15 de abril del 2023 – 23 de abril del 2023
Contexto
Como toda gran aventura que uno está por emprender, incluso habiéndola vivido con anterioridad, no deja de ser una incógnita.
¿Los viajeros?: un entreverado grupo de cuatro personas de distintas edades y procedencias que se habían visto las caras en escasas oportunidades pero que tenían en común el profundo deseo de hacer algo por el prójimo, de conectar con las cosas simples y dejar huella en su paso por esta vida a veces tan apartada de lo sencillo, revuelta y complicada. Para ello iban a poner lo mejor de sí y de esa manera concretar el ansiado camino en el que se someterían a desafíos físicos de altísimo riesgo e intensidad y también a una profunda introspección espiritual, consecuencia casi inevitable en contacto con la naturaleza más pura y primitiva.
Estos cuatro osados llegaron al momento del viaje cansados y repletos de dudas: la coyuntura del país no acompañaba y la merma en los recursos económicos y humanos había provocado que se tomaran decisiones indeseables que eran estrictamente necesarias; pero el fin último era más grande que cualquier contratiempo y eso siguió empujándolos en el deseo de concretarlo.
La Fundación, paraguas institucional que cobija a los cuatro viajeros se vio en la obligación de dar de baja algunos proyectos y de postergar otros tantos, generando una profunda desazón en ellos y en todos los que aún sin viajar, seguían de cerca cada paso que se daba. Todos concluyeron que El Durazno y su comunidad siguen siendo la máxima prioridad para la Fundación y -de común acuerdo- decidieron que sería el único proyecto que no se daría de baja jamás. El compromiso con ellos sería ABSOLUTO e IRREVOCABLE. La magia y el encanto, casi un embrujo que rodea el lugar tiene un efecto poderoso sobre sus mentes y sus corazones; tan intenso que -con todas las complicaciones que conlleva apadrinarlo- les resulta inevitable visitarlo y vivirlo una y otra vez.
La Fundación Siete Vueltas había atravesado momentos duros desde el último viaje y por ello se vieron en la obligación de sumar “soldados” a sus filas. El trabajo era demasiado intenso para los pocos que venían poniendo tiempo y dedicación. Entre quienes no viajaban pero que -como mencionamos- seguían de cerca cada paso del equipo, estaban Marcela, Maru y Grubi. Ellos se encargaron de la administración y del respaldo social y legal de la Fundación, cuestiones sin las cuales nada de todo lo previsto podría llevarse a cabo.
El viaje en sí, entiéndase el trabajo de campo, se rearma con Juani y Ale, soldados experimentados en viajes y travesías, que ansían volver a esas tierras que los tienen prendados, como si se tratara del canto de las sirenas, desde que pusieron por primera vez sus pies en aquellos pagos, y se complementa con el Vasco Ezequiel “Izzy” Gainza y el ucraniano Serhiy Tischenko. El primer incorporado es músico, defensor de los animales, voluntarioso y con una fobia que lo pondría a prueba severa y reiteradamente a lo largo del viaje: el vértigo. El segundo, un joven con muchísimas ansias de progreso, sensible, divertido y muy apegado a su teléfono, situación que le demostraría lo inhóspito del lugar y que, también, lo retaría al desapego en varios momentos de la experiencia de la que estaba por ser partícipe.
Los objetivos que el equipo perseguía eran cuatro: reparar la conectividad de la escuela que hacía más de cuatro meses se encontraba interrumpida; instalar una antena satelital en el Puesto Sanitario de El Durazo, para darle así, por primera vez en su historia, conectividad con el Hospital de Tilcara y el mundo entero; entregar suministros (alimentos y artículos de higiene) a la comunidad y acondicionar el Puesto La Tapera para poder convertirla en base operativa de la Fundación en la renacida y rebautizada Finca 2 de Abril.
A continuación, los sucesos.

Sábado 15 de abril
Llegó el día. El vuelo salía muy temprano, casi de madrugada. Juani se reunió con Izzy en su casa y Serhiy hizo lo mismo con Ale en la suya. Alrededor de las 3:00 partieron los cuatro en la camioneta de Juani hacia el Aeropuerto de Ezeiza. Allí mismo, ya en “modo viaje”, compartieron cafés, tostados y donas, contando experiencias personales con el mero fin de hacer más amena la espera hasta la hora del embarque. Entre risas y anécdotas, vieron al actor Darío Lopilato esperando un vuelo e intensos pasajeros lo acosaban en busca de una foto.
Luego de un vuelo de lo más tranquilo y sin mediar inconveniente llegaron a las 8:30 a San Salvador de Jujuy, donde los estaba esperando Marcelo, el marido (o exmarido según algunas versiones) de María, la directora de la Escuela de El Durazno para llevarlos a Tilcara. El viaje no demoraría más de 1 hora y 45 minutos y si bien tuvieron que apretarse un poco, el tránsito fue fluido y se hizo placentero y divertido. Las diversas formaciones rocosas dibujaban siluetas esbeltas en el paisaje producto del paso del tiempo, el viento y el agua, tal como se admira en todos los cerros de la Quebrada de Humahuaca. Al llegar a Tilcara se despidieron de Marcelo, quien no quiso aceptar nada por el viaje, pero de cualquier manera se juntó un dinero para compensar, al menos de manera simbólica.
Arribaron al Hostal La Colorada. Allí como siempre los esperaba Sandra con su envidiable tranquilidad y extrema amabilidad. Este hostal es parte fundamental de la logística de las donaciones ya que allí se consolidan y albergan hasta que el equipo pueda trasladarlas hasta El Durazno. Rápidamente los cuatro dejaron allí sus mochilas y se dirigieron al mercado. Este colorido y variopinto lugar amalgama a compradores y vendedores, turistas y locales; y se diferencia de los puestos de compras ubicados en la Plaza Grande, donde sólo se ven “gringos” en busca de productos regionales.

