentos y colaboró con el agente en tomar talla y peso de estos.

Culminada la jornada médica se trasladaron a la escuela una vez más. Esta vez lo hicieron acompañados de los niños que ejercen su función de guías de montaña. Las charlas son divertidas y les aportan llamativos datos sobre plantas que no deben tocarse y animales que pasan desapercibidos.

El tiempo se agotaba para dejar funcionando el internet. La escuela, habiendo recuperado el suministro de energía solar, con la nueva configuración de los equipos y con un dato de último momento aportado por la mesa de ayuda, se dispusieron a concretar el objetivo que les quitaba el sueño. Veinte minutos después el Uru gritaba animosamente que había visto en el módem destellar la luz que aseguraba la conexión. No llevó más de una hora dejar todo en condiciones. La alegría de Juani era notoria. Su preocupación por no haber podido conectar en los días previos lo tenían por demás preocupado, pero ahora sí podrían gritar: objetivo 2, ¡cumplido!

Felipa cocinó empanadas fritas de carne y queso. Algunos valientes se animaron a ponerle un poco del algo que ya a la vista era picante. Que decir luego de haberlo probado. Este fue uno de los causales de que pidan un poco de jugo para suavizar el asunto y no tener que esperar a la sopa para aplacar el picor.

Más relajados y luego de la sobremesa decidieron visitar la toma de agua y la cascada. El camino de acceso comienza en la huerta. Luego se debe sortear un alambrado que previene que los animales tengan acceso a ella. Este primer obstáculo puso en evidencia el cansancio que traían acumulado. Para poder llegar a la toma se debe transitar sobre una acequia y este símil sendero no es, justamente, para caminar. Su objetivo primordial es bajar agua desde un manantial hasta la huerta con ayuda de la gravedad. Por suerte, estaba en mantenimiento y se encontraba seca, Es por ello, que no hizo falta mojarse los pies y los 40 cm de “camino en forma da v” facilitaron la llegada. Por debajo de la acequia se encuentran enterrados los caños que abastecen de agua de consumo a la escuela, previo filtrado natural.

La toma de agua fue encontrada muy deteriorada. La última crecida destrozó el calicanto y lo dejó inoperable. Esto se traduce en que el agua que beben en la escuela no está filtrada y es posible que muchos de los problemas que oportunamente detectara Vanina en los niños estén relacionados con este asunto.

La marcha continuó durante 20 minutos más vadeando el río y jugando como niños a salpicarse con la lluvia que generan las piedras contra el agua, hasta dar con una gran cascada aterrazada.

Rulo no dejó de sostener el machete en ningún momento mientras esquivaban las rocas. A esa hora, y con un poco de sol, las serpientes se encuentran al acecho. Claro está que no pronunció palabra al respecto para no alarmar al grupo.

Luego de tomarse suficientes fotos, el agua de la cascada los reunió a todos para que cumplan con dos viejas tradiciones. Al unísono, y acompañados por una poesía, bebieron agua del río en el cuenco de sus manos. Dice la antigua leyenda que quien esto hiciera de seguro volverá a esas tierras. Una vez finalizado el rito, pusieron manos a la obra en construir, a la vera del río, una apacheta. Cada uno colocó con ambas manos, y a modo de tributo, una piedra encima de otra mientras pedía un deseo. Este cúmulo fue tomando forma de pirámide y allí quedo, inmóvil, y seguramente allí estará para siempre esperando que más manos lo hagan crecer.

Las nubes comenzaron a bajar y el fresco se sentía. Era hora de desandar el camino improvisado. Todo fue fácil hasta cruzar nuevamente un alambrado del que el Uru quedó literalmente colgado. Aproximadamente, hay 70 metros de altura y fue un momento de riesgo que evidentemente, curtidos por las distintas situaciones vividas hasta el momento, pasó desapercibido y la marcha continuó como si nada de gravedad hubiese sucedido.

Otra vez en la escuela, y sabiendo que no volverían en los sucesivos días a ella, no quedaba más que darles la última despedida a los niños y maestros y dedicarles una improvisada obra de títeres que resultó desopilante. Nadie entendió de que se trataba, pero Grubi se encargó de que salgan airosos de semejante papelón haciendo estallar de risas a todos los espectadores.

Abundaron los abrazos y besos con todo el personal. Las lágrimas que traviesamente se escapan al despedirse de los niños fueron los últimos movimientos del grupo antes de abandonar la escuela. Afortunadamente, la ausencia de la directora hizo que Blas despliegue su hospitalidad y los haga sentir como en casa.

Llegaron a la casa con llovizna y un clima fresco. Las mujeres pusieron en marcha la merienda a la cual fue invitado Primitivo. Una hora después la taza de él seguía intacta. Sus anécdotas e historias de vida y múltiples trabajos no le dan ni un segundo de respiro para darle un sorbo al té. Todos se quedaron maravillados con la vida de este hombre que parece haber hecho chicle el tiempo.

Unas tortillas y papas fritas a caballo fueron el menú gourmet de la cena. Grubi seguía al mando de la cocina, aunque cada vez pareciera contratar más ayudantes. Realmente estaban exquisitas. El más joven del grupo se retiró a dormir temprano, los demás se quedaron despiertos por varias horas más sosteniendo una acalorada discusión sobre distintos aspectos y perspectivas sobre el accionar de la asociación y su vínculo con la comunidad. La noche se empañaba de a poco y todo lo que fue risas se transformó en caras de disgusto. Más de uno habrá querido teletransportarse de inmediato a otro lugar, pero la convivencia era inevitable por unos cuantos días más. Alguien, con buen tino, hizo terminar la charla abruptamente y todos se fueron a dormir. En el cuarto de los hombres dos o tres pasaron del mal humor de la disputa a unas carcajadas incontrolables hasta que cayeron rendidos por el sueño.

Jueves 18 de abril

Se despertaron a la misma hora de siempre, pero el descanso no surtió efecto. Si bien el humor general del grupo demostraba una leve mejoría, se notaba a las claras que las cosas no habían quedado del todo bien luego de la discusión de la noche anterior.

Con pocas palabras se dirigieron al puesto sanitario para enviar mensajes y corroboraron de que el cambio de antena que quedaba pendiente parecía factible. En una estructura improvisada lograban captar fácilmente la señal del satélite. Obviamente, no podía quedar instalada de una manera tan rústica, por lo que dejaron el trabajo para después y salieron a pie con destino al cerro donde viven todos los Gregorio.

Como todos los años Rulo y Rosi los esperan a almorzar. El sendero que comunica el río y la casa muestra el deterioro sufrido por todos los caminos utilizados hasta el momento. La lluvia ha castigado terriblemente en los últimos tiempos a ese paraje. La huella de no más de 30 centímetros y al filo de un risco con doscientos metros por debajo parece desaparecer por momentos. En tres oportunidades debieron caminar de costado para poder atravesar un paso inexistente. Nunca había estado tan peligroso el camino. Esta situación tensaba los nervios y agravaba aún más lo crispado de la noche anterior. Allí, se demostraba que el compañerismo está por encima de cualquier mala circunstancia. Todos se ayudaron entre sí y brindaron una mano al otro para hacerlo sentir seguro.

En el camino se cruzaron a Martín Apaza y Zulema Gregorio. Ellos estaban yendo hacia la casa a fines de convidarlos con un cordero que llevaban como obsequio. Lamentablemente, estaban cruzados. Sin molestarse los saludaron y dijeron: “no importa, otro día”.

Alrededor de las doce llegaron a destino. Rosi estiraba tortafritas en su humilde y acogedora cocina. Sentada en un banquito estiraba la masa y avivaba un fuego que humeaba sobre el piso de tierra. Los hombres cortaron una picada mientras circulaba de mano en mano un mate con torongil. Rulo, por su parte, manejaba otro fuego más grande. Otro cordero chillaba sobre las brasas. A este, lo decoraban papas, cebollas y zapallos que resultaron deliciosos. Durante el almuerzo hubo charlas distendidas y les contaron sobre un proyecto de mudar su casa unos cuantos metros debido a que por las inclemencias del tiempo esa tierra se había vuelto inestable. El grupo se fue aflojando, aunque no del todo. Los locales se dieron cuenta de que algo sucedía, pero no hicieron comentario alguno y dieron como siempre lo mejor de sí para hacerles pasar un rato agradable.