En el Mercado compraron varios de los elementos necesarios para el ascenso: ungüentos para labios, tutucas extra-dulces y yuyos de propiedades casi mágicas para combatir la fatiga y el apunamiento. Uno de los elementos elegidos por Ale e Izzy, llamado “Agüita Florida” se destaca por ser -supuestamente- el antídoto perfecto para la “puna” como lo llaman los habitantes de los valles. En teoría, es tan solo alcohol etílico con aroma a flores, pero una vez que uno se aplica en forma de cruz cristiana en la frente o en las sienes manifiesta sus propiedades sanadoras y preventivas para los tan indeseados síntomas que aquejan a quienes no son parte del lugar.
Recorriendo los pasillos del mercado se encontraron al agente sanitario Carlitos Mamani y su pequeño hijo, Nilda Gregorio y su beba, y a Mabel Mamani, hija de don Chabelo, y eso se da porque éste es el punto de encuentro, por default, de esta pequeña ciudad. Terminado el recorrido se desplazaron no más de 150mts para almorzar en el restaurante “A la Payla”. Pidieron unas ricas empanadas, unas papas andinas con queso, y profundizaron en temas que le harían correr a Juani las primeras lágrimas del viaje. La sensibilidad es moneda común en este grupo de amigos.

Más tarde pasearon por la Plaza Grande. Allí, abundan los puestos de artesanías muy características del lugar. Tanto Izzy como Serhiy compraron ponchos (el de Izzy lo acompañaría casi a sol y sombre durante todo el viaje) y Juani hizo lo propio con una ruana. Una etiqueta señalando el precio del poncho de Serhiy sería el detonante de las primeras carcajadas del viaje.
El cansancio venció a los viajeros que hasta el momento no habían dormido la última noche por el incómodo horario del vuelo. Ya descansados se fueron levantando uno a uno. El primero en despertar fue Ale. Mate en mano disfruto del pequeño jardín del hostal donde recibió un fructífero aprendizaje sobre plantas y hierbas que posteriormente le incorporaría a su cebado. Los demás se fueron sumando a la instrucción. El último en despertar fue el ucraniano, quien empezaría demostrar ser el más amante del descanso dentro del grupo y lograría el apodo de “manos libres” para el divertimento de todos. Terminada la sesión emprendieron camino al almacén de “Tomy” para comprar los alimentos necesarios que compondrían la vianda de marcha, tanto para la ida como para la vuelta, ya que en el durazno no hay donde comprar absolutamente nada para armar la mochila de vuelta.
Luego de ello, volvieron al hostal donde Juani debía reunirse con Jésica y su marido Juan para evaluar avances de refacción de La Tapera, el recientemente refaccionado Puesto Rural que los albergaría durante su estadía en tierras Durazneñas. Los otros tres, mientras tanto, tomaron mates bajo el cielo tilcareño dentro del hostal y en compañía de Diego, socio de Sandra.
Entrada la tarde paso por el hostal un fulano de lo más caricaturesco vendiendo flores. Le preguntaron su nombre en reiteradas oportunidades, pero al no comprenderlo y luego de varios intentos decidieron tomar un atajo. Lo rebautizaron con el apodo de “Ceboquia”. Este hermoso personaje conocía tan bien los cerros como algunos de Siete Vueltas y, luego de un grato intercambio de experiencias, fue por demás inevitable comprarle algunas flores como para hacer más sencillo el arduo trabajo con el que apenas se gana la vida.
Ya de nochecita se hizo escuchar la voz y guitarra de Izzy. Fue un hermoso momento en el que se escuchó un tema sobre la guerra de Malvinas que hizo erizar la piel de quienes la escucharon, incluido Diego, que también se encontraba dentro del público presente. La ronda siguió con otros temas menos sensibles que terminaron por alegrar el momento. Finalizado el tiempo para el esparcimiento se dedicaron a hacer “aduana”, término que describe el control sobre los artículos que componen la mochila y el armado de ésta. La idea es que no se transporten cosas de más ni de menos que las que son estrictamente necesarias para la estadía. De esta manera, se aliviana el peso en los hombros del caminante y el que sienten los sufridos animales cargueros.
A las 21 estaban sentados en la clásica parrilla “Los Puestos”. Se sumaron a esta cena, Rosana Gregorio y sus hijos Jhonatan Axel Abraham y Johanna Priscila. Obviamente, como en todos los viajes preexistentes pidieron milanesas de las que comerían tan solo una pequeña parte, reservando el resto para el “Avio”, o la vianda de marcha, como la llaman aquellos que no viven en los valles jujeños. Los de Buenos Aires comieron asado y papas. En la cena se pusieron al tanto de todas las novedades desde el último viaje hasta la fecha con lujo de detalles.
A las 23 todos a dormir. El desafío del siguiente día sería realmente duro.
Domingo 16 de abril
Disimular los nervios previos a la subida al Durazno parecía imposible. Nadie durmió bien esa noche, pese a que estaban en cuartos separados, cómodos y tranquilos. El único ruido que se escuchaba era el típico de una noche de sábado, donde las distintas peñas se encienden al ritmo de la música por todo Tilcara.
A las 4:30 am sonaron los despertadores del día que más inquieta dentro del calendario del viaje: el de la salida. Habiendo ultimado detalles en el armado del equipo, se encontraron en el pequeño salón comedor donde Diego había preparado hábil y amablemente el desayuno: café, té, mate, tostadas, fiambres, magdalenas, manteca, dulce de leche… ¿Qué más se puede pedir para quienes van a emprender un camino de casi 12 horas?
Junto a Diego, hombre de vasto conocimiento sobre la historia y la geografía del lugar, se compartieron anécdotas acerca de los próceres nacionales y locales, muchos de los cuales -ocultos por el paso del tiempo y el centralismo que muchas veces obliga la historia- volvieron a tomar protagonismo y vigor. Con un fraterno gesto, Diego les obsequia dos libros y una quena, que posteriormente habrían de adornar las paredes del Puesto La Tapera.
A las 5:00 am llegó Quiroga, el conductor de una de las camionetas que habían sido dispuestas por el Hospital de Tilcara para el traslado de las donaciones -y de los cuatro integrantes del viaje- a Los Amarillos, desde donde comenzaría la travesía. La otra camioneta, que sería conducida por Nahuel, no llegaba, y para mitigar la espera invitaron a Quiroga a desayunar. Tras un par de llamados se logró ubicar a la segunda camioneta que finalmente, y luego de 45 minutos de retraso, se hizo presente en el lugar.

A las 5:45am y con las dos camionetas cargadas en su totalidad partieron hacia “Los Amarillos”, último lugar a donde se accede en vehículo. Allí, como es costumbre, los esperaba toda la comunidad. Entrañables gestos de cariño y agradecimiento los unieron después de varios meses sin verse. Cada uno de ellos aportó sus cargueros para el traslado de las donaciones, excepto una: la antena satelital. Esta no puede ser trasladada a lomo de burro o mula por la limitante de sus dimensiones. Es así qué, los hombres del Durazno se turnarían para trasladarla a hombro un rato cada uno. Ese sacrificio sería crucial para poder cumplir uno de los objetivos. En la mochila de Juani viajaban las piezas electrónicas necesarias para la recepción de la señal satelital. Esta carga la llevaría, junto a otra mochila, una mula de Rulo con la indicación de que debía ser trasladada con extrema precaución dado la fragilidad de los componentes.