Todos los años, el grupo le entrega a esta familia un obsequio debido a tan magna hospitalidad. Esta vez fue un parlante que no tardaron en hacer sonar. Con música de fondo y con duraznos en almíbar y tutucas de postre pasó el rato, pero nadie se va de esa casa sin primero tomar una siesta adormilado por la inmensidad de los cerros, por lo que dispusieron unos cueros de cordero sobre el suelo y cayeron algunos en un profundo sueño.

Siendo las dos de la tarde Rulo, auxiliar de la escuela, debía concurrir al trabajo y yendo por ese mismo camino complicado y peligroso tardó solo diez minutos en recorrer lo que ellos habían demorado casi una hora. Con largavistas en mano vieron despeñarse a un ternero por los mismos acantilados que horas antes habían caminado para llegar hasta allí. Increíblemente, el ternero resistió la caída y evitó de esa forma ser arreado por el vaqueano que lo conducía.

El camino de regreso no fue menos complicado. Otra vez había que tomar severas precauciones para no correr la misma suerte que el ternero. A Dios gracias, llegaron bien a destino. Merendaron y enseguida el ruso puso las manos en la masa. Con excedente de salsa y harina repetir pizzas era la mejor opción.

Juani y Ale encendieron un fuego que los tuvo a mal traer. La leña húmeda no encendía y la cocción los ponía en jaque. A los comensales se les sumaron nuevas visitas. Esta vez, y de entre las sombras, apareció Carlitos Mamani junto con el agente sanitario actual. Él tenía prohibidísimo acercarse al Durazno por parte de su jefa, la doctora Sánchez, pero evidentemente no pudo contenerse y viajó desde Tilcara hasta allí con el fin de compartir una amistosa noche.

Luego de pelear con el fuego y haber cenado más tarde que temprano se armó la ronda. La guitarra y los vientos de Carlitos acompañaron un fogón que demostraba que lo que faltaba para que esas llamas den calor era la música. Él desplegó todo su repertorio. Tímidamente fue tomando coraje y la voz le salió con más potencia. Iluminados por el fuego, solo se les veía a los improvisados y desafinados cantantes lo blanco de los ojos. Para algunos, ese es un momento único, es el momento del viaje. Cuando Carlos hizo soplar la quena para interpretar “Guanuqueando” los perros se quejaron. Aullaron sin parar con cada nota por lo que pararon de inmediato.

La noche se fue apagando y los agentes se retiraron al puesto sanitario. Los anfitriones siguieron en el fuego y Grubi los sorprendió con una hermosa voz afinada que imitaba a Fito Páez.

Cuando se apagó el último leño, se apagó la música. Es así como continuaron de tertulia en la cocina hasta altas horas de la noche. El grupo recobraba la alegría y el buen humor. La tormenta había pasado y la buena convivencia volvía a ser lo que distinguía a este grupo.

Viernes 19 de abril

El viernes 19 de abril comenzaba distinto. Todos durmieron más que de costumbre, quizás porque solo faltaban ejecutar pequeñas cosas y solo quedaba un objetivo por cumplir. El día había sido organizado desde Buenos Aires como “libre”. Pese a que Martín Apaza llegara alrededor de las siete de la mañana para traer el cordero que había quedado pendiente del día anterior todos durmieron hasta las ocho o nueve de la mañana.

El desayuno tomó color. Sobre la mesa había huevos revueltos y frutas. Terminado el banquete, los hombres fueron a continuar con el recambio de la antena en el puesto sanitario. Las mujeres se quedaron en la casa haciendo orden hasta reencontrarse pocas horas más tarde.

Mientras el ruso, el Uru y Juani continuaban con las tareas técnicas, los otros salieron de trekking con destino al antiguo cementerio. A simple vista, pero muy pequeños se los veía como recorrían las antiguas tumbas. A vuelo casi rasante un grupo incontable de cóndores les regaló un espectáculo formidable.

Los que quedaron en el puesto también tuvieron su recompensa. El último objetivo quedaba cumplido, el puesto tenía internet con la nueva antena. La alegría era enorme y una vez más se podía decir: “misión cumplida”.