Nadie da el primer paso en la montaña sin antes pedirle a la Pachamama permiso para hacerlo. Todos pusimos en el cuenco de nuestras manos hojas de coca. Las colocamos con absoluto respeto en el hueco, con forma de boca, a los pies de la entrada del imponente cerro. Cada uno pidió algo especial en voz alta, pero hubo un detalle que se repitió en la voz de cada uno de ellos y de Rosi, que era quien dirigía el tributo: “Que la pacha nos permita llegar sanos y salvos al Durazno”.

Se pusieron en marcha con pasos cortos y tomando aire, tratando de sentir respeto por la semejante mole de piedra que albergó y alberga descendientes de nuestros pueblos originarios y que no intenta evitar demostrar lo pequeño del ser humano en el contexto universal. Los cuatro salieron a pie. El amor de Izzy por los animales retrasó la montada con la noble intención de no hacer padecer la primera y ardua cuesta a las mulas que estaban destinadas como monturas. A la hora, la rodilla y el cansancio de Serhiy lo obliga a montarse en un animal que acompañaba a don Chabelo. Esa fue la última vez que lo vieron hasta llegar a la escuela. Don Chabelo se caracteriza por buscar una llegada rápida a destino dejando sin efecto las paradas de descanso e, incluso, los almuerzos. Los tres restantes, sin embargo, seguirían a pie un rato más cruzándose con tres animales de la fauna autóctona tan solo en la primera subida. Después verían guanacos y águilas.
En Agüita Dulce realizaron la primera parada. Allí tomaron algo parecido a un desayuno mientras Rosana, Rulo y familia les daban los primeros bocados a las milanesas de la noche anterior. Ya montados, y llegando a Corral Ventura, vieron los primeros cóndores. Izzy, encargado del registro mediático, parecía querer comunicarle al grupo un malestar que empezaba a asediarlo. Es por ello qué no alcanzó a tomar registro de estos y continuó tratando de comunicarse a través de gestos en medio de vientos fuertes que impedían oír sus voces.
Llegan a Abra Lajita en medio de la incertidumbre de saber que sucedía con Izzy. Todos toman alimentos de sus mochilas de marcha para almorzar mientras él evita hacerlo. Se dispuso a recostarse sobre las piedras e intentó descansar un rato. El sueño lo venció y dormitó un poco. El tiempo apremia, siempre es importante evitar la oscuridad. Sus compañeros lo despiertan y a lo lejos se podría divisar a don Chabelo y Serhiy en lo que sería la próxima parada del grupo de tres. Avanzaron hasta allí y esta vez los tres caen en un profundo sueño reparador.
Al despertar luego de treinta minutos, Izzy, siente una leve mejoría en su malestar -que no era otra cosa que apunamiento – y lo manifiesta recobrando el color en su rostro. Este mal no perdona a quienes osan caminar a esas alturas. En el caso de él, debe sumarse el vértigo que le produce montar por estrechos senderos con precipicios de 4.200mts de altura que dejan muchas veces expuestas al aire una de las patas de las mulas que los trasladan. Sin dudas, el factor psicológico y la templanza son cruciales para llegar a destino, cuestión que sucedería 11hs después para los tres y a las siete horas y media de haber partido para quien viniera montado en compañía de Chabelo.
Al llegar a la escuela avisaron por teléfono satelital que todos estaban en el destino sanos y salvos. Parece mentira que el paisaje pueda ser tan bello y hostil simultáneamente.

La primera mala noticia llegaba al grupo. La mochila de Juani estaba arruinada a causa del desbarranco de la mula que la transportaba. En su interior había piezas fundamentales y por demás frágiles para el armado de la antena. Todos compartieron una mirada casi aterradora al ir sacando una a una las piezas y ver que, por suerte, estaban en perfectas condiciones.
El grupo despertó a Serhiy luego de una siesta de cuatro horas. Tomaron un reconfortante café en la cocina y aprovecharon a descansar hasta la hora de la cena que se serviría 21:30hs. Cenaron cordero asado, ensalada, choclos, papas y batatas, no sin antes y como es costumbre, agradecer a la pacha y a las manos que elaboraron dichos alimentos.
Para finalizar la noche brindaron con Fernet con Coca y ya fueron a dormir entre risas y anécdotas de la caminata.
Lunes 17 de abril
Cuenta la leyenda que la tercera noche fue tal vez la de peor descanso, al menos para tres de los cuatro integrantes del grupo. Fuertes sonidos cortaron el silencio de aquella tranquila noche Estos parecían provenir de algún oso en fase de hibernación, pero esa no es tierra de osos dijo alguno. El dormir se dificultaba salvo para Juani, que dormía profundamente. Los tres peregrinos que seguían sin pegar un ojo concluyeron que los aturdidores sonidos provenían del ronquido estrepitoso de Juani, cosa que hasta el momento es negada por el acusado.
Al alba están todos despiertos, listos para la ceremonia de izado de la bandera. El mástil estaba escoltado por dos de las niñas que estudian en la escuela, pero resultaba incompleto sin la presencia de alguno de los padrinos que de tan lejos habían llegado. Izzy fue galardonado para rendir los honores al pabellón nacional. A posteriori, se dirigieron al comedor y varios de los niños se disputaban los lugares cercanos a los padrinos. Al finalizar el desayuno, el grupo comenzó con las tareas que había ido a ejecutar. En primer lugar, determinaron que la prioridad era darle nuevamente conectividad a la escuela, que se encontraba interrumpida desde hacía 4 meses por motivos que las autoridades de la escuela no habían podido determinar. Luego de varios intentos de orientar correctamente la antena y al ver fracasados todos ellos, se tomó la decisión de hacer un cambio de las partes que supusieron dañadas; el modem, router y el feed fueron cambiados por similares de una tecnología más avanzada que la que se encontraba instalada. Una vez realizado el cambio de las partes se volvió a orientar la antena y una hora después, para regocijo de todos los docentes, la escuela quedó nuevamente conectada. Para ellos la conectividad, algo tan simple para quienes vivimos a nivel del mar, resulta esencial para los largos días que permanecen en la escuela lejos de sus familias y también para realizar las tareas educativas que son parte del programa. Las lágrimas de emoción de María, la directora de la escuela, así lo demostraron; y el grupo entero entendió que no deben rendirse jamás ante las adversidades que se les presentan y un cierto halo de confianza recorrió sus corazones: el primer objetivo estaba cumplido.