Ale y Yani se pusieron al hombro la cocción del cordero que había traído Apaza. Alrededor de las cuatro y media de la tarde estaban sentados a la mesa dispuestos a almorzar. La demora se debió a lo mismo que la noche anterior, la leña estaba húmeda.

                Luego de hacer orden y limpieza en la casa, se dirigieron al río. Allí tomaron mates y construyeron apachetas que luego fueron destruidas en una guerra de piedras. Se tomaron fotos grupales y la tarde avanzó.

Terminado el momento de esparcimiento volvieron a la casa y en ella encontraron muchas visitas: María Abalos, Vilma, Zulema, Martín, su bebé y don Felipe. Compartieron charlas y repartieron los alimentos que sabían que no llegarían a consumir. Todos se fueron con las manos llenas, felices y agradecidos. Luego aconteció el momento de hacer un inventario y dejar todo más o menos acomodado siendo esta la última noche en el Durazno.

Para cenar, otra vez tortillas y cazuelas norteñas ya preparadas, que solo necesitaban ser calentadas. De postre, chocolates, golosinas, café y el mismo delirio de cada noche con Grubi quien les quitaba el aire de los pulmones con tanta risa a sus amigos con un show de sombras chinescas que jamás olvidarán.

Sábado 20 de abril

Un día agotador tenían por delante. A las seis y veinte todos estuvieron de pie ultimando detalles de embalado de las cosas que allí dejarían y de otras que indefectiblemente se llevarían consigo.

El primero en llegar fue don Chabelo, quien se hizo presente a las 6:30 de la mañana. Luego, llegó Rulo con sus mulas y sus cargueros y más tarde lo hicieron Carina y Carlitos Cachagua. Todos ellos estaban dispuestos a trasladarnos, montados, hasta los Amarillos. El horario de partida estaba estipulado a las ocho de la mañana, pero al momento, faltaban dos monturas para que todo el equipo pudiera salir ensillado. Es así, que parte del grupo comenzó el retorno y dos de ellos se quedaron en las cercanías de la casa a esperar los animales faltantes. No pasó mucho tiempo hasta que todo el grupo estuvo encolumnado. Pese a que los animales facilitan la vuelta no es posible montar, permanentemente, durante todo el recorrido. Grubi fue el único en tener un riesgoso episodio durante el regreso. El cayó de su montura deslizándose por las ancas del animal al no ver una rama de la que no pudo sostenerse. Sus casi dos metros de altura lo dejan expuesto al ramerío seco y espinoso una y otra vez. Pese al susto, podría decirse que fue solo una situación graciosa ya que solo sufrió algunos golpes.

El resto del viaje continuó sin sobresaltos. El río lo cruzaron a pie a través del puente que Siete Vueltas construyó con la ayuda de la comunidad años atrás. Es reconfortante ver que aún sigue en pie y que los temporales no lo han vencido. Si bien se lo ve sólido, no puede menospreciarse la fuerza de la naturaleza.

Una subida eterna en la que las mulas dejaron el alma fue el momento anterior a tomar un descanso. Pasaron por Comederito y Abra Lajita, lugar en el que almorzaron su vianda de marcha. La vista desde aquellos puntos geográficos es hipnotizante. Cóndores, águilas y precipicios hacen del lugar algo inimaginable.

Lo viajeros empezaban a mostrar los primeros signos de cansancio y hasta el momento no habían puesto un solo pie en la tierra. Las mulas estuvieron haciendo el trabajo difícil por ellos, aunque es innegable que el aferrarse a la montura con manos y piernas también en cansador.

La comunidad que los acompaña en el trayecto, por el contrario, va a pie, de punta a punta; eso sí es agotador. A pesar de ello, Rulo tuvo energía para ir a Abra Lajita nuevamente a buscar su teléfono celular que había quedado olvidado y volver a reincorporarse a la fila, como si nada hubiera pasado.

Con tan solo 630 hectopascales de presión, casi la mitad que a nivel del mar y llegando a los 4.365 metros de altura, punto más alto del camino, salieron a su encuentro Natalia y su perro, justo donde el camino se bifurca hacia las Ánimas. Más adelante lo hizo Jhonatan Axel Abraham, hijo de Rosi, quien solo hiciera semejante esfuerzo para poder saludar y acompañar a los padrinos en el último tercio del viaje.