Mientras tanto, en el patio se organizan las donaciones llevadas para las familias y para la institución educativa. Para los primeros se llevó alimentos no perecederos, productos de limpieza e higiene personal y una mochila para cada uno de sus hijos con todos los útiles nuevos dentro. Una bolsita con golosinas les sacaba una sonrisa a esos niños que esperaban ansiosos el momento de la entrega. Asimismo, a los maestros, se les entregó útiles y herramientas para que puedan dar clases con la calidad que esos niños y ellos mismos merecen.
Las empanadas calientes humearon sobre la mesa a la hora del almuerzo. Otra vez la disputa entre niños hace que los padrinos no sepan donde sentarse exactamente. Allí sobre la mesa lo mantelitos individuales confeccionados por Marce en Buenos Aires vuelven a ser el apoyo del plato de comida. Izzy, orgulloso, usa el que tiene el nombre de Maru, integrante del equipo por la cual tanto niños como maestros no paran de preguntar.

Satisfechos emprendieron la marcha hacia la finca 2 de Abril, para hacer ocupación del puesto La Tapera, morada de los próximos días para Siete Vueltas.
Al día siguiente deberían instalar la antena satelital en el puesto sanitario que se encuentra a unos 200mts de La Tapera. Para ello, necesitarían una caja de herramientas donada por Serhiy que hasta el momento no aparecía. Sin esas herramientas sería imposible la instalación. La preocupación empezó a apoderarse de ellos. Serhiy estaba dolorido de su rodilla, por lo que Juani, Izzy y Ale volvieron sobre sus pasos para regresar a la escuela y ver si las podrían encontrar allí. Estos fracasaron en su búsqueda y volvieron, una vez más, al puesto que dista de la escuela unas dos horas entre ida y vuelta. El cansancio se acumulaba.
La caminata fue en vano. Las herramientas estaban donde tenían que estar, solo habían buscado mal y habían generado, sin desearlo, resquemores entre los lugareños creyendo que alguien se había quedado con algo que no le correspondía.
Los cuatro comenzaron por ordenar la humilde casita. Ale estaba nervioso por no tener el espacio suficiente para poder acomodar sus bártulos y -tal como reza el “Pampa” Larralde- esto, para él, era cosa delicada. Luego de algunos chistes al respecto, La Tapera, comenzaba a transformarse en un hogar.
Por la noche Carlitos Mamani los esperó con la cena. Empanadas de carne frita en compañía de Martin Apaza y Ricardo, el papa del infante Walter. Estos dos con una euforia muy particular esperaban escuchar la guitarra del cantante del grupo, pero al ver que el vino iba haciendo efecto en sus humores decidieron cambiar de planes y dejaron la guitarreada para otro momento.
Juani le obsequió un cuchillo a Martín. Él, como suele suceder cuando regala algo con filo, no quiso tomarlo hasta tanto Juani aceptara una estantería de madera a cambio. Jamás se regala un cuchillo, se vende o se permuta.
Terminando la jornada y estando ya de regreso en La Tapera Izzy prendió un fuego. Se rieron acaloradamente recordando al tilcareño “Ceboquia”. La música, sin dudas es el quinto componente infaltable del grupo, pero esta vez se sumaban algunos chocolates para amenizar la introspección que provoca el fuego. Luego de una jornada exitosa, se dispusieron a descansar. Luego de este gran y fructuoso día pudieron descansar como se merecían.

Martes 18 de abril
A veces las cosas no salen como uno se las imagina. A las 8:30am el grupo amaneció con toda la ilusión de poder concretar el cuarto y último objetivo del viaje. Mate y vainillas fueron los protagonistas del desayuno.
El puesto sanitario brinda asistencia en salud a la comunidad del Durazno. Allí, Carlitos Mamani, hace lo que puede con lo poco que tiene, cómo todos aquellos que ejercen funciones en comunidades tan aisladas de las grandes urbes. Es una posta de salud austera, aunque Carlitos la mantiene limpia, prolija y ordenada. Lo que tiene, en su gran mayoría, fue donado por Siete Vueltas en viajes anteriores. Los problemas estructurales del puesto están a la vista, sus paredes están deterioradas, las goteras son habituales, la falta de medicamentos y de herramientas de trabajo son constantes. Para colmo de males, hay algo de lo que carece y, qué en tiempos de globalización, parece inadmisible: la comunicación.
El agente sanitario o sanitarista no es médico, tampoco enfermero, pero lo que si le sobra es una profunda vocación por ayudar y por hacer, incluso, lo que está por encima de sus responsabilidades.
La geografía hostil provoca una constante exposición de los niños de la escuela a posibles accidentes. Lo mismo sucede con sus madres y padres ejecutando tareas rurales de alto riesgo. Es por ello qué, el rol de Carlitos Mamani es de vital importancia. Cierto, es que no siempre sabe cómo actuar, muchas veces la situación lo supera y sus conocimientos o posibilidades se ven atropelladas por la realidad de la emergencia. La comunicación satelital que Siete Vueltas intenta brindar le permitiría estar en contacto con el hospital de Tilcara y desde allí recibir un plan de acción ante eventuales cuadros críticos. Al mismo tiempo la escuela podría ubicarlo para solicitar su presencia y resolver, así, cosas cotidianas o urgentes propias de una institución que funciona como albergue. Vale destacar la importancia de tener la posibilidad de pedir a través de esta conexión a internet auxilio para los casos de extremísima gravedad que requieren un rescate aéreo.
Los cuatro salieron presurosos hacia el puesto sanitario, con ansias de cambiar la historia. Herramientas en mano, armaron la estructura que sostendría la antena. Un intrincado fierrerío tomaba forma y la antena estaba en pie dos horas después. La parte más complicada de la instalación comenzaba: la orientación en busca de hacer contacto con el satélite. La geografía del terreno, rodeada de montañas sembraba en el equipo una duda silenciosa, pero creciente.
La teoría indicaba orientar el plato hacia el noreste, con una inclinación de entre 30° y 35°. La presentaron en lo que creían era el lugar adecuado, previa preparación del terreno por parte de Carlitos y Ale. Cuatro horas después los resultados eran nulos. Las caras se empezaban a transformar. A simple vista parecía imposible orientarla con ese rumbo puesto que entre la antena y el satélite se interponía un colosal cerro de proporciones inimaginables. Nadie quería decir que la misión se estaba tornando imposible.
El sol alcanzó su punto más alto y el equipo comenzaba a sentir la exigencia del clima, especialmente Juani y Serhiy, los más «gringos» del grupo que necesitaban refugiarse cómo podían del sol impiadoso del mediodía. Un exquisito guiso preparado por Carlitos les reconfortó el alma, al menos por un rato. Había que seguir intentándolo. Comieron rápido y se dispusieron a mover la antena de lugar buscando el milagro.
Más tarde llego don Primitivo. Este elogió nuestras herramientas y opinó sobre donde mover la antena. Él, si bien no tiene conocimientos técnicos, tiene sobrada voluntad y un espíritu optimista que contagia. Para el lugar elegido, la densa vegetación no ayudaba. Había que desmalezar y, además, aplanar el terreno, dejándolo a nivel. Desistieron del lugar elegido por Primitivo, ya no alcanzaban las horas luz para hacerlo y la probaron en dos lugares más abajo. En ninguno tuvieron éxito.

Desilusionados y con frío volvieron a La Tapera acompañados del Maestro de grado Blas, la maestra de actividades prácticas Noemi y la maestra de inglés, Olga, Primitivo y Carlitos. Encendieron un fuego, improvisaron una picada y el sonido de la guitarra y lo dulce de las inocentes sonrisas de los maestros les sirvieron para alivianar la sensación del rotundo fracaso vivenciado. Después de tantos viajes era la primera vez que algo fallaba, solo que este no era un objetivo más de una interminable lista, sino que era lo que, en esta oportunidad, los había llevado a hacerse presentes en el Durazno.
Con Serhiy ya dormido, la vorágine del día se aplacaba. Izzy, con su profundo amor por los bichos, intentó acercarse a alguno de los animales que merodean la casa por las noches, pero obtuvo un escaso éxito. No es sencillo, se muestran, pero no se exponen por completo.
Posteriormente, se les ocurrió llegar a la playa por un desconocido camino y ante la adversidad del sendero y la poca visibilidad desistieron de la idea, era mejor no perderse de noche. El tal “Ceboquia” reaparecía en sus memorias otra vez causando carcajadas en el grupo tratando barrer debajo de la alfombra la desazón y el cansancio. El merecido descanso, en una noche que se mostraba más fría que las anteriores, llegó entrada la madrugada. Las esperanzas estaban renovadas y el nuevo día asomaba.

Miércoles 19 de abril
A las 8:30 estuvieron levantados. Cuenta la anécdota, que los roncadores de esa noche fueron más de uno y los sufrientes tan solo dos. Con un cappuccino instantáneo humeante en las manos, no había más opción que apresurar el trago para encarar este día crucial. Era la última oportunidad que tendría el equipo de Siete Vueltas para no dejar caduco un proyecto que fue extremadamente oneroso para la asociación. De fracasar, los haría sentir incompletos, incluso habiendo hecho tanto. Ver a Carlitos, teléfono en mano, esperando tener internet con cara de ansiedad antes de poner el primer tornillo, era demasiado peso sobre los hombros de personas que hacen lo que pueden, con los recursos y conocimientos que poseen. El nivel de autoexigencia de estos hombres de corazones solidarios, casi filántropos, es una carga nada fácil de tolerar. Ellos también hacen lo que pueden, con lo que tienen a mano. La distancia, la geografía y la enorme cantidad de necesidades hacen que la voluntad sea siempre extraordinariamente mayor al conocimiento.
Caminaron al puesto para continuar la inconclusa y desafiante tarea. Primitivo, en algún momento imposible de dilucidar, dejó desmalezado, aplanado y a nivel, una cuarta ubicación 5 o 6 metros por encima de la primera locación. No les parecía una gran diferencia de altura como para tener éxito, pero más allá de eso movieron la pesada e incómoda antena al nuevo emplazamiento.
Ubicada la antena, pero aún desorientada, Ale y otros, comienzan a poner piedras sobre la base para evitar que sea inestable. Juani, que se encargaba de la configuración de los equipos, le pide a Serhiy que la mueva un poco con el fin de saber si estaba lo suficientemente floja como para moverla y empezar a buscar el contacto con el satélite. Aquí es donde sucede el milagro.
Increíble y súbitamente hicieron conexión. Nadie lo podía creer. Un día entero sin éxito, para resolverlo en un minuto de trabajo. Lugo de un hermoso y tranquilizador abrazo, nadie quería asumir el riesgo de seguir poniéndole piedras para asentar su base, ajustar sus tornillos o acomodar los cables. Creían, qué de tocarla, se perdería la señal. Por suerte, no fue así. El equipo siguió trabajando, ajustando y emprolijando lo hecho. Primitivo, una vez más, no había fallado en su pronóstico. Se lo comunicaron en cuanto lo vieron, y sonrió humilde y complacido.

Terminada la instalación recibieron y enviaron los primeros mensajes a través de WhatsApp. La alegría era incontenible. A Carlitos lo inundaba la emoción. Lo mismo a Primitivo.
Siete Vueltas puso en marcha la primera notebook que recibía como donación el puesto sanitario. Unas horas después, el puesto se vinculaba con el mundo recibiendo el primer llamado por parte de una señora de la comunidad que se acercó caminando varias horas hasta la escuela para realizarle, al agente, la primera consulta médica.