En las apachetas dejaron sus respectivos tributos a modo de agradecimiento. No existe viaje que pasen por alto este hito. Si bien acompañando al sendero hay muchas apachetas, ninguna es tan alta y voluminosa como las dos que allí pueden observarse. También, este lugar coincide con la despedida de Carina y Carlitos, de Martín, a quien Grubi le regalara su campera, y de Chabelo. Este último, hombre de escasas palabras, pidió silencio para agradecer desde lo profundo de su corazón lo que esta asociación hacía por la comunidad. Todos quedaron sensibilizados, pero no había más que seguir adelante. Sin lugar a duda, fue este el momento más emotivo del viaje.

De ahí en más todo era bajada. Las monturas habían facilitado la subida, pero hacia abajo solo se puede hacer a pie. A priori, creería uno que comienza la parte fácil, pero a decir verdad nada tiene que ver esto con la realidad, por eso, los animales no permiten ser montados.

Una interminable bajada de casi tres horas fue la que dejara casi sin piernas al grupo. Las rodillas, que ya venían sentidas de tanto caminar en la semana, fueron el talón de Aquiles para la mayoría. Las piedras sueltas hacen imposible pisar firme y los pies se patinan para adelante. El peso propio más el de las mochilas agregan un factor extra que es demoledor. Con el correr de las horas ya nadie hablaba. A lo lejos se veían las camionetas que se encontraban estacionadas donde terminaba el camino. No podían acercarse ni un metro más. Ver el destino final a veces puede ser un aliciente porque permite enfocarse en una meta, pero el horizonte está más lejos de lo que uno intuye.

Sin mediar palabras y con el último aliento llegaron al punto de encuentro diez horas después de haber partido. El cansancio fue tal que no existe una foto del equipo entero habiendo arribado al destino. Casi de cabeza, entraron en las camionetas para sentir el alivio del asiento más mullido de los últimos siete días.

Una hora después Sandra los recibía una vez más en el Hostal La Colorada. Por supuesto, el primer y único plan viable fue que todos tomaran una, más que necesaria, ducha. Si bien las mujeres habían mantenido de manera incondicional su higiene personal, los hombres lo habían concretado una sola vez en la última semana.

Así llegó la última noche. Acicalados y perfumados salieron a cenar como cierre del viaje al restorán “Senador”. Este bello lugar ofrece comidas para todos los gustos con algunas reversiones norteñas. En la mesa se compartieron anécdotas y conclusiones del viaje. Hubo muchos brindis, pero uno fue especial. Después de las doce y siendo domingo, Yanina cumplía años, por lo que aprovecharon para agasajarla y cantarle el feliz cumpleaños.

Extremadamente cansados debido al desgaste físico realizado durante la demoledora jornada, volvieron al hostal para descansar cerca de la una de la madrugada.

Domingo 21 de abril

Hasta el momento no existió un día en que hubieran dormido tanto. Todos descansaron de maravillas en camas cómodas, abrigadas y, sobre todo, limpios.

Desayunaron y consumieron todo cuanto hubo en la mesa, incluso una hora después de haber terminado el turno correspondiente. Sandra repuso una y otra vez tostadas para que nadie se quede con hambre ni antojos. La ayuda que tanto ella como su familia ofrece a Siete Vueltas es inconmensurable y, además de bellas palabras de agradecimiento, el grupo les entregó un presente más que merecido.

Ya estando próximos a salir a dar una vuelta, se acercó Nilda Gregorio y su hija para saludar a los padrinos. Ellas querían agradecer personalmente las zapatillas técnicas de running que la asociación le había entregado. La joven durazneña las traía puestas y contaba que mágicamente al correr no sentía ni las piedras, “ventaja” que le hizo ganar la última maratón juvenil que se corrió en Tilcara.

 Cerca del mediodía y casi juntamente con el horario de cierre del mercado volvían al hostal cargados de bolsas de compra. Evidentemente, era casi imposible soportar la tentación de no comprar algo.

Habiéndose despedido de Sandra viajaron en dos remises a Purmamarca para agotar las últimas horas que le quedaban al viaje. Este lugar soñado escoltado por el cerro de siete colores es un lugar de ensueño. Su feria es más bella que la de Tilcara. Para caminar sin peso, un nuevo amigo les guardaba las mochilas en su hostal. Lo primero que hicieron fue almorzar y saludar nuevamente a Yanina por su cumpleaños, mediante un brindis.