Al mediodía comieron en La Tapera fideos cocinados por Serhiy con el agregado de Doritos partidos en la salsa. Detalle que los hizo polémicamente «distintos” .
En un ambiente de algarabía se hizo orden en la casa y limpieza en el modesto baño. Aún estos viajeros no habían sentido el placer de una reconfortante y caliente ducha desde el día que habían partido desde Tilcara. Luego de tomarla parecían otros oliendo nuevamente como citadinos.
Doña Rosa, habitante de un puesto de campo dentro de la finca 2 de abril fue acompañada de su perra para conocerlos. Charlas y galletas de por medio se retiró olvidando su compañera en La Tapera. A simple vista, Izzy pensó: “esta preñada”, lo cual luego confirmarían tanto Felipa (cocinera de la escuela y compañera de Chabelo) y todos los presentes: su panza se abultó considerablemente los siguientes días. Ninguno de los cuatro se manifestó en contra de darle asilo a partir de ese momento. Luego se convertiría en la mimada de la casa. La apodaron «Gitana».
Primitivo, a la par de Ale, colaboraron en la colocación de unas dobladas estanterías en la cocina. Estas aportarían un poco más de orden en la casa. Allí, hicieron reposar los pocos alimentos que iban quedando después de varios días de permanencia en el lugar. Al salón grande también le hicieron reparaciones, tirando algunos ladrillos de adobe para permitir la entrada de luz.
Mientras Izzy cortaba leña, Juani enarboló una bandera de Malvinas que quedará eternamente flameando en lo alto de La Tapera, aferrada a una derruida pared de adobe. Un sentimiento especial por esta indeseable gesta lo conmueve cuando se habla del tema.

Más tarde volvieron al puesto, conversaron con sus familias vía internet y algunos visitaron la playa que se encuentra muy cerca de allí, y que tiene más fácil acceso que desde La Tapera.
Por la noche recibieron visitas. Chabelo, Felipa, los maestros y la directora aportaron ingredientes para improvisar una picada y pizzas a la parrilla, acompañados de carnosos y coloridos choclos. Por supuesto, el fuego, la guitarreada y los vientos de Carlitos estuvieron presentes hasta altas horas de la noche. Canciones como Huayayay y la de la Suegra quejosa fueron reiteradamente solicitadas por Juani y Serhiy. El rito de compartir hace más amena la estadía en lugares donde la soledad abruma. Un enorme chocolate circula entre las manos de todos y termina de endulzar el encuentro.

Para terminar la noche, un partido de truco reaviva la llama de aquellos que, aparentemente, pierden una y otra vez por no ligar cartas. Según dicen los que perdieron, tan solo es mala suerte o demasiada para el equipo contrario. En las petacas, circula el elixir que cada uno eligió para acompañar el momento. Eran las 2:00am de un día milagroso. Era momento de descansar con la tranquilidad de haber cumplido todos los objetivos propuestos antes de partir de Buenos Aires.
Jueves 20 de abril
Con las obligaciones cumplidas fue placentero dormir un rato más. A las 9:00am todos estaban en pie. Lavado de cara y posterior desayuno daban fuerzas para emprender un nuevo día. La agenda estaba libre, salvo por la visita a la familia Gregorio a la hora del almuerzo. Los cuatro marcharon hacia la escuela para poder compartir una hermosa mañana junto a los niños y los docentes. En el camino se cruzaron a Milton Gregorio que quiso presentarse. Amablemente y con un fraterno abrazo se despidieron y continuaron viaje hasta la entrañable escuelita. Allí, jugaron con los niños al juego de la silla, quemado y al entretenido juego con globos.

Abundaron las fotos y se hizo la hora de marchar a casa de Rosi y Rulo quienes los esperaban para comer un tradicional asado de cordero como lo hicieran en cada viaje al norte, no sin antes cruzarse con una serpiente que poco les temía.
Después de tantos senderos al filo del precipicio este camino parece sencillo, pero realmente no lo es. Naturalizar los riesgos a los que uno se expone es casi una obligación si lo que se quiere es disfrutar en vez de sufrir.
Ingresando a la casa los espera un cordial cartel de bienvenida. Siempre están en esos detalles que llenan el corazón. La pequeña cocina en la que un fuego interior calienta la grasa donde se cuecen las más sabrosas tortafritas es de lo más pintoresca. De techo bajo, puerta pequeña y teñida por el oscuro tizne le aportan un ambiente especial. Colgando sobre sus cabezas unos pequeños sacos contienen sal y especias que se ahumarán con el paso del tiempo y sirven de condimento para sus comidas. El humo del interior apenas les permite verse las caras y respirar. Pegado al sartén el cordero hecho al ras del suelo en una parrilla a la que le faltan más varillas que con las que cuenta inunda de un exquisito aroma el lugar.

Vino en caja, gaseosa, papas braseadas, rojos tomates y una picada aportada por los visitantes completan el menú. Su hospitalidad es asombrosa.
Satisfechos tomaron una siesta en el lugar de mejor vista. Se ven perfectamente la escuela, el puesto, La Tapera y otras construcciones esparcidas por los cerros. Juani intenta, mientras tanto, aportar alguna solución a los problemas de pareja que tienen a mal traer a los huéspedes. Verlos tomados de la mano y cariñosos aportan esperanza al tema.
Los padrinos intiman al joven Jhonatan Axel Abraham a continuar sus estudios el año próximo, pero el pequeño entiende que sus padres ya tienen demasiado gasto con su hermana estudiando en un secundario público de Tilcara. Los cuatro padrinos se emocionan al oír esto y le prometen el respaldo necesario para que no abandone sus estudios.
Entre charlas sobre futuros proyectos de la asociación y del destino de la finca buscando siempre la inclusión de la comunidad llega por un plato de comida don Felipe. Anciano de unos ochenta y tantos. Humilde, por demás vigoroso y desalineado, habitante de los cerros y padre de un ex-intendente parece haber quedado en el olvido de algunos de sus familiares.
Volviendo a La Tapera, Rulo, invita a tomar otro camino para poder conocer un antigal. Allí, encontrarían los restos de algún antiguo poblador perteneciente a nuestros pueblos originarios. Su osamenta descansa en un lugar casi inaccesible. A la sombra de una puntiaguda roca que hace de techo a la mejor vista que alguien pudiera imaginar. Miraron, revisaron y volvieron a dejar todo tal cual lo habían encontrado para que las generaciones venideras gocen del mismo privilegio. El respeto por lo antiguo es esencial para conservar la cultura y la tradición de nuestros antepasados.
Luego de esta dificultosa y peligrosa caminata subieron por la playa hasta el puesto sanitario. Allí estaban la recién llegada gira médica compuesta por un clínico, un pediatra, un odontólogo y su ayudante y una psicóloga. Ellos visitan las escuelas o puestos de salud de los valles una vez al año acompañados de algún baqueano para no perderse. Este rol lo ocuparía doña Esther, viuda de Daniel Mamani, fallecido en los cerros a causa de una caída junto a su mula en las cercanías de la escuela mientras los padrinos visitaban la misma.
Todos se aproximaron por la tarde noche a compartir un fuego y tortafritas. Divertidas conversaciones surgieron en el fogón y la guitarra de Izzy y los vientos de Carlitos acompañaron la velada.
Viernes 21 de abril
Ese día la gira médica haría su labor. Ellos se acercan al Durazno una vez al año, y la idea era que ninguno de los habitantes de la comarca perdiera la oportunidad de atenderse, en especial los niños. A las 9:00, con mate en mano, se dirigieron hacia el puesto sanitario. Allí, acudirían los niños con sus respectivos maestros para ser atendidos por los profesionales de distintas áreas. También lo harían sus padres. Los miden, los pesan, arreglan sus caries y les evacuan dudas sobre consultas que -como dijimos- esperaron al menos un año para hacer. A los médicos rurales les brota la vocación. Dulces y delicados en el trato van rompiendo el hielo que provoca en los lugareños las caras desconocidas. Los niños se vuelven temerosos de lo desconocido, pero no por eso cobardes. Ni las inyecciones ni el dentista han logrado doblegarlos o al menos quitarles un llanto. Evidentemente, la tolerancia al dolor la tienen más desarrollada que los niños de la ciudad.
El sol brillaba en lo alto, los mates recorrían las manos de todos. Se hizo el mediodía y retornaron a La Tapera para cocinar unos capeletinis con salsa lista y queso rallado.
Carina Robles con su actual pareja aparecieron por la casa y le dieron final a los fideos que decoraban la olla con las sobras del almuerzo.
La tarde estaba libre de planes y decidieron bajar a la rocosa playa. La fuerza del agua es ensordecedora, aún en los meses que el caudal no está en su máximo esplendor. El grupo parecía haber rejuvenecido y, libre de responsabilidades, Ale y Serhiy competían construyendo apachetas. Por supuesto, la más alta ganaría. El ganador de esta treta nadie lo conocerá debido a que la diversión se centró en voltear la torre de piedras del contrincante. Esta situación fue de los más divertida. Parecían traviesos niños, arrojando piedras con el fin de dar en el blanco de un delgado tronco de una planta. El premio, obviamente, no existiría. Izzy sumergía su pie lastimado en un agua que después calificaría de sanadora.

Tomaron mates de cara al sol y posteriormente asumieron el compromiso de cumplir lo que dice la antigua leyenda, acerca de quienes beben el agua el río en el cuenco de sus manos. Todos lo hicieron. Nadie se animaría a quedarse a fuera.
Salieron de la playa cuando empezó a refrescar tomando otro camino como para hacer un reconocimiento de la finca. Se dirigieron hasta el puesto para saludar definitivamente a los médicos que partirían al día siguiente junto a Esther y su ayudante, por los senderos que conducen a Los Amarillos.
Rosi y sus niños ayudaron a juntar leña y armaron los quepis, que son unos atados de leña que se cargan en la espalda. Luego partieron con destino incierto.
Algunos aprovecharon para ver un nido repleto de huevos de serpiente que parecen ser inquilinas de la Tapera.
Un cuarto de cordero que obsequiara Celestino, padre de Kevin, transpiraba nuevamente sobre las brasas y unas papas fritas aromatizaban la cocina. Habiendo ya partido las visitas y acomodado las mochilas para el regreso empezaban a disfrutar de la soledad de los cuatro, de expresar las sensaciones del viaje, de los miedos, de las expectativas y de las miserias y virtudes de cada uno. Y otra vez las lágrimas se apoderaron de la situación. Apoyándose uno en el otro pudieron ir recobrando la sonrisa. El ucraniano Serhiy hizo reír al grupo, en más de una ocasión, al momento de fallar en la pronunciación de algunas palabras en castellano. Este, para nada se lo toma a mal y todos encuentran, entre contagiosas carcajadas, mil motivos para brindar.
Entrada la noche, el partido truco bajo la llovizna tiene un halo especial. Lo que no cambian son los ganadores y perdedores. Ya casi parecía no tratarse de la mera suerte, la responsable de inclinar resultado siempre para el mismo lado.
Agotados, las charlas sumaron miedo a la noche al conocer la historia detrás la canción de los Redondos titulada: Ji, Ji, Ji. De cualquier modo, duraron poco antes dejarse caer vencidos por el sueño

Sábado 22 de abril
Un largo día les esperaba. Era el momento de regresar a la civilización. Arrancaron temprano, al alba compartiendo unos mates. La Tapera debía quedar ordenada, limpia y bien cerrada. La comida es una exquisita tentación para todo tipo de animales. Con todo acomodado esperaron la llegada de don Chabelo que aportaría 2 monturas y dos cargueros y a Carlitos que aportaría dos monturas. Salieron casi siendo las 9:00am y a los cinco minutos de haber partido sucedería el primer y único accidente del viaje, descontando la mula desbarrancada del viaje de ida.
Una mula decidió recostarse y no seguir avanzando. Asu vez, por estar atada a otra la obligó a hacer lo mismo y en el afán de querer levantarlas, Carlitos resbaló y se golpeó duramente. Gracias a dios no resultó herido y la marcha se reanudó al instante.
La tarde anterior se tomó la decisión de conocer el camino alternativo que une el Durazno con un camino vehicular en construcción que sale a Huacalera y no volver por Los Amarillos. Era una decisión que habían meditado durante días ya que, a pesar de ser más corta, conlleva otros peligros ya que es menos frecuentada, tiene al menos tres cruces de río y por momentos la senda desaparece, haciéndose absolutamente necesaria la guía de un baqueano experimentado que conozca el camino.