Satisfechos, recorrieron innumerable cantidad de veces la plaza y sus puestos arrasando con todo a su paso, obligados, varios de ellos, a comprar bolsos extras para llevar los recuerdos que habían adquirido. Juani, por su parte aprovechó a dormir la siesta en un banco de la plaza. El Uru, fanático del fútbol e hincha de River, en vano buscaba ver el partido en cualquier pedacito de pantalla que encontrara por ahí con la esperanza de ver a su equipo revertir el resultado con su archirrival Boca Juniors.

Siendo las seis y cuarto de la tarde los dos remises previamente acordado, levantaban al grupo en la terminal de Purmamarca para llevarlos con destino al aeropuerto de Perico. Uno de los choferes que sostenía el volante con, apenas, tres dedos que contaba su mano, manejaba de manera intrépida e imprudente. En más de una oportunidad estuvo a punto de causar un accidente, pero pese a ello, arribaron al aeropuerto sanos y salvos.

El vuelo, demorado unos treinta minutos, transcurrió de manera placentera. Algunos durmieron, otros repasaron sus fotos y hubo quien no perdió oportunidad para hacer chistes descolocando a las azafatas.

Cerca de las doce de la noche llegaron al aeropuerto internacional de Ezeiza. Este grupo de amigos se saludó afectuosamente y se despidió luego de haber convivido los últimos nueve días en un magnífico y exitoso viaje solidario.

_FIN_

Conclusiones

Es imposible analizar todos los viajes con las mismas variables. Es recurrente que a cada vuelta uno termine diciendo: “Fue el mejor viaje de todos”. Lo cierto es que todos ellos se diferencian entre sí y, a decir verdad, no existió jamás un viaje malo. Al respecto, han coincidido todos en algo, sin dudas, ha sido el más divertido. El grupo, compuesto por gente de diversas edades y procedencias, ha dado lo mejor de sí para mantener una convivencia digna de reconocimiento. Todos aportaron algo para hacer de este un gran viaje. Las ocurrencias de Grubi, el orden y la hospitalidad aportados por las mujeres, la tranquilidad de Serhiy, la buena predisposición del Uru, la sensibilidad de Ale y la responsabilidad de Juani en el cumplimiento de los objetivos fueron granos de arena que hicieron que, una vez más, puedan sentirse orgullosos de pertenecer a esta asociación civil de fines filantrópicos.

La fatídica noche en que todo parecía derrumbarse fue clave para replantearse nuevos objetivos, nuevas formas de trabajo y para que cada uno pueda sacar las conclusiones que se ajusten más a la realidad. Los viajes transforman y, seguramente, habiendo pasado varios días desde esa acalorada discusión, nadie opinaría de la misma manera en que lo hizo aquella noche. Eso es lo bueno de viajar. Eso es lo bueno de hacer. Eso es lo bueno de equivocarse. A la vuelta, ya no son los mismos y, como dice la canción, nada es igual después de haber viajado. Tampoco habían estado jamás tan cerca de claudicar en los objetivos. La complicación en la instalación de las antenas les hizo sentir que el fracaso puede suceder y que deben prepararse mentalmente para ello.

El esfuerzo realizado por aquellos que viajaron por primera vez fue loable. No hubo quejas, ni dolores, primó en todo momento la buena predisposición y el buen humor y esto contribuyó de manera satisfactoria para que todos vivan una gran experiencia. Saber si el Durazno entró en ellos es imposible, pero seguramente ellos ya sienten la verdadera y única respuesta. Si volveremos como grupo a los valles, solo lo sabe Dios. Para los que viajan asiduamente nada cambió. El fuego está intacto. No hay contratiempo, ni directora, ni colchón que socave el deseo de volver. El trabajo durante el año y el cansancio del viaje valen la pena. Aquellos que saben que el vuelo de un cóndor les sigue erizando la piel, que saben que un canto desafinado en un fogón los seguirá conmoviendo no dudarán jamás que ese lugar tiene magia y que ellos ya fueron hechizados.

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“Mirá que el perrooo…..”

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