La llovizna de los últimos días hizo que no puedan montar todo el camino. El suelo estaba resbaloso y era peligroso para los animales. Antes de llegar al rio Chico se desviaron y cruzaron el río por un pequeño brazo. Luego, montaron un rato más y cruzaron el mismo curso de agua en tres oportunidades. A partir de allí ya no se pudo montar. Una exigente subida debería ser remontada a pie con una bruma constante cayendo sobre sus cabezas. El apunamiento, luego de una semana de estar allí a esas altitudes, es cosa del pasado.
El desafío y la exigencia fueron enormes hasta poder volver a montar. Las inclemencias del tiempo sumaban un condimento negativo al viaje haciendo que no se pueda observar más que unos pocos metros por delante de las mulas. Los baqueanos iban de a pie tolerando, ya una copiosa llovizna y el penetrante frío. Bien arriba montaron nuevamente. En lo alto, una solitaria señora les vendió dos quesos de cabra que terminarían en manos de Sandra y Diego. A partir de allí, poco pudieron ver. Con confianza plena en los animales llegaron hasta un lugar donde se divisaba el trazado del camino. Este parecía estar más cerca del cielo que de la tierra.
Una camioneta debía esperarlos allí, pero no estaba. Hasta el momento nadie había fallado en su palabra. Esta no sería la excepción. Siguieron montados sobre el camino vehicular y, de repente, el ruido de un motor traía tranquilidad. Ese motor, el primero que escuchaban luego de una semana en la montaña, era imposible no oírlo.
René, el conductor, traía una sorpresa, sándwiches de milanesa. Los peregrinos atacaron la caja y los vaqueanos también. Se saludaron con Chabelo y Carlitos agradecidos por el cuidado y la compañía. Ellos debían volver inmediatamente al Durazno, pese al esfuerzo realizado. Amablemente, el grupo cedió ponchos de agua para apaciguar la vuelta de sus amigos vaqueanos. Estos los aceptaron, pero no los usaron. Parecía ser que para ellos, la lluvia, era cosa de la mera imaginación.
El asiento mullido de la camioneta adormilaba a los pasajeros traseros. Izzy capturaba fotos del momento en que los tres de atrás los vencía el sueño.

Este experimentado conductor bajó el cerro por caminos de cornisa a una velocidad comparable con la que una estrella fugaz atraviesa la oscura noche. Desglosando los trayectos se puede concluir que fueron cinco horas entre de a pie y mula, más otras dos horas y media en vehículo.
Ya en Tilcara retiraron llaves y ropa limpia y se dirigieron a ocupar una cabaña de la Calle Sorpresa.
Una inevitable ducha, la segunda en una semana, los transformó de nuevo en turistas. La ropa, hedionda, debió ser embolsada para no contaminar aquella que, aún, estaba limpia. Descanso de por medio, se dirigieron a tomar algo a un café literario. Allí compraron libros y tomaron submarinos. De vuelta en la cabaña, Juani se reunió con Jesica, su esposo, e Izzy. Terminada ésta, tenían reserva para cenar el restorán “El Nuevo Progreso”. Comieron exquisito, brindaron e hicieron evaluaciones del viaje. Propusieron nuevos proyectos y comentaron las sensaciones particulares de esta gran aventura.
Domingo 23 de abril
Despertaron temprano como de costumbre. El más dormilón del equipo parece haber perdido el hábito de dormir más de lo que el cuerpo demanda. El mate y las galletas acompañan una charla de actualidad que toca temas de política y sociedad, pero con el más profundo respeto por la opinión del otro. Estos debates, en un ámbito fraternal, son enriquecedores.
El desapego cuesta, y mucho. Hasta Tilcara parece ruidosa luego de estar entre montañas y valles donde el único sonido audible es el canto del viento y de las aves.
El armado de bolsos es ineludible. Las escasas duchas tomadas durante la estadía en La Tapera les hacen dar cuenta del exceso de equipaje en vano que transportaron. Ya no les queda más que dar vueltas por la plaza para matar el tiempo.
Recordaron la importancia de entregarle un presente a Diego y otro a Sandra, por lo que fueron en busca de ello. Sandra los recibió y, muy agradecida, preguntó inocentemente cuando volverían. Todos se miraron sin saber que contestar, pero seguro será más temprano que tarde. Las dudas que portaban los dos nuevos integrantes al poner un pie en el Durazo por primera vez fueron despejadas. En comparación con la ida, en la que esbozaron que no volverían jamás por lo agotador y hostil del camino, en la vuelta sus corazones supieron que el embrujo de los valles se había apoderado de ellos, entonces contestaron: “lo antes posible”.
En remis, viajaron a Purmamarca como para ver otras caras, otros paisajes. Allí, la plaza tiene otro color y se encuentra adornada por puestos de artesanías que compatibilizan mejor con el entorno que los de la plaza grande de Tilcara. Todo luce más prolijo. De reojo, uno puede sentirse custodiado al observar el llamativo cerro de los siete colores y, al que uno de catorce localizado en El Hornocal, parece hacerle mella y sacarle un poco de protagonismo.
A las 15:45, nuevamente Marcelo, los pasa a buscar para trasladarlos al aeropuerto. Esta vez, ya no aceptaría ningún dinero por el servicio brindado.

Despachadas las mochilas y sentados en el bar que da a la pista de aterrizaje, una serie de partidos de truco le pondrían picante a la tarde mientras se hacia la hora de embarcar.
El vuelo fue placentero y transcurrió mirando las fotos de tantos momentos vividos. Ya se empezaban a extrañar y, aún, no se habían despedido. A las 21:10 arribaron a Ezeiza donde habían dejado estacionado el vehículo. Rumbearon hacia la casa de Ale donde se despidieron de él y de Serhiy con un sentido abrazo sabiendo que una nueva amistad se comenzaba a forjar. Luego, Juani dejo a Izzy y llegó a su casa a las 23:00pm.
De esta manera terminaba este osado, inolvidable y fructífero viaje.
Conclusiones
Este viaje nos hizo cavilar con los más profundos sentimientos. Nos hizo conocer la sensación de estar al límite del fracaso y la alegría de revertir la situación. También, nos dejó expuestos a nuestros miedos, a nuestros amores y a nuestros odios. Ninguno de nosotros evitó derramar lágrimas para ocultar lo sensible que, en definitiva, somos. Sabemos que somos cobardes para algunas cosas, pero también, muy valientes para otras. Esto lo acabamos de descubrir. Esa es nuestra propia gratificación por el esfuerzo realizado. El cansancio valió la pena. ¿Cuándo volveremos?, lo sabe únicamente Dios, pero seguramente ya está tachando los días.
La introspección al lado del fuego reparador, ese viaje al interior de uno mismo, provocó que abramos nuestros corazones de par en par entre hombres que poco sabían uno del otro, pero que hoy sabemos que lo que nos une es una verdadera, sincera y, ojalá, eterna amistad.
Habiendo cumplido todos los objetivos propuestos no queda más que estar agradecidos con la Pacha que nos dejó ser, con nuestras familias que cubrieron nuestras espaldas y con todos aquellos que acompañaron el sentir de Siete Vueltas, aquellos a quienes no les hace falta viajar o estar allí para sentir la postergación de quienes a cambio de nada resisten en un lugar inhóspito de nuestra patria y que son capaces de dar su vida por el valor de la amistad.
Nosotros ya no somos los mismos, El Durazno nos forja y estamos felices con la forma que adoptamos.